El cielo se abría ante él completamente despejado y sin una nube. Así pues, sin perder un minuto, se dejó caer al infinito. Tras unos instantes en caída libre, por fin se abrió el paracaídas y comenzó a planear descendiendo lentamente. El lugar donde debía tomar tierra era un inmenso prado de un verdor casi mágico.
De pronto, una firme y prolongada corriente de aire de bastante intensidad comenzó a desplazar hacía el norte al paracaídas, sin que Roberto lo pudiera evitar. El viento lo alejó de la campiña, del bosque, del lago. Ahora sobrevolaba plantaciones de cereales y montones de paja repartidos por todo aquel territorio. Un remolino repentino lo hizo bajar de manera más brusca de la deseada. Un montón de paja, así no me romperé los huesos pensaba Roberto. Envuelto en la tela del paracaídas se hundía en aquel montón inmenso de paja recién cortada. Con los pies hacia el cielo, su propio peso lo arrastraba al fondo más y más y…..
Ay, ahhh, ayy, ahhhhh. Un grito de dolor se escuchó en varios kilómetros, un grito que procedía de lo más profundo del enorme montón de paja. Al tiempo del alarido, su cuerpo salió volando literalmente aterrizando en el suelo seco. Entre sus dedos mantenía un fino objeto metálico, brillante y puntiagudo que quitó de sus posaderas; sí, una aguja.
Carlos Cubeiro
Agosto 2023
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