domingo, julio 26 2026

MATERNIDAD by Mayela Paramio

Rompo aguas entre las risas familiares de la sobremesa de un sábado. Doy a luz arropada por toda mi familia: canastilla, bodis, trajecitos de bebé, sonajero, chupetes y mi niño en la sonrisa de mi vientre. Hábiles contracciones acercan el momento, respiro, sonrío, contracción, aullido, el empático apoyo de mis padres, la mano estrechada por mi tía, doula en mi resuello, y la tecnología en manos de mi hermano que graba los prolegómenos del acto mágico de engendrar. Llegas con prisa y te acogen mis brazos para paliar el frío que siente tu desprotegido cuerpo tan liviano. Lloras y es el canto de vida más hermoso.

En principio es algo engañosa la facilidad con que en el hospital te despiden con manuales de instrucciones para el nuevo estado de la maternidad: para la lactancia, para el recién nacido, para madres novatas y esto te hace caer en el error de que será sencillo. Más tarde entre esterilizadores, calienta-biberones, saca-leche y chupetes, comienza lo difícil de una nueva realidad que atropella el orden de los hábitos.

Dos días más tarde, estoy en casa, sola contigo. Lloras, no comes; lloras, no duermes; lloras y ¡no sé consolarte! Sólo deseo quererte y aliviarte y tu llanto empapa mis entrañas. ¿Dónde están los pajaritos silvestres que trinan nanas dulces y adornan con lazos de raso las cunas de los recién nacidos?

Maternidad llena de guías, manuales… y la mayor soledad y desconcierto al no saber calmar el llanto de mi bebé en mi regazo. Dos náufragos que a ciegas tanteábamos cómo mantenernos a flote, sin éxito inmediato de sujetarnos a una tabla hecha astillas que apenas sostenía mi torpeza contigo en nuestro aprendizaje.

La maternidad no era el cupcake de colores pastel sobre manteles crema bordados con florituras y motivos infantiles. Es más bien la hora del té del Sombrerero Loco donde todo aparenta lo que en cambio no es: teteras vacías, pastas de cerámica y bebés que lloran y se inquietan al enfrentarse e inventar un nuevo código de comunicación entre instintos llenos de buenas intenciones y aprendices de lógica infantil. Consejos contradictorios de toda la familia, amigas y vecinas que te cruzas en la escalera por primera vez.

¡Qué impotencia no saber qué expresabas, qué vulnerabilidad saberte vulnerable!

Libro de la autora:


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