El grumete by Natalia Carnales

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Viajaban por dinero, por amor al mar y por vanidad, porque no había caballero con más prestigio que aquel que conseguía la gloria. Él era un humilde grumete, pero por algo había que empezar.

El puerto estaba bastante concurrido esa mañana, los pequeños ladronzuelos correteaban de un lado a otro en busca de algún caballero con las sacas lo suficientemente llenas, como para no notar, el hurto de varias monedas.

El capitán gritaba a todo pulmón, mientras el navío se perdía en el horizonte.

—Una más, dos más, tres más, cuatro más… —Mientras los tripulantes tiraban de las gruesas cuerdas que izaban las grandes telas¾. ¡Soltad las velas! ¡Aseguren velas!

 

Parte de la tripulación fregaba la cubierta, mientras el capitán examinaba en profundidad los nuevos mapas que el cartógrafo le había entregado esa misma semana.

La ola golpeó el lateral izquierdo del barco y todos los que estaban en él se balancearon como muñecos de trapo. El gordo Juan, se sostuvo con fuerza de una de las cuerdas y llegó a la barandilla en el momento justo que el vómito le salía por la boca y la nariz. El resto de la tripulación se rieron con fervor.

Esta vez debían llevar una carga de barriles al otro continente y por ello, les llenarían los bolsillos de monedas, tantas que no tendrían que volver a trabajar. El grumete, motivado por la curiosidad, abrió uno de los barriles y una sustancia negra salió del pequeño agujero. El muchacho lo tocó y se quemó con su tacto. Enseguida se le empezó a poner los dedos negros y de ellos empezaron a surgir finas escamas prietas y afiladas que le generaban dolor y desesperación. Una tras otra se formaba sobre su piel ahora muerta.

—Es la sangre del dios Osiris, quien la toca llega su muerte. —El capitán dio dos pasos hacia atrás antes de seguir hablando: Si el humano es inteligente y antes de que lo absorba por completo pide el deseo correcto, tiene la posibilidad de salvarse.

—¡Quiero vivir! —gritó el joven desesperado. Deseo que la sangre de Osiris no pueda hacerme daño.

—Deseo concedido. —De lo profundo de su garganta salió una voz grave y ajena¾. De mi mano no llegará tu muerte.

 

Los demás tripulantes observaron como la sustancia negra cubría por completo el cuerpo de su compañero, mientras él hablaba en una lengua extraña. Con los nervios a flor de piel, lanzaron las lámparas de aceite contra la masa deforme que momentos antes era un humano, dando muerte al grumete.

—¡Pero mi deseo fue concedido! —gritó el joven, pero ya nadie lograba escucharlo.

—Y así fue, de mi sangre no has muerto y ahora vivirás en mí. —La sustancia volvió al barril escurriéndose por la madera. Como lo harán todos ellos, pero antes debemos llegar al nuevo puerto.

 


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