Tuve que tomar distancia de mi misma para poder dimensionar la herida.
Aprendí a descuartizar palabras, a torturar sentidos y de ese modo mantener más cerca la cordura que el exilio.
El dolor implacable y retorcido se había alojado en las fibras más profundas de mi circuito, aquel día en que dijiste las palabras que abrieron un hueco en mis oídos.
Caí, como una bestia herida y amarrada a un lecho descarnado, donde podía escuchar el silbido de la muerte pavonearse por mi entorno. Sin medir las consecuencias, mi soledad aprendió a proyectar sombras más largas que el delirio y más oscuras que el abismo.
Un nudo entorpeció el habla y languideció las horas.
Sometí mi obsesión a las altas temperaturas del insomnio y allí el eco preguntó si alguien había regresado de ese lugar al que nunca nadie llega.
Caer y seguir cayendo para levantarme desde una profundidad rotunda, porque el fondo… el verdadero fondo ¿alguien lo conoce?
Mis ojos lánguidos por el hambre de una realidad que te contenga, velan desde entonces.
Mis manos padecen la abolición de una caricia y mi voz de arcilla trenza un río de oro hacia el silencio.
No sé cuál brújula debo seguir.
La encrucijada tiene un gran esplendor y un enorme, un monumental desierto.
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