El mundo contemporáneo, traspasado por la modernidad líquida analizada por Bauman, se encuentra en un punto de cambio y transformación sin certezas sólidas. La aceleración de los tiempos históricos, realmente notable en las últimas décadas, ha dejado atrás categorías asociadas a la conceptualización moderna mediante las que capturábamos lo real estableciendo así puntos cardinales para la dirección de la acción. Hoy por hoy, si bien seguimos contando con un substrato axiológico más o menos definido, también se da el proceso contrario: el suelo desaparece bajo nuestros pies como sucedía con las arenas movedizas de las películas antiguas de aventuras. Nuestro problema llega en forma de desamparo, pues no tenemos nuestro Tarzán particular para lanzarnos una liana a la que aferrarnos para superar el aprieto. En este caso, es la figura intelectual, enfrentado lo establecido y siempre en busca de contradicciones, el que podría echarnos una mano para así generar nuevos cimientos sociales. Ahora bien, primero resulta imprescindible la reflexión para después emplear la poeisis o creatividad verbal con el fin de capturar la volátil realidad.
Nuestros usos y costumbres están cambiando, sobre esto no cabe ninguna duda. Es connatural al choque intergeneracional el avance, o incluso retroceso, para marcar distancias con nuestros antecesores. Ahora bien, también es patente la velocidad inusitada a la que estamos sometidos. En este aspecto, son más bien las tecnologías de la información y la comunicación las que están alterando nuestro modelo de relaciones y de comunidad, pues, de manera inequívoca, la atomización e individualidad han llegado para segregar al conjunto social, otrora más consciente de su propia entidad. Ya no es necesario el contacto directo con la alteridad para establecer un contraste dialéctico, para la génesis de nuevas ideas emergentes del choque contra los puntos de vista alternativos. La ingente cantidad de información a nuestra disposición, lejos de marcarnos como la generación más informada, o incluso formada de la historia, nos ha sumido en una cacofonía estridente. Es difícil separar la paja del grano y se necesita un sentido crítico medianamente afilado para distinguir la verdad y la mentira. De este modo, nos sumimos en nuestras mónadas particulares en una espiral informativa que no se mueve del punto de partida; únicamente da vueltas sobre sí misma, como sucede con todas las espirales. Ahora bien, la sensación es de movimiento, incluso de dinamismo, pero en realidad estamos sumidos en nuestros propios puntos de vista y lo único que perseguimos es la confirmación de nuestros sesgos. Podemos pasarnos la vida leyendo y analizando, aunque sin establecer ningún contraste y sin posibilidad de rebasar nuestros posicionamientos. Es posible reafirmarnos a cada paso sin poner en tela de juicio los presupuestos asumidos acríticamente para así transformarlos en la dogmática de turno. Para muestra en este sentido las innumerables comunidades digitales cerradas sobre sí mismas incapaces de discutir sus propios posicionamientos. De hecho, asistimos impávidos a la proliferación de teorías pseudocientíficas, negacionistas o directamente reaccionarias respaldas por innumerables sitios digitales y personalidades amparadas por falsas identidades
De alguna manera esto se produce por la falta de compromiso para con la verdad, pues esta era una de las certezas atribuidas a los medios informativos tradicionales. Se suponía un deber para el periodismo, y por tanto se registraba en su código deontológico, la veracidad en las informaciones vertidas en prensa, radio y televisión. Es más, resultaba una auténtica deshonra y un descrédito la falsedad, el engaño o la tergiversación. No pocas carreras se han ido al traste por alterar, aunque sea mínimamente, el registro de algún acontecimiento para ofrecer una perspectiva partidista. Confiábamos en el cuarto poder, e incluso lo entendíamos como un cortafuegos ante los posibles abusos del resto de ámbitos referidos a la política. De este modo, esta labor gozaba de un prestigio, todavía presente en algunos profesionales, y nos invitaba a detectar las anomalías y contradicciones presentes en nuestras comunidades. Tal y como dejó patente el escritor polaco Ryszard Kapuściński, “El trabajo de los periodistas no consiste en pisar las cucarachas, sino en encender la luz, para que la gente vea cómo las cucarachas corren a ocultarse”. Hoy por hoy, sin embargo, muchos medios se han convertido en panfletos en forma de detritus para alimentar a las propias cucarachas. El poder económico, en forma de publicidad, ha subyugado la libertad informativa tal y como ya advirtieron en su día Umberto Eco o Noam Chomsky, por citar dos ejemplos.
Nuestros asideros nacidos durante la Modernidad han caducado, el lenguaje empleado y los presupuestos hasta hoy admitidos se han agostado en su mayoría. ¿Supone esto un problema? La respuesta corta y reduccionista tiene un tono afirmativo, pues hemos quedado huérfanos de guía y dirección. Por estas grietas se cuelan los advenedizos y arribistas, como los mencionados en los párrafos precedentes. Ahora bien, nosotros mismo somos culpables de nuestra minoría de edad, que diría Kant. Tenemos las herramientas y las posibilidades para emplear la reflexión en un sentido inquisitivo para así, partiendo del examen, encontrar una disposición a nuestra medida en la sociedad que va fraguándose en este mismo instante. Somos, por tanto, protagonistas de este proceso y poseemos la potencia intelectiva necesaria para superar estas dificultades. Ahora bien, no podemos abandonar la gestión de lo colectivo, pues, en este caso, es cuando quedamos a la deriva y a expensas de pésimos timoneles. Si no queremos terminar entre los restos del naufragio debemos tomar los mandos y, para esto, necesitamos implicarnos en la génesis de las nuevas categorías y conceptos. Es decir, en la producción cultural.
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