martes, septiembre 1 2026

El triunfo de la vulgaridad (I) by Avelino Muleiro

Los seres humanos llevamos milenios integrados en la misma especie biológica a pesar de ser enormemente diferentes unos de otros en inteligencia, en habilidades, en conciencia moral, en emociones y sentimientos, en carácter y en otros numerosos atributos. Todos esos rasgos explican que la coexistencia entre seres tan heterogéneos no resulte nada fácil, y la prueba está en que dedicamos diariamente una enorme cantidad de energía en superar conflictos, en armonizar voluntades, en alcanzar acuerdos o en hacer concesiones, a veces con lágrimas reprimidas.

A parte de esa convivencia entre iguales, vivimos en una sociedad en la que estamos obligados a someter gran parte das nuestras actividades y de nuestros deseos a normas y principios que no emanan da nuestra voluntad, sino de disposiciones y normas legales que provienen de criterios externos a nosotros. Esa es la factura que debemos pagar por vivir dentro de una colectividad regida por sistemas políticamente organizados, en los que existe un Gobierno -que organiza la convivencia-, un parlamento -que crea leyes por las que nos administramos- y un organismo, que recae en la justicia, encargado de que se cumplan esas leyes.

Dentro de esa comunidad existen diferentes formas de relacionarse esos tres pilares esenciales, que se denominan regímenes políticos -conjunto de condicionantes de las interacciones políticas-, que están formados por valores, normas, autoridades, estructuras y modelos con los que se organiza el poder. Las más importantes formas de relación entre esos tres pilares son: la república, la monarquía, la democracia, la dictadura, la tiranía, la oligarquía… a veces reconocidas con denominaciones incluso diferentes. En la sociedad en la que nos tocó vivir, pasamos de una dictadura de treinta y nueve años (1939-1978) a una monarquía parlamentaria. Vivimos, formalmente, en un Estado democrático y constitucional. Residimos, pues, en un Estado de derecho y de bienestar. Tenemos una economía social de mercado y unos valores que se sostienen en un modelo de convivencia en el que resplandecen la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, el pluralismo político, la dignidad de la persona, el respeto a los derechos fundamentales y a las libertades públicas. La Constitución protege los derechos fundamentales de las personas y establece unos principios para orientar y controlar las actuaciones de los poderes públicos. Igual que en otros países, la sociedad española fue evolucionando y cambiando al compás de las intensas metamorfosis producidas en el mundo occidental. Nos balanceamos en el mismo carrusel de los países que se engalanan con la misma o similar cultura, reproduciendo sus modelos de vida y sus cosmovisiones (Weltanschauungen)- o formas de ver el mundo.

Cambio de paradigma social

Hasta comienzos del siglo XX, la sociedad española funcionaba con parámetros enraizados en los principios de la Ilustración asumiendo los criterios progresistas de la modernidad. La Ilustración jugó un papel decisivo en la formación de las democracias modernas, focalizando su dinamismo en la educación (sapere aude) como instrumento para el progreso. Fue igualmente la Ilustración quien promovió la creación de sistemas educativos modernos diseñando la idea de que el poder legítimo debe ser limitado por los derechos de los ciudadanos. El adalid de esta última idea fue el ilustrado Charles Louis de Secondat, barón de Montesquieu (1689-1755), autor del libro El espíritu de las leyes, en el que, siguiendo el modelo político inglés, defendía la monarquía constitucional y la separación de poderes como garantía contra el despotismo.

Los valores densos y compactos, que estaban avalados por el espíritu de la Ilustración, instauraron en Europa el orden social bajo el cobijo de la modernidad. Este concepto de modernidad estuvo siempre unido a la idea de progreso y del poder de la razón humana como avalistas de la libertad. La modernidad fue, indiscutiblemente, el epítome de los procesos sociales y políticos asociados al crecimiento económico y a la conducta moral.

Sin embargo, a partir de la dictadura franquista, la sociedad española adoptó un conjunto de nuevos estereotipos de conducta, muchos de ellos importados del exterior, que menoscabaron la forma de vivir y de pensar de la ciudadanía. Brotó una profunda disrupción ideológica y un cambio de valores y de modelos económicos y políticos. Esas mutaciones transformaron las relaciones personales, emergiendo simultáneamente enormes reivindicaciones colectivas a los gobiernos y a las instituciones públicas, así como también se incrementaron los enfrentamientos políticos y los disturbios ciclópeos de orden público. Todo aquel acontecer transgresor coincidió, o fue consecuencia, de los grandes enfrentamientos bélicos del momento: Guerra del Vietnam, Guerra fría, Primavera de Praga, movimientos sociales globalizados (protestas del 68, movimiento feminista, movimiento ambientalista…), reivindicación de los Derechos civiles (Martin Luther King), revolución cultural (China)…

Aquel tremendo impacto global desorientó a una sociedad tradicionalmente amarrada a goznes fijos y resistentes, provocando en las vidas privadas un colosal desajuste existencial, difícil de asimilar, y desatando un enorme desconcierto en las relaciones de convivencia.

La verdad, la autoridad, la amistad, el compromiso, el respeto, la familia, el trabajo, la responsabilidad… habían sido en el recién pasado valores firmes, resistentes y fundamentales. El cambio de paradigma los sustituyó por valores dúctiles y esponjosos, disolventes activos de los valores macizos anteriores. La mentira, la falta de palabra, el relativismo moral, el desprecio a la autoridad, la disolución de la familia… forman parte de la amplia lista redactada por ese cambio paradigmático. En ese nuevo modelo innovador, los valores y las creencias perdieron la coherencia y la continuidad. Comenzaba a emerger un nuevo mundo con múltiples opciones de consumo y atestado de medios de comunicación y saturado de ideologías intransigentes y fanáticas. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017) denominó a esa nueva sociedad  la “sociedad líquida”.

La familia en el nuevo paradigma

En ese cambio de paradigma, la familia juega un rol fundamental a nivel individual y colectivo. Aristóteles había anticipado en el libro de la Política el papel esencial de la familia en el origen del Estado (“porque la naturaleza no hace nada en vano… la asociación natural y permanente es la familia”). El sociólogo alemán Ulrich Beck empezó a hablar de “categorías e instituciones zombis” en la nueva sociedad, que “están muertas y aún vivas”. Cita como ejemplos de esas categorías zombis la familia, la clase social y el vecindario. La familia es pieza fundamental de la maquinaria social, tanto como espacio físico y afectivo, donde se generan relaciones de carácter íntimo entre personas relacionadas con vínculos de sangre, como afectivos o legales que, a su vez, forman redes de parentesco. La familia cumple las funciones de transmisión de valores, normas, creencias y pautas de comportamiento que al final repercuten en la colectividad social.

Tomemos como ejemplo en ese nuevo paradigma a la familia. ¿Qué es en la actualidad? ¿Qué significa? En tiempos de divorcios normalizados, es posible que el núcleo de la vida familiar empiece a desintegrarse antes ya de la progenitura. No resulta insospechable que en los casos de divorcio conozcamos casos en los que en los fines de semana conviven en uno mismo matrimonio “vuestros hijos, mis hijos y nuestros hijos”. O asistamos a situaciones muy peculiares en cada divorcio y en cada nueva unión de coyunturas post-matrimoniales entre padre y madre y entre abuelos y nietos. Antes, el padre era el hombre, y la madre, la mujer. Ahora depende. La madre puede ser el hombre y el padre la mujer. Antes, el matrimonio era de hombre y mujer, hoy también depende, porque el marido puede ser la mujer y la esposa otra mujer. O la esposa, un hombre, y el marido, otro hombre.

Desde el punto de vista de los nietos, el significado de los abuelos debe determinarse por medio de decisiones y de elecciones individuales de los padres; éstos, en algunos casos, empaquetan los hijos a los abuelos para quedar ellos liberados, y en otras situaciones incluso les impiden poder verlos o intimar con ellos. Ambas conductas son execrables, social y psicológicamente, porque deterioran las relaciones filioparentales y, sobre todo, victimizan y perjudican para la vida afectiva de los niños el futuro. Muchos de esos casos se tienen que resolver, lamentablemente, en los juzgados.

La política en el nuevo paradigma

La justicia, en opinión de Mario Bunge, no es una categoría natural, una propiedad anclada en nuestro legado genético, sino una propiedad de rango histórico. Su esencia está en constante reconstrucción, muy lejos de la consideración de inmutabilidad en la que algunas teorías la siguen instalando. Ese fundamento social de la justicia vale también para los derechos y deberes, pudiendo constatar cómo a lo largo de la historia fueron emergiendo unos y extinguiéndose otros.

Pero no debemos olvidar como en política, la estupidez es tan común como la racionalidad. Y todos los políticos, independientemente de que sean personas de principios, buscan el poder y están motivadas por intereses, propios o ajenos. Muchas veces hay intereses espurios que se defienden desde el gobierno de manera indecorosa y obscena.

¿Y cómo funciona en España la justicia?

 

 

 

 


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo