Cuando llamaron a la puerta acudió a abrir con su tutú de ensayo. Al mensajero que le entregó la caja se le puso sonrisa de bobalicón al verla así vestida, y cualquier otro que no fuera ella hubiera visto como se le iluminaban los ojos de admiración ante aquella esbelta y evanescente figura que parecía haberse escapado de un cuadro de Degas.
De vuelta en su estudio, lugar de ensayo y santuario a un mismo tiempo, Clara se afanó presurosa en abrir el paquete. Apenas se reconoció a si misma en aquella evocadora fotografía donde el delicado mundo de la danza se hacía presente, sugestivo y sutil como en un sueño.
Sus ojos fijos en el tronco erguido y en la esbeltez del cuello centrando la mirada la trasladaron al Museo D’Orsay y al grupo de niños, unos párvulos aún, que, sentados en el suelo frente a un cuadro señalaban sin dudarlo el punto de fuga marcado por la barra de ensayo. Después vino el recorrido por las salas y el ardiente deseo de convertirse en bailarina. Sin duda aquel día, el espíritu de Terpsícore la invadió para siempre y en el punto de fuga, hoy, estaba ella.
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