“Oh sí, la conozco.
Esta mujer yo la conozco: ha venido en un tren,
en un tren muy largo;
ha viajado durante muchos días
y durante muchas noches”
Dámaso Alonso – Mujer con alcuza
Por ahí viene esta mujer,
con pasos ahora titubeantes,
pero que fueron firmes y decididos,
casi de baile,
con una sonrisa en las manos.
Mirad qué bien nos ve,
nos oye, nos espera.
El negro luto no ha podido con ella
ni el gris contaminante
ni el frío marfil de las despedidas.
Tiene el color de los paisajes de sus cuadros.
Ahora va despacio
porque no tiene la prisa de la urgencia
ni la avidez del futuro
ni la angustia de la espera.
Esta mujer avanza casi etérea
por la vida quebradiza
entre trampas y rocas,
con subidas pedregosas,
resbaladizos caminos de lágrimas,
hundiendo los pies en el barro de la experiencia,
esquivando hoyos, sorteando desechos,
mas siempre encontró árboles que le dieron sombra,
agua de manantial que le refrescó el alma
y su meta era la esperanza.
Esta mujer que ahora viene andando despacio,
antes venía en bicicleta,
cantando y recitando versos románticos de poetas solitarios,
pero también viajó en tren,
en trenes de alegría, compartiendo risas y desdichas,
repartiendo calor en los días de frío,
y dejando que sus hijos miraran por la ventanilla.
Y también lo hizo en barco,
en esos barcos que Pepe construía,
navegando entre ríos y mares que podían
ser de leche, de sangre, de nieve derretida,
de lágrimas compartidas,
de cafés a media tarde,
de agua dulce para saciar la sed de compañía.
Ella viaja con el silencio de la melancolía,
con el recuerdo evaporado como humo,
con el tiempo detenido en su memoria,
con las mismas estrellas
en las que por las noches reza a la vida.
Los días que hoy son iguales
ayer fueron estaciones, lugares,
aventuras, proyectos,
paisajes
que esperaban su mirada y su sonrisa.
Comprende que hay nubes que tapan el sol,
minutos que no debieran haber existido nunca,
insomnios que necesitan oxígeno, sueños demasiado profundos,
sombras frías donde los niños lloran
por la incertidumbre de lo desconocido.
Y sin saber cómo
le está dando la vuelta al siglo,
quizá por su risa que penetra como vitamina en los músculos del existir,
quizá por su fe que abarca cualquier abrazo,
quizá por su sentir que permanece oculto para que no lo hieran.
Ella sabe que tiene compañía,
aunque lo que más le aterra
es esa soledad de zapatos viejos,
por eso busca unos nuevos,
para salir a pasear al atardecer
hoy más despacio que siempre
y nota su cuerpo un poco de madera,
pero es esa madera noble
en la que se tallan las cicatrices en relieve
de los sentimientos acumulados
entre las manos y el corazón.
Ved esta mujer que ahora llega:
su nombre es Teresa.
@Alberto Morate
@Imagen Pinterest
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