Los recibió apuntándoles con una vieja escopeta de caza desde el campanario. Y una amenaza: disuadirá a tiros a quien pretenda llevarse la campana, sea quien sea.
María ronda los ochenta; junto a su hijo y sus animales – ovejas, alguna vaca y los perros- son los únicos seres vivos que viven en el pueblo.
Todo se lo han llevado: primero la escuela, luego el médico,… el bar, la tienda, la gente… Solo queda la campana, única señal de que a su pueblo aún le queda un rayo de esperanza. Y la defenderá por encima de quien sea. Hasta su último aliento.
Mercedes G. Rojo
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