El crujir de la cerradura al girar las llaves parecía crepitar todos los huesos de mi columna vertebral. Si aquello no era una señal, yo no sé qué era, pero sabía que tenía que ir allí. Quizá no era lo correcto, lo esperado, o quizás no me hiciera ni falta, pero había algo dentro de mí que me lo pedía. Como si hubiese dejado una respiración ahí dentro aún que me faltó por coger antes de irme. Necesitaba volver a aquel pequeño y maloliente apartamento, con sus paredes descoloridas casi mohosas y aquel suelo chirriante como el de un muelle antiguo, que hacía de testigo para el vecino de al lado cada vez que se ponía un pie en aquella casa. No sabía qué hacía allí, pero, era una necesidad, ¿o una tortura? Empecé a caminar por aquel acogedor (¿acogedor?) piso.
Todo estaba tal cual lo dejé. Tal cual lo dejamos los dos. Los dos… ¿Los tres? La cama estaba completamente desnuda, esperando a que alguien la envolviese con aquellas sábanas insípidas que hacían ahora de alfombra por el parqué. Un escritorio deprimido que antes apenas se sostenía en pie, ahora yacía en el suelo, dejando tras de él, además de un portátil con la pantalla rota, un rastro de bolígrafos, folios, y derivados más de papelería sobre los que creía saborear el aroma de las lágrimas saladas que cayeron infinitas veces sobre ellos. Mientras observaba aquella escena muerta en el tiempo, y viva en los recuerdos, me pareció escuchar el glop, glop del agua del grifo roto de la bañera, cayendo cada treinta y dos segundos exactos.
Había un jersey del revés, de color gris, casi a mis pies. Parecía hecho adrede, como si supiese que en algún momento volvería y que dejé aquel jersey para darme la bienvenida a mi vuelta. Pero no era ni consciente de que eso estaba allí cuando salí corriendo, sibilina por la noche, intentando que el tintineo de las llaves no pululase hasta los oídos de los vecinos. Me puse el jersey (Dios, ¡qué bien huele… a él!) y pareció detenerse el tiempo, como si aquello, aquel olor aún siguiese perteneciendo a una voz. El olor a humedad y a lejía que percibí al principio pareció desvanecerse, pero en el momento en el que volví a restarle importancia al olor del jersey, aquel hedor volvió a penetrar en mí con virulencia en todos mis receptores olfativos. Creo que nunca me había dado cuenta de que el piso olía así de mal hasta ahora que volvía a visitarlo (aunque más bien sentía que yo lo habitaba dentro de mí). ¿Siempre olió así?
Al concentrarme en el motivo de haber vuelto al piso, de pronto apareció una sensación serpenteante en mi piel: la tez pálida que la configuraba tan llamativa (y atractiva para él) era aún más delatora de mis actos: el color rojo intenso de la sangre se mezclaba con el blanco crema de mi piel, circulando vivamente sobre mis manos, a punto de casi caer gotas carmesíes sobre el suelo. Glop, glop. Sacudí la cabeza como si aquello fuera a desaparecer con tan sólo aquel movimiento, pero, por suerte, fue así. Sólo duró un instante. Aquella sangre sólo la vi un momento. No obstante, aún tenía una sensación sucia y salada de la sangre en las manos, así que fui al baño para lavármelas con contundencia. Pero mis manos estaban completamente limpias, no había ni un solo rastro de esa sangre (¿ya me las había lavado anteriormente?).
– ¿Qué pasa, ahora vas a ir de buena por la vida?
Estaba ahí. No sé en qué estaba pensando, sabía que en cualquier momento iba a aparecer. Desde que abrí la puerta la notaba cerca, sabía que en algún momento iba a mostrarse. Pero no sabía que estaba ahí ya. No me había preparado para hablar con ella. No aún.
– Te estoy hablando, sorda de mierda. ¿Qué piensas hacer? ¿Pretender que no existo? Yo siempre he estado viva, otra cosa es que quisieras que se notara. Te encanta ser el centro de atención… Tanto que no soportaste que por una sola vez alguien se fijara en mí que no en ti.
Pegué un puñetazo al espejo. Mi rostro se partió en ocho mitades que reflejaban pequeños fragmentos de mi más desgraciada y retorcida mente. Ocho pedazos que conformaban un solo elemento, un solo espejo, pero ahora roto, eran ocho. Igual que yo. Dos mitades que conformaban un todo, cada vez más roto y dividido.
– Ahora vas a fingir que tú no hiciste nada… Es una pena, la verdad. Saber que la persona a la que amabas está muerta, completamente por tu culpa. ¿No te parece irónico?
– La culpa no ha sido mía – respondí firme.
– Ah, ¿no? – de repente me miró con un tono sarcástico, y sabía que se empezaba a avecinar una catástrofe – ¿Hace falta recordarte que eres tú la que siempre aleja a las personas que le rodean de ella? Porque yo no haría nunca semejante cosa.
– Las alejo de mí porque tú les das miedo. Yo podré ser mala persona, pero no soy una asesina. Yo no he causado esto – en verdad estaba intentando parecer más convincente de lo que realmente mi argumento sonaba.
– Entonces, si yo no fui, y tú tampoco, ¿quién le mató? – preguntó arqueando una ceja.
– Yo estaba enamorada, Z. Yo no fui.
– Yo también estaba enamorada. Pero viví a la sombra, como siempre, detrás de ti, como si no existiese, como si mis sentimientos no se tuvieran en cuenta. Pero la que estaba con él eras tú. Es más factible que lo hicieras tú. Técnicamente, la relación no era mía.
– ¡Tú no estabas enamorada! Simplemente tomaste mis sentimientos por tuyos, como si también fueran parte de ti. Tú no puedes tener sentimientos. Sólo eres un “algo” más aquí dentro, no eres más que eso – mi voz se estaba empezando a craquelar – y precisamente, como la relación era mía, yo no lo hice. Me haría la primera sospechosa. Sería muy idiota por mi parte. Fuiste tú. Lo recuerdo perfectamente.
– Que yo sepa, a quien dejó fue a ti. ¿Qué mejor motivo para matarle que el decirte que estaba enamorado de otra persona? Me quitaste mi única oportunidad para estar con él, ¿y ahora tengo que pagar yo las consecuencias?
– ¡YO NO LE MATÉ! – ahogué mi grito estampando mi cabeza contra el espejo, cortando por completo la conversación.
Una cortina de sangre (ahora sí), caía de mi frente, e imitaba al agua de grifo roto del baño, cayendo, cada diez segundos exactos al lavabo. Glop, glop.
– Yo… No… ¿Yo? No… No… Tú… – aquellos monosílabos iban perdiendo cada vez más fuerza al salir de mi boca.
– Querida, creo que por una vez, ya no me puedes culpar a mí. Ahora sólo tienes dos opciones. O convives conmigo o vivimos confrontadas hasta el día en que muramos, si es que eso no lo haces tú antes por las dos, ya que estoy condenada a vivir y morir como tú. Tienes dos opciones, insisto: admite que somos dos y convive conmigo en vez de constantemente luchar por anularme, cuando bien sabes que eso nunca será posible. O bien, ríndete, y deja que ese pedazo de espejo que tienes clavado en la frente a ras de la sien termine por desangrarte y matarte. Por desgracia, no puedo decidir por ti, como tan bien me has dejado saber en otras ocasiones – y con esta última afirmación, dejé de escucharla, y aquellas últimas tres palabras retumbaron como eco sobre el cristal que tenía clavado.
“Estoy enamorado de otra” apenas fueron las últimas palabras de él. Algo dentro de mí deseaba que, aun muerta de dolor por aquella sentencia, esa otra persona fuese Z. Que esa otra persona fuese yo. Deseaba que me explicara que se había enamorado de ella por su fortaleza, por su falta de filtros, por su firmeza y por su seguridad. Deseaba que aquellas dos veces que la había visto, fueran las suficientes para no asustarle, sino enamorarse de ella, porque sabía que en cierto modo seguiría conmigo. Que aquella muchacha que necesitaba y soñaba con el amor, y que sentía que por fin lo había encontrado, no era la persona correcta; que esa, era la yo mezquina y segura de sí misma pero en el fondo, solitaria, a la que amaba ahora. Glop, glop.
Diez segundos más tarde, empecé a notar cómo algo se desprendía de mi cuerpo y lo dejaba inerte en el suelo.
Diez segundos antes de cerrar los ojos, me di cuenta del error que acababa de cometer.
Diez segundos me bastaron para preguntarme tan sólo una cosa: ¿Quién de las dos le mató?
Sabía que no tenía la respuesta. Sabía que podía encontrar la respuesta, pero me daba miedo buscarla. Sabía que para encontrarla, tendría que convivir conmigo. Con ella. Tendría que convivir con las dos. Sabía que me arriesgaba a encontrarme culpable, sabía que podía no haber sido yo, pero en el fondo, yo también sería quien le mató. Pero sabía que no podía morir con la culpa, y mucho menos con el desconocimiento.
– ¡Espera!
Glop, glop.
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