— Si retrocedes sesenta años en el tiempo, podrías transformarte en mujer — me dice el monje más anciano. Acaba de contar la historia de otro religioso que, buscando aventuras sexuales sin compromiso, fue al pasado y volvió lleno de frustración debido al espontáneo cambio de sexo que se produce al atravesar las turbulentas corrientes del tiempo. Lo escucho con cortesía, pero no presto atención: es otra de las tantas historias de la zona que hablan de piedras, árboles, troncos, ríos y cantidad de objetos grandes o pequeños que han sido mujeres o se transformarán en tales en el futuro. Leyendas derivadas de otra primitiva que se trasmitió a través de las generaciones con pequeñas o grandes variantes.
Antes del viaje, Li Chengyu, la joven monja ciega, me ofrece la tortuga de tierra. Al sostenerla, saca la cabeza para mirarme con ojos rugosos y húmedos. La noche previa a la partida, duerme conmigo y come de mi mano. En su caparazón tiene grabados cuatro hexagramas que corresponden a Lo Creativo, Lo Receptivo, El Estancamiento y La Paz. El conjunto sugiere un equilibrio perfecto entre el Yinn y el Yang. Li Chengyu, me explica que los diagramas encierran las leyes del tiempo para el que pueda interpretarlas.
Después del mediodía, con la tortuga en mis brazos, giro tres veces las ruedas del pequeño amuleto de madera y espero. A primera vista nada cambia. Desde la ladera del monte Ameru, diviso el verde valle y el río plateado, iguales a los del futuro. Debiera encontrarme en mil novecientos cuarenta y ocho, cuando el gobierno popular recién se ha instaurado y aún no iniciara las persecuciones contra los monjes. Lo único diferente es el aspecto de Pura Alegría, el templo taoísta. Sesenta años en el
futuro, es decir en mi presente, exhibirá la cúpula rota, las paredes despintadas y gastadas.
Ahora se levanta frente a mí llenando la tarde de destellos al reflejarse el sol en la intacta pátina dorada. La cúpula que termina en punta, pretende perforar el cielo para que desciendan los brillantes beneficios sobre la tierra. Aún están lejos las revoluciones culturales y los monjes no son apremiados por consejos obreros que amenacen con demolerlo.
Miro hacia el este: en el valle, los devotos forman una caravana larga y sinuosa. Aún no prohíben las peregrinaciones y al llegar al templo, la multitud reclamará amuletos y bendiciones, brindando a cambio ofrendas en dinero y en comida. Antes de partir, la monja ciega ha dicho que no cuento con mucho tiempo y debo retirarme antes del crepúsculo, cuando esos peregrinos se detengan en una estupa visible desde el templo. Para regresar, debo reclamar a ella misma un nuevo amuleto.
―¿Reclamar a usted el amuleto? — la monja no tiene más de treinta años y si retrocedo sesenta en el tiempo, aún no habrá nacido.
―Yo lo esperaré en el pasado y calmaré su necesidad de volver una vez que haya dejado el animal y los objetos que lleva — insiste con una sonrisa al advertir mi desconcierto.
Debo dejar la tortuga en el pequeño corral anexo al templo y sesenta años después, la encontraré convertida en un galápago adulto. Será fácil reconocerla por los cuatro hexagramas claramente grabados en su caparazón.
La tarde está serena y llegan hasta mí los cantos de los peregrinos. Recuerdo una tortuga de agua que tuve años atrás; vivía desesperada por llegar al río. Fue inútil que trenzara cuidadosamente los alambres del redil; que lo reforzara con vallas de piedra y madera. Se trepaba a ellos como un gato. Una tendencia oscura, inexplicable, la empujaba a la quebrada que corría un poco más allá.
Finalmente hizo un hueco con las uñas y escapó. Hasta hoy procuro imaginar su destino: quizá logró sobrevivir a pesar de los depredadores; quizá fue muerta antes de sumergirse, por un oso u otro animal.
El redil está al pie de la muralla externa del templo, protegido por tres frondosos sicomoros. Es un cuadrado de tres metros de lado donde todo el año crecen hierbas. En el centro hay un pequeño estanque. Allí mi tortuga se bañará y beberá. La apoyo en la grama y suspiro al separarme de ella.
De mi bolso saco palillos y rocas de colores que entierro o ubico debajo de las piedras, llevando una contabilidad exacta de los elementos y los lugares donde los deposito. Al regreso, apreciaré los efectos del tiempo sobre ellos.
Falta una hora para que los peregrinos lleguen a la estupa y entonces regresaré al futuro. Necesito otro amuleto; el que me llevó allí sólo actúa hacia el pasado. El templo parece solitario y desde algún sitio llega el tintineo de una campana.
Pura Alegría está edificado sobre una base cuadrada y en la parte superior, la arquitectura se resuelve en líneas circulares. Estas formas simbolizan respectivamente la tierra y el cielo; el Yin y el Yang. Una gruesa muralla separa el exterior del interior, pero no hay guardias y puedo entrar y salir libremente.
Es tiempo de ver a Li Chengyu, la monja ciega Frente a la entrada del templo siento temor. Si no la encuentro, ¿Cómo haré para volver? Me recibe el olor a leña quemada; los monjes están sentados frente a una hoguera y algunos de ellos muelen maíz. Pregunto por Li Chengyu y sin hablar, señalan al fondo con sus cabezas. Me dirijo hacia allí. Había conocido en fotos esos enormes dragones de oro
que flanquean el paso al edificio interno y que serán arrancados en la segunda Revolución Cultural.
Un pasillo conduce al salón de oraciones y más allá se encuentran las habitaciones de los monjes. En cada una de las entradas hay atriles con ejemplares del Tao Te King enmarcados en filigranas de oro. A partir de los años cincuenta, el gobierno popular intervendrá en la vida del templo y obligará a los monjes a casarse y llevar la vida de los hombres del pueblo.
Li Chengyu borda con los ojos fijos en el vacío. Sirviéndose del tacto, clava la aguja y sigue
cuidadosamente los dibujos. El mismo rostro que dejara en el futuro; la misma chaqueta azul, gastada en los hombros y los codos. Tomo su mano a modo de saludo. Levanta la cabeza y sonríe. No llego a presentarme.
―Lo estaba esperando — dice con formalidad
―Necesito su ayuda para regresar — me siento junto a ella — Hay algo que debo decirle
―Hable
―Dentro de sesenta años en el futuro, será tan hermosa como ahora. Hace unos minutos lo
verifiqué.
Se sonroja y vuelve a sonreír coqueta. La ceguera da a su belleza un clima de lejanía. Habla y no la escucho, concentrado en la suave línea del cuello perdiéndose debajo de la gruesa solapa de algodón.
―…el tiempo tiene sus propias reglas — afirma — Conocerá la Paradoja del Abuelo.
―Yo la conozco, pero no sé quién le puede haber hablado de ella. No contesta a mi pregunta La Teoría de la Relatividad ya existe y se ha aplicado para crear la bomba atómica, pero en aquel rincón de China, la monja ciega no puede conocer esa paradoja; aunque si dispone del amuleto, pudo haber viajado al futuro, recorrido Occidente y estar informada de las consecuencias del pensamiento de Einstein.
—La paradoja dice que si logra trasladarse al pasado y mata a su abuelo, está anulando la posibilidad de su nacimiento y esa muerte lo hundirá en la nada — continúa la monja — Es un enfoque equivocado y completamente falso.
Deja el bordado y parece mirarme con los ojos redondos, de color almendra.
―La paradoja sería válida si las rutas del tiempo fueran lineales — agrega — pero lo único lineal es la mente de los hombres. El tiempo va y viene; sus leyes son volátiles. Habrá leído el Tao Te King
―Sí, lo he leído
―Hay una forma de combinar los ideogramas que permite experimentar esas leyes; sólo con el libro podría ir y venir por el tiempo. La tortuga a la que ama, también oculta esas leyes en los dibujos del caparazón. Para que usted regrese con la forma de un hombre y ocupe el mismo lugar que dejó su doble del futuro, debe hacerlo en el horario que le dijo la Li Chengyu del futuro. Si se demora y retorna cuando los peregrinos vuelvan de la estupa, aparecerá dentro de sesenta años como una brizna de hierba, un soplo de aire o una golondrina. El tiempo tiene leyes tan complicadas, que parece caprichoso.
Pienso en lo que dice; es mil novecientos cuarenta y ocho y mi abuelo aún vive en la región
noroccidental de China. Si me propusiera encontrarlo y lo matara, no desaparecería; me convertiría en pájaro, mariposa o en chispa.
―¿Ha viajado al futuro o al pasado, Li Chengyu?
―Lo he hecho muchas veces y lo volveré a hacer. Una de las leyes dice que cuando un viajero va y viene del tiempo, convierte a éste en un dragón que se muerde la cola alimentándose a sí mismo. Yo estaré en uno de los puntos de la circunferencia que dibuja el dragón en su viaje por el tiempo, y usted deberá reconocer la forma que adopto.
―Me ayudaría que la describiera ahora
La joven sonríe y guarda silencio. Siento que la amo. El cariño desborda mi garganta y me
contengo para no besarla allí mismo.
―Quiero saber lo que dejó para reencontrar en el futuro — indaga
―Lo principal es la tortuga con los hexagramas en la caparazón. Además escondí palillos y
varias piedras de colores debajo de las rocas.
―Las leyes del tiempo son diferentes para cada uno de estos elementos y para el animal.
Quizá los palillos se conviertan en mariposas que morirán, volverán a nacer como palillos y
a repetir su ciclo una y otra vez.
Cae la tarde. El brillo en las paredes del templo aumenta con los oblicuos rayos del sol. Antes de volver, pido a la monja que me acompañe al redil para asegurarme que la tortuga está bien Come briznas de hierba y al asomarme se detiene y clava en mí uno de sus ojos. La monja sigue explicándome importantes aspectos de las leyes temporales. No entiendo todas sus palabras, pero no pido que las aclare. Me fascina la textura de su piel y desearía acariciarla.
―Los peregrinos están por llegar a la estupa. Me alcanza el nuevo amuleto.
―Sabe como usarlo — saca la mano que esconde en la manga para protegerse del frío creciente y acaricia mi mejilla derecha. Entonces siento dentro de mí la textura de las plantas del valle, la frescura del río y el brillo del cielo de la tarde.

@ GOCHO VERSOLARI LA TORTUGA Y EL TIEMPO
05/09/2024
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