UN LÁPIZ by David Santaolalla

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El siguiente relato lo escribí el día del libro, 23 de abril, después de comprar mi último cargamento de libros con el 10% de descuento. Animado y eufórico me puse delante del ordenador a intentar sacar adelante mi entrega número 15 en Masticadores.

 

Un lápiz

De niño, Vicente se caracterizaba por ser un “trasto”. Siempre haciendo travesuras… o al menos maquinándolas. Su hermano mayor era más tranquilo, obediente, sumiso. Vicente no paraba quieto. Hoy en día le hubieran diagnosticado algún trastorno o hiperactividad. Pero en aquellos años sólo se le administraba “un buen par de azotes” con cierta regularidad.

Vicente no era feliz, pero no podía evitar actuar como actuaba. Las trastadas le salían solas, a veces sin darse ni cuenta. Y las bofetadas le llovían por doquier. No era feliz, pero ese comportamiento era la única forma que tenía de evitar el aburrimiento.

Un día en clase, cuando tenía nueve o diez años, hizo un descubrimiento inesperado: el lápiz. Es cierto que llevaba años utilizando lápices para escribir y dibujar. Pero aquel día, de una forma casual, usó el lápiz para dibujar algo que no le habían mandado. Algo que se le ocurrió a él sin más: una flor. Pero no una de esas flores esquemáticas, con cuatro trazos, como hacen los bebés. No, era un dibujo casi realista, con luces y sombras y texturas. Al mismo Vicente le sorprendió el resultado. Incluso se quedó un buen rato admirando su trabajo. Boquiabierto. Algo nuevo había surgido en el caótico y aburrido universo de Vicente.

Al final de aquel curso, Vicente ya era un niño más tranquilo. La frecuencia y la calidad de sus trastadas había disminuido palpablemente. Se pasaba más tiempo dibujando gatos o insectos en los márgenes de los libros. Algunos le salían bastante bien.

Cuando por fin acabó su etapa escolar y se le presentó la oportunidad de escoger una carrera universitaria, Vicente eligió una que no pudiera cursar en su ciudad. El objetivo era marcharse de casa. Alejarse de su familia. Su hermano mayor había finalizado la educación secundaria sin pena ni gloria y nunca mostró inclinación a los estudios. Por eso se quedó a trabajar en el negocio familiar, dejando vía libre a Vicente para que pudiera estudiar fuera.

Vicente acabó la carrera increíblemente sin problemas. Y consiguió rápidamente un buen trabajo, siempre lejos de su familia. El trabajo no le entusiasmaba pero lo sacaba a delante con destreza. Incluso destacaba entre los compañeros de oficina. El salario era suficiente para vivir y ahorrar un poco. Cuando llegaba a casa, por la tarde, dedicaba un rato a su afición favorita: leer. Leía, leía mucho. A veces hasta altas horas de la noche. Siempre con un lápiz a mano, para subrayar frases o hacer anotaciones y pequeños dibujos en los márgenes.

Después de un año de trabajo, con lo ahorrado y la extra, Vicente se plantea un viaje. Su primer viaje. Quiere ir a África, ver animales salvajes, naturaleza exuberante. En la agencia de viajes le ofrecen “Kenia Safari”, siete días cuatro noches vuelo incluido. Vicente prepara la maleta con minuciosidad. Todos sus compañeros llevan aparatosas cámaras de fotos. Vicente sólo necesita un cuaderno… y un lápiz.


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