sábado, septiembre 12 2026

Micaela por Ricardo Mazzoccone

Faltaban minutos para que el catorce de julio llegara a su fin.

La hermana Roberta caminaba por los pasillos apagando luces, cuando escuchó golpes en la puerta del Establecimiento.

Azorada, se acercó a la entrada del Orfanato, la abrió y allí, en el piso, envuelta en nieblas estaba ella, temblando de hambre y dolor. Entre sus ropas había un sobre con una carta. La guardó en uno de sus bolsillos.

Entraron y fueron caminando juntas hasta la cocina donde la Hermana comenzó a calentar agua y leche para el té.

De la alacena sacó un paquete con galletas dulces y se lo dio. Estaba muy delgada y no hablaba. Su alma rugía de tristeza.

El ruido que hizo la Hermana despertó a la Madre Superiora que se levantó para saber qué ocurría. Les pidió a las Hermanas Teresa y Beatriz que la acompañaran.

Al llegar vieron a la pequeña, de unos cinco años quizás, y corrieron para ayudarla mientras la Madre le preguntaba a Roberta lo sucedido.

Teresa se quedó con la niña. La miró con detenimiento y al verle las pupilas dilatadas y las reacciones tardías, corrió para llamar al médico del pueblo. Cuando regresó estaba desmayada en los brazos de Beatriz.

El doctor Maidana llegó a la media hora y luego de revisarla pidió una ambulancia para trasladarla al hospital.

Estuvo una semana internada, debatiéndose entre la vida y la muerte.

Con el alta médica regresaron al orfanato donde la recibieron entre canciones, vítores, globos y pancartas de bienvenida, que habían hecho los niños con la ayuda de las hermanas.

La niña, en su silla de ruedas miraba todo, aunque sin expresión en su rostro. Fue Roberta la primera en abrazarla. La siguieron todos.

Pasaron los días.

Nada traía a la niña de su lejano mundo. No emitía palabra, no esbozaba una mueca en su rostro y sus ojos estaban vacíos, sin alma.

— ¿Cómo vamos a llamarla? — preguntó la Superiora.

—Micaela— respondió Roberta.

—¿Así se llama? ¿Cuándo la encontraste había alguna carta, nota, algo?

—No sé, se me ocurrió tan solo y…No, no había ningún papel— respondió nerviosa.

—Bueno, vos la encontraste. Será Micaela— sentenció la Madre.

Pasaron los días y la niña recuperaba su salud gracias al amor de las hermanas, el cariño de los niños, la buena alimentación y una cama abrigada.

Al año se encontraba perfectamente bien de salud, pero seguía sin hablar, no jugaba y su seriedad asustaba.

Una tarde, llegó el doctor Maidana para una revisión de rutina a todos. Fue aquí que, sin querer, se dio cuenta que Micaela tampoco oía.

Inmediatamente la envió al hospital para someterla a una batería de estudios y así determinar su afección.

Los estudios determinaron que no era orgánico el problema. Era psicológico. Los psicólogos y psiquiatras que la trataron, no lograron quebrar el yugo del trauma que la aquejaba. El diagnóstico fue autismo.

La vida siguió en aquel lugar de almas blancas. Solo Micaela dormía mucho y miraba todo, sin demostrar emociones o sentimientos. Su cuerpo estaba allí, pero su mente estaba en otro lugar y su alma…Perdida en algún mundo olvidado.

Estaba detenida en el tiempo y en el espacio, acurrucada en algún rincón de algunos de los infiernos, aterrorizada y prisionera de demonios muy fuertes.

Una noche, Roberta decidió entregarle la carta encontrada a la Madre.

—Perdón, pensé que sería algo de pocos días esto y no dije nada pues no quería asustar
a nadie— dijo.

La madre comenzó a leerla, entre miradas de enojo hacia Roberta.

“Estimadas hermanas:

Mi nombre es Mercedes. Tengo cinco hijos y un marido que trabaja salteado. Con mi sueldo de mucama, apenas nos alcanza para comer y no todos los días. Con la ropa de los chicos nos arreglamos con los regalos de la gente de buena voluntad. La niña se llama Micaela. Ella es hija de unos vecinos muy jóvenes, que viven drogados. La niña desde que nació vive en un infierno. Mal cuidada, siempre sucia y hambrienta. De verla tan triste y sola por la calle, un día la traje a mi casa. La bañé, la vestí con ropas limpias y le di de comer. Me lo agradeció con un abrazo y un beso. Tiene una sonrisa preciosa.

Cada tanto venía a verme, le daba lo que podía y ella lo agradecía. Una vez trajo una bolsa de pan que le habían regalado para compartirla con nosotros. Y fue una noche, cerca de las dos de la mañana, que el griterío en su casa despertó a todos en el barrio.

De tanta droga, sus padres habían enloquecido. Se habían puesto violentos, gritaban, golpeaban, rompían todo. Se escuchaba el llanto de Micaela y la súplica para que no le pegaran. Llamamos a la Policía. Cuando llegaron, entraron a la casa por la fuerza. Yo los seguí. Parecía una película de terror. Los cuerpos de los padres estaban en el piso y nada había quedado sano. Buscando a la niña, fui hasta el patio en el fondo. Sentí que quizás, se había escondido allí. Iba caminando entre las sombras. De pronto tropecé con un desnivel y caí al piso. Me encontré con el rostro de Micaela, parcialmente tapado con tierra. Habían intentado enterrarla.

Mientras liberaba su cara, grité con todas mis fuerzas para que me ayudaran. Un médico la revisó y dijo que estaba viva. La subieron a la ambulancia y la llevaron al hospital donde le salvaron la vida. Cuando salió, la llevé conmigo. Tenía un trauma muy grande por lo ocurrido. La tuve todo el tiempo que pude. Pero no puedo tenerla más. Entiendan que no me alcanza para darles de comer a todos. Espero Dios me perdone por dejársela, pero sé que es lo mejor. La quiero mucho y sé que con ustedes estará bien. Ayúdenla, es un ángel.

Mercedes.”

Las hermanas se miraban incrédulas, entre lágrimas de dolor y horror.

—Gritó y recibió la paliza de su vida. Por eso no habla— dijo Roberta.

—Escuchó los bramidos del infierno. Por eso no oye— dijo la Madre.

—Pobre niña, por Dios… ¿Qué hacemos? ¿Cómo la ayudamos?

—Debemos sacarla de la oscuridad y lograr que el sonido de la vida regrese a ella— dijo Roberta. La Madre asintió.

Fue a una novicia que se le ocurrió que el orfanato tuviera música. Al día siguiente compositores clásicos invadieron el lugar. Se la escuchaba día y noche. Además, comenzaron a leer para todos, poesía, libros clásicos y contemporáneos, cuentos fantásticos, navideños, de hadas y gnomos, cada tarde, sin excepción.

Pasaron algunos años y la niña tuvo algún síntoma de bienestar. Lentamente regresaba. Y fue durante una cena de verano que Micaela se puso de pie y comenzó a hablar ante la sorpresa y emoción de todos.

—Esa noche yo estaba escondida en un rincón de mi pieza y solo atinaba a gritar y llorar. Mi padre me arrancó de ese lugar y comenzó a golpearme para que me callara. Cuando me desmayé por el dolor, recuerdo haber soñado que corría hacia la carretera. No sé cuánto tiempo pasó. De pronto abrí los ojos y vi a mi madre con un cuchillo en la mano chorreando sangre.

— ¡ASESINO, MATASTE A MI HIJA! — Gritaba, además de otras maldiciones.

—Luego corrió para abrazarme, llorando y riendo al mismo tiempo. En su delirio me creyó muerta y decidió enterrarme en el fondo de la casa. Cavó un pequeño agujero, me metió allí, me tapó con tierra y caminó sobre mí. Desperté en el hospital. Mercedes estaba a mi lado. Me contó que mi madre murió por sobredosis un rato después de enterrarme. Cuando estuve sepultada, sentí el frío de la muerte y el silencio de las tumbas, mientras extrañas luces jugueteaban en el cielo.

Mi alma no quiso levantarse, se quedó sepultada en la tierra, pues me creyó muerta.

Esta es mi historia y gracias, gracias a todos, pues fueron ustedes y Mercedes, quienes me regresaron la vida. Ahora estoy completa, cuerpo, mente y alma. Me siento feliz por primera vez— Dijo emocionada…

Hoy, la hermana Micaela es quien elige las poesías para recitar con su bella y melodiosa voz, mientras la música de Vivaldi acaricia los sentidos…

El silencio se ha callado, su mente y su alma regresaron del exilio.

@Ricardo Mazzaccone


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