En el diálogo platónico Γοργίας (Gorgias), Calicles le explica a Sócrates que “en la mayor parte de los casos son contrarias entre sí la naturaleza y la ley; por lo tanto, si alguien por vergüenza no se atreve a decir lo que piensa, se ve obligado a contradecirse”. En síntesis, Calicles afirma que la realidad es independiente de lo que los seres humanos opinemos sobre ella y asegura el fracaso de nuestro intento de manipularla. De esa divergencia nace el origen de las palabras physis y nomos con el propósito de referirse a cada una de las alternativas. Pero dada la condición gregaria de los seres humanos y su tendencia a conductas miméticas, normalmente somos proclives a unirnos a la opinión de la mayoría de nuestros congéneres en detrimento de la realidad. Ya nos lo reprobaba Jean Paul Sartre: “¡Qué importancia conceden, Dios mío, al hecho de pensar todos juntos las mismas cosas!” (La náusea). A pesar de todo, la función cultural o intelectual es al mismo tiempo una función de legitimación y de denuncia, de formulación y de crítica de la mitología colectiva en la que se basa la convivencia social en un momento dado. Por eso, con el deseo de decir lo que pienso sobre las ideologías, abro mi propio veredicto sobre ellas.
Inicio este recorrido crítico con el intento de evaluar el origen, la evolución y el actual rol de la “ideología” en esta sociedad posmoderna, comparando su función sociopolítica en la sociedad a una taxonomía sociológica con la que, de conformidad con unas pautas exteriorizadas en la conducta política, económica, cultural, moral, familiar, laboral… se pretenden clasificar y catalogar a las personas. A mi criterio, la ideología pretende ejercer en la sociología política el mismo papel que desempeña la taxonomía científica al clasificar los seres vivos por sus características morfológicas, funcionales, evolutivas, etc. Hay, con todo, una importante diferencia entre ambas: la taxonomía científica cataloga características objetivas -intersubjectivamente avalables- de los seres vivos; por ejemplo, el cuervo aparece como: animal, cordado, vertebrado, ave, plumaje negro… En cambio, resulta muy difícil describir objetivamente las cualidades ideológicas de la persona toda vez que las ideas son procesos psicológicos, por lo tanto, datos subjetivos, de tales características. La ideología, desde esta analogía taxonómica, intenta describir como objetivas unas cualidades que son esencialmente subjetivas, lo que implica un error categorial indiscutible que implicará consecuencias lógicas y sociológicas importantes.
Pero, después de todo, la ideología, analizada semánticamente y en un sentido amplio, significa aquello que representa un ideal. En su origen, la “ideología” se entendía como el estudio científico de las ideas. Los ideólogos eran inicialmente los filósofos que pretendían explicar las leyes causantes de las ideas en la mente humana. Conociendo la génesis de las ideas, la ideología establecería las bases para el conocimiento científico y, consecuentemente, facilitaría las causas de la organización natural de la sociedad permitiendo conocer la naturaleza humana, y a partir de ese conocimiento posibilitaría la reorganización del orden social y político teniendo en cuenta las necesidades y deseos de las personas.
El término “ideología” fue acuñado por Destutt de Tracy en 1801, en su obra Eléments d’Idéologie, en un contexto histórico de alzamientos políticos y sociales que marcaron en Europa la transición de la sociedad feudal a la sociedad capitalista. Si bien es cierto que el significado político que le atribuye el filósofo francés a las ideologías está centrado en la modernidad ilustrada, no se puede obviar ese modo de sanción teórica a las formas de dominación social, porque existieron mucho antes en culturas muy antiguas, aunque no se habían explicado bajo esa misma terminología. La diferencia epistemológica relacionada con las formas ideológicas de dominación social está, pues, en el estudio sistemático de las ideologías propio de la Edad Moderna. En este sentido, la “ideología” se puede entender como un conjunto de ideas, pensamientos, doctrinas o visiones del mundo (Weltanschauungen) de que dispone una persona o un determinado grupo, valiéndoles de modelo orientativo para sus acciones sociales y políticas.
Si para Destutt de Tracy la ideología era la ciencia superior que facilitaría el progreso en los asuntos humanos, para Napoleón la ideología era la filosofía pretenciosa que incitaba a la rebelión, pues trataba de determinar los principios políticos y pedagógicos con base exclusiva en el razonamiento abstracto. Gracias a Napoleón, el término “ideología” cesó gradualmente de significar el estudio de las ideas para pasar a significar los propios sistemas de ideas: una amalgama de ideas abstractas, erróneas y divorciadas de las realidades prácticas de la vida política. De esa manera, la palabra “ideólogo” adquirió una dimensión negativa con el fin de descalificar a los integrantes del Institut Nationale de las ciencias y las artes del que formaba parte Destutt de Tracy.
Ese conjunto de elementos intelectuales puede tender a la conservación o a la transformación de un sistema existente (económico, social, político, religioso…) que afecta a un grupo, a una institución, a un movimiento cultural, social, político o religioso. Y así aparece esa taxonomía sociológico-política de las ideologías, que cada vez es más difusa y vaga. Una ideología que pretenda conservar un sistema existente se denomina “conservadora”. La que busque trasformar el sistema dominante en un momento histórico -de forma pacífica y paulatina- se llamar “reformista”. La que procure llevar a cabo un cambio de modo radical y súbito se denomina “revolucionaria”. Y si lo que intenta es recuperar un anterior modelo, se designa “reaccionaria”. La lista de las ideologías actuales resulta incalculable dada su capacidad mutante, invasiva y colonizadora.
Bajo una perspectiva sociológico-política, las ideologías son esquemas clasificatorios en los que se encaja a los ciudadanos para poder controlarlos políticamente, utilizándolos como patrimonio electoral tras un presunto alistamiento partidista, no siempre consentido por ellos. De este modo, la ideología es un modo de uniformar la ciudadanía; mutatis mutandis, desempeña el mismo papel que el uniforme colegial que identifica a los estudiantes con su centro educativo, o ejerce la misma función de la indumentaria de los soldados en un desfile para saber si pertenecen al Ejército de Tierra, de Aire o de la Armada. La ideología es, por tanto, una forma de reclutamiento del ciudadano, asimilándolo al partido político que desfila por la pasarela de la sociedad con su uniforme ideológico.
Sin embargo, no necesariamente los ciudadanos se consideran militantes uniformados de la ideología en la que se les inserta, porque sus creencias ideológicas no tienen por qué ser exactamente rígidas ni monolíticas. Meterlos en un talego cerrado es interés y manía casi exclusiva de los grupos políticos para controlarlos. En la distópica novela de Orwell, 1984, el Ingsoc representa el partido y la ideología del partido gobernante que dirige con mano de hierro los destinos del Estado totalitario, controlando física y mentalmente a todos los ciudadanos hasta el punto de deformar su sentido común para que amen al líder, el Gran Hermano, en contra de su propia voluntad.
Una ideología implica dos componentes: una representación intelectual del sistema y un programa de acción. La representación intelectual proporciona un punto de vista propio sobre la realidad vigente, a la que observa desde una perspectiva concreta ataviada de emociones, percepciones, creencias, ideas y razonamientos, a partir de los cuales se analiza y compara con un sistema real o ideal alternativo, concluyendo finalmente en un conjunto de juicios críticos y de valor que proponen un punto de vista superior a la realidad vigente. En cambio, el programa de acción tiene como objetivo aproximar dentro de lo posible el sistema real existente al sistema ideal pretendido. De esa manera, los partidos políticos utilizan las ideologías como proyectos a través de los que buscan unificar las prácticas intelectuales con las políticas encaminadas a la transformación de la realidad.
Pero como las palabras van modificando su significado con el paso del tiempo, esa metamorfosis afecta también a la palabra “ideología”. Para Destutt de Tracy, el creador de ese término, a finales del siglo XVIII, la ideología consistía en una ciencia que estudiaba las ideas, su formación y sus leyes. Pero medio siglo después, a mediados del XIX, Engels y Marx consideraron la ideología como una «ruptura de la conciencia» que conduce a la alienación. Marx define la ideología como un conjunto de ideas (erróneas en su mayor parte), cuya relación con la realidad es menos importante que su objetivo, que consiste en evitar que las personas oprimidas perciban su estado de opresión. Las ideas dominantes de cada época coinciden con las ideas de la clase imperante, lo cual no significa que esas ideas sean necesariamente producidas por la clase que manda, pues resulta suficiente que expresen los intereses de los gobernantes.
En el siglo XX, la opinión de Jürgen Habermas sobre la ideología, y en general la de todos los representantes de la Escuela de Frankfurt, es muy negativa porque la consideran un grave problema de comunicación social que expresa violencia de dominación y distorsiona la comunicación. Este desvío es consecuencia de una razón instrumental que produce la ciencia y la tecnología como ejes de la dominación social, razón por la que reivindican la emancipación y la liberación de las clases sociales. Entendida así, la Escuela de Frankfurt asume que la ideología es una doctrina, un conjunto de ideas y de creencias destinadas a convencer de su verdad, pero, no obstante, está al servicio de algunos intereses de poder inconfesos. En cambio, para J. P. Sartre la ideología es fruto de un pensador «creador», capaz de generar un modo de ver la realidad.
Origen y crítica de la ideología
La mayoría de las ideologías nace dentro de una corriente filosófica, con una versión muy simplificada, y a veces distorsionada, de la filosofía original. Tal simplificación transforma un pensamiento original en un «…ismo» (marxismo, existencialismo, relativismo, nazismo…). Ese inicio comienza ante las necesidades que sostienen socialmente un determinado pensamiento. Mas es bastante difícil comprender cuándo y en que ámbitos puede pasar una filosofía a ideología.
Después de Engels y de Marx, ese vocablo adquirió un significado peyorativo del que no logró desprenderse. Engels, al que estaba próximo Marx, escribió: “La ideología es una conciencia falsa” (Carta de Engels a Mehring). Marx entendía por falsa conciencia el pensamiento de los individuos que no es consecuente con sus condiciones materiales de existencia. Pone como ejemplo la adopción de la ideología burguesa por parte de un trabajador asalariado. Bajo esa concepción negativa que le imprimió el marxismo, la ideología es una forma de ver la vida con la que se pretende despojar a la persona de su libertad, metiéndola en una mentira, convirtiéndola en parte de una masa que se pretende manipular y, en caso de que triunfe, dominar. Desde ese punto de vista, las ideologías son herramientas de control social.
Diversos autores utilizan ese término como una concepción crítica, considerando la ideología como un instrumento de dominación que actúa alienando la conciencia humana por medio del convencimiento o persuasión, no de fuerza física. Para ellos, no se entiende acción política sin ideología. La ideología política no es algo opcional, algo que podemos tener o no, a la cual podamos renunciar bajo justificaciones pragmáticas o tecnócratas. Ese mismo pragmatismo tecnócrata es siempre una forma de ideología no asumida, y sus discursos rechazando explícitamente la ideología son los más dogmáticos de todos porque la ideología está más enquistada en cuanto falta conciencia de la realidad.
La imaginación resulta imprescindible para armar una ideología que actúe eficientemente como reclamo político y mensaje propagandístico, eclipsando intencionadamente la razón teórica que impone lógica a la realidad. “El juego deliberado con posibilidades fantásticas, la habilidad para actuar con buena conciencia, contra naturam, para experimentar con las personas y con las cosas, convertir la ilusión en realidad y la ficción a verdad, expresan el grado en que la imaginación llegó a ser un instrumento del progreso. Y realmente es un instrumento del que, como otros muchos en las sociedades establecidas, se abusa metódicamente. Estableciendo el paso y el estilo de la política, el poder de la imaginación excede en mucho a Alicia en el País de las maravillas en su manipulación de las palabras, en su habilidad para dar sentido a las tonterías y convertir en tontería lo que tiene sentido» (Marcuse: El hombre unidimensional). En esa ficción imaginativa se retroalimentan las ideologías. ¿Será posible fracturar esa ficción?
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Muy sugerente gracias!!
Si,,, necesito incorporar a uno o dos autores para la temporada que comienza en septiembre. Si sabes de alguien me lo dices
Ok….Juan, aunque de pronto no se me ocurre