lunes, junio 8 2026

RUIDO, MUCHO RUIDO by Felicitas Rebaque

Este verano, tuve la imperiosa necesidad de alejarme del ruido en el que vivimos inmersos, de manera permanente, para escuchar al silencio y por lo tanto a mi misma. Y esa es la razón por la que repartí mi tiempo entre el mar, playas alejadas del bullicio de los veraneantes, y espacios verdes entre valles y montañas.

El ruido se ha convertido en algo tóxico, no solo para nuestro organismo, sobre todo para nuestro espíritu. Vivimos en un presente ensordecedor en el que prima la inmediatez que nos impide escuchar el silencio.

¿Qué significa escuchar el silencio?, pueden preguntarse algunos. Escuchando el silencio es la única forma de poder oírnos a nosotros mismos. El silencio es el espacio en el que podemos reflexionar, encontrar la calma para actuar de forma coherente y serena y alimentar nuestra vida interior.

Cuando se habla de vida interior se suele identificar con la religión. Sin embargo, no tiene nada que ver, es algo intrínseco al ser humano.  Y alimentar esa vida interior no se puede hacer más que a través del silencio.

En otros tiempos, al valorar a una persona, se decía: es alguien muy profundo o muy superficial, según fuera el caso, siendo profundo sinónimo de madurez, equilibrio y sabiduría.  Sin embargo, esos valores para muchos han quedado obsoletos. Hoy día, prima más el ser popular, estar al día en tecnología y redes sociales, ser influencer, marcar tendencia y todo ello a través del ruido, con un bombardeo constante en redes y medios. Hay que hacer ruido para hacerse notar, para hacerse ver, para ser popular. Y cuanto más ruido hagas, mejor. Da igual lo que digas si lo dices gritando y alzando la voz. El dicho popular : no por mucho gritar se tiene más razón, ha quedado anticuado porque parece ser que la verdad la tiene el que más alto grita.

Hay que rescatar al silencio. Me consta que es una tarea ardua y difícil porque está secuestrado por el ruido.

«El ruido destruye todo lo que el silencio reflexivo construye», afirma Jesús Parra , catedrático de filosofía en su artículo De silencios, ruidos y sordinas. Y así es, no hay más que echar una mirada a la sociedad: desde la política hasta en las relaciones personales hay un incremento de crispación, de intolerancia, de fanatismo, de terquedad. No se dialoga, se grita: ruido, ruido, más ruido.

En ese mismo artículo, Jesús Parra afirma:  «hoy, gran parte de la causa de nuestros males se llama ruido, insulto, enfrentamiento, y a este mal hay que ponerle sordina, es decir, el silencio reflexivo que nace de la paz interior». No puedo estar más de acuerdo. Ardua tarea cuando la sociedad parece enloquecida.

No hace mucho, hablando con un amigo, le decía que siento al mundo hostil.  Conflictos políticos, catástrofes naturales, pandemias, guerras, hambrunas… Todo ello alimentado por el ruido.

Seneca decía: «no me dejéis vuestros ruidos dejadme con mi silencio»

Permitidme, para terminar, quedarme en silencio. Mis palabras son secuestradas por las voces de las miles de personas que claman desde Ucrania y Gaza, víctimas del conflicto bélico. Los miles de heridos, los muertos, porque hasta los muertos gritan: ¡Basta ya!

Me quedo sin voz, por mucho que lo intente no tengo palabras para describir la atrocidad de estas guerras. No es lo mismo, verlo en la pantalla de la televisión, sentado en tu sofá, que sufrirlo en las propias carnes.  Pero hasta a contemplar el horror uno se acostumbra. Cuando se  Rusia invadió a Ucrania, hace ya más de dos años, a nivel de la calle todo el mundo lo comentaba. Lo mismo ocurrió con la guerra de Israel contra Gaza, a casi un año de su inicio. Pero los días pasan, y nos vamos insensibilizando. Hace un par de días, hablando con unos conocidos, hice hincapié en ese tema y uno de ellos se justificaba diciendo: «bastante tenemos con nuestros propios problemas, además estos conflictos nos quedan tan lejos…»

El ruido de la guerra se ahoga en nuestro propio ruido. Poco o nada podemos resolver a nivel personal, pero al menos no hagamos oídos sordos


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