“Muchas veces hemos constatado como nuestra impresión nos dice el camino correcto y sin embargo dudamos de lo sutil, necesitamos un espacio de tiempo que nos permita comprobar esa sensación, luego de ese tiempo y después de haber jugado todas las pruebas, constatamos la veracidad de aquel viento ligero.”
“Veritas filia temporis” (“La verdad es hija del tiempo”).
“Dira necessitas” (“Cruel necesidad”).
Tengo la misteriosa sensación de que hoy es un día de esos en que me he levantado sintiéndome como un habitante más de un mundo incierto, hermano de esos otros días que han pasado, en los que te entregas en sus horas infernales al perverso placer de la filosofía. Noto esta extraña sensación, de pie en la cocina, con la taza de mi primer café en la mano, mirando a través de la ventana el reflejo de mi cuerpo aún algo aletargado, cruzando el oscuro patio de mi edificio, para inapelablemente estamparse contra los cristales de la ventana del lavadero de Teresa, la vecina.
Cierro la puerta del piso y me dirijo al ascensor. Abro la puerta de rejilla de acero pintado en gris y a continuación las dos hojas de madera acristaladas con vidrieras de colores y motivos florales del camarín forrado con tableros de un metro por un metro en raíz de nogal. Es un Cardellach de principios de 1910, que llevaba funcionando desde el mismo día en que se terminó de construir el edificio, allá por el 1913. Entro en el interior de la cabina, cierro las puertas con el funesto sonido de la madera y los rieles, al que estoy acostumbrado desde que era un mozalbete en bombachos, y pulso instintivamente el botón de bajar. En esos momentos el viejo ascensor cobra vida entre los quejosos sonidos metálicos mientras inicia el cachazudo descenso.
Salgo de la finca, cerrando tras de mí el pesado portón de madera de tres metros de altura que da entrada al portal de mi viejo edificio, y me quedo parado en su amplio vano, mientras me voy calando lentamente mi sombrero Indiana sobre mi cabeza. Mi media melena ondulada, aún húmeda por la reciente ducha, hace que la banda suave de la copa del sombrero resbale dócilmente hasta el hélix de mis orejas. Volteo, subiendo sobre mi nuca, el cuello del abrigo, enfundándome con mesura los guantes de cuero negro, mientras contemplo la calle iluminada por la tenue luz de su farola entre la espesa niebla con que ha amanecido este día, lo que es raro para estas fechas, medio ensimismado, algo aturdido por el cansancio. Probablemente, este embobamiento se deba al ligero adormecimiento que vengo sufriendo estos últimos meses de obstinado insomnio. Veo como la blanquecina y algodonada niebla de esta madrugada de finales de primavera, va avanzando con una rapidez precisa por las calles de la ciudad, chocando contra las esquinas de los edificios, como si se tratase de la espuma de las olas del mar al chocar contra la proa de un barco.
Son las seis y media de la mañana cuando entro en mi estudio, me despojo de mi sombrero y abrigo, posándose en el interior del pequeño armario ropero que se encuentra en el vestíbulo de la entrada. Hoy he llegado antes de la hora acostumbrada, me reclino sobre la mesa de Esther, mi secretaria, cojo el taco de pósits que hay sobre la mesa y escribo lo primero que tiene que hacer cuando llegue:
»Concertar la hora de la reunión en el Ayuntamiento.
»Llamar al móvil de Letizia, mi esposa.
»Reunión de trabajo a las diez.
»Llamar al Colegio, preguntar visado.
»Llamar a mi madre para recordarle que comemos juntos.
El recuerdo de la comida con mis padres me trae a la mente lo que ayer acordamos mi esposa y yo en Madrid…, ese recuerdo me lleva…
-Tendré que decirles a mis padres, que sus nietos van a pasar una larga temporada aquí conmigo. Se alegrarán…, ya veo a mi madre organizándonos la vida –murmuro para mí mismo.
Desde mis primeros años en la Universidad y luego, más tarde, como profesional, he adquirido la costumbre de levantarme entre las cinco o las seis de la mañana. Las primeras horas de la mañana siempre han sido las mejores para mí, las he aprovechado para poner en orden mi agenda del día, mis asuntos personales. Desde hace tres años, las he dedicado a poner en orden los apuntes, las conversaciones, mis investigaciones sobre la biografía de mi querido amigo Pafo, algo a lo que me había comprometido a hacer sin estar del todo convencido. Quizás, más picado por la picadura de la abeja de la curiosidad que por otro sentimiento más preciso.
Pero, desde hace un par de meses, he decidido emplear estas primeras horas, hasta las diez de la mañana, en dejar de escribir, de investigar, de indagar sobre la vida, sus pensamientos y sus sentimientos, de mi amigo de la infancia Pafo, diminutivo de Pascual Fonseca. De lo que no me arrepiento. Lo he aparcado definitivamente para siempre, pues esa decisión, en parte, ha sido la culpable del distanciamiento con mi esposa y mis hijos. Por lo que he decidido llenar ese hueco, mientras me desintoxico de los recuerdos del pasado antes de volver con ellos, dedicándolo a escribir mis propias historias, las creadas en mi imaginación, dándoles vida propia a unos personajes ficticios. Pero para conseguirlo tengo que ser capaz de plasmarlas a través de dulces palabras sobre una hoja de papel en blanco, para que algún día alguien, otra persona que lea la historia, se pueda creer que pudo haber una historia real en ellos. Y en eso estoy ahora empeñado.
Me adentro en el rincón del estudio, que es mi espacio reservado, rodeado de algunos de mis recuerdos, sobre mi mesa se hallan ordenadas las fotos de mis cuatro hijos, rodeando a una que siempre me ha acompañado allá donde he ido, en la que estoy yo con mi madre y mi abuelo entre los dos y mi madre colgada de mi brazo, el día de mi graduación en la Facultad de Arquitectura en Nueva York. Qué tiempos, tantos sueños cumplidos, cuántos rotos y olvidados. Sonrío levemente al recordar aquellos años en que pensaba con cumplir con el sueño de mi madre y mi abuelo. Para después vivir como un prófugo, un “okupa avant la lettre”, un indocumentado, y poder viajar sin rumbo fijo, de un sitio a otro, huyendo de todo y de todos, huyendo de nada, incluso de mí mismo. Aunque posiblemente, esto último sí lo he llevado de alguna manera a cabo. Siempre ha sido mi querencia, aunque no lo reconozca públicamente.
Enciendo el ordenador, mientras espero a que el aparato concluya para ser utilizado. Extraigo de mi bolso el blog de notas. Antes de que dé comienzo mi día de trabajo cotidiano, quiero poner en limpio las notas que durante estos últimos días he ido sacando del archivo histórico, sobre la novela ambientada en el reinado de Alfonso X, que había empezado hace unos cuantos años pensando en mi abuelo, y que había abandonado por otros menesteres. Ahora he vuelto a retomarla, hará un par de meses. Es mi secreto. Abro en la pantalla de mi ordenador la carpeta correspondiente, doy una rápida mirada refrescándome la memoria, mientras repaso lo último que he escrito. Comienzo a acariciar las teclas del teclado, apareciendo en la pantalla las letras de mis pensamientos colocadas como las propias palabras de los personajes de mi historia. Las palabras escritas que van surgiendo me transportan en unos minutos a través de su mundo, de su imaginario día a día, en el que estoy tratando de que sea real-ficticio, colocándolo sobre la blanca pantalla para que así esa historia se transforme en una ficticio-realidad.
Cuando recién llegado a esta ciudad, mi ciudad, la retomé con el simple propósito de que me sirviese como una simple terapia de desintoxicación. Al cabo de unas semanas, pensé, que al final había terminando por atraparme en sus entrañas, dejando de ser una válvula de escape y convirtiéndose con ello en casi una necesidad. He conseguido que el simple y mero hecho de escribir haga que me sienta mejor conmigo mismo, distanciandome del desasosiego por estar alejado de la familia.
Borges decía acerca de un escritor: “No sé hasta qué punto un escritor puede ser revolucionario. Por lo pronto, está trabajando con el idioma, que es una tradición”. Qué es lo que intento hacer durante estas primeras horas de la mañana, traicionar un compromiso, antes de lanzarme al océano del mundanal día a día: trabajar con las palabras, con mis propias palabras.
***-***
“Mientras Horacio esperaba, en la biblioteca privada del rectorado, donde lo había trasladado el conserje, a la doctora San Clemente, se acercó a una de las estanterías repletas de libros y extrajo uno que llamó su atención “Recuerdos de Soria”, lo que le llevó al recuerdo de sus abuelos maternos que eran de Soria.
Al ojearlo descubrió un relato que cacto su curiosidad por la coincidencia que tenía con su visita “Hernán Martin de San Clemente”. Se sentó en una de las sillas que había alrededor de la larga mesa de madera con torneadas patas, de reuniones, y se dispuso a leer.”
»Corría el año de 1263. (Castilla, estaba gobernada a la sazón por el rey Alfonso X, que heredó el trono del Reino de Castilla de su padre, el rey Fernando III el Santo, en 1252. Alfonso X, que ha pasado a la historia con el sobrenombre de Sabio). En el año de nuestro Señor de 1263, Castilla entraba en un periodo de la vida social del reino del que sin duda alguna había de nacer la edad moderna…
Aparentando olvidar que su necesidad más apremiante era la expulsión completa de los moriscos, que aún no se habían dejado arrancar todos los reinos del Mediodía, y aplazando la reconquista material, el rey Alfonso trabajaba por organizar y constituir política y civilmente su reino…
Castilla, por lo tanto, se concentraba en sí misma, y su vida era toda interior. La nobleza, llegando a ser poderosa, se había hecho también insolente desde que el rey Alfonso, siguiendo contraria marcha a la que había llevado su padre, el rey Fernando, con los orgullosos magnates, y, creyendo hacer así de los nobles afectos amigos y buenos servidores, dándoles mercedes, los hizo más soberbios y exigentes…
Dueños de vidas y fortalezas los altivos señores, y devorados siempre por ambiciones personales, poco les importaba hacer frente a su señor natural si sus demasías o desafueros con los pueblos no eran del agrado del soberano.
A esta clase de nobles turbulentos pertenecía Juan de Luna, que en aquel año guardaba en nombre del rey el castillo de Oria, a cuyo pie se extendía, como hoy, la ciudad que por esta causa tomó el nombre de Soria.
Cruel por instinto, el altanero Alcalde hacía sufrir toda la tiranía de sus malas inclinaciones a los buenos moradores de Soria, que ya en más de una ocasión habían querido poner coto a sus vejaciones.
Entre los que sostenían sus franquicias se distinguía el noble caballero Hernán Martín de San Clemente, que desempeñaba en la ciudad el cargo de fiel defensor de sus derechos. El orgulloso Luna, malintencionado, como todos los tiranos a quienes hace daño que corazones esforzados se opongan a sus proyectos, odiaba con toda su alma y había jurado, según de público se decía por la ciudad, vengarse del caballero soriano a quien siempre veía oponerse con valentía a los abusos y desafueros, sin los que no sabía sobrellevar su soledad en el castillo el mal avenido gobernador.
Sabiendo, como todos, el esforzado jefe de los San Clementes que su vida peligraba, no se intimidó, sin embargo, por las amenazas de su contrario, tenía que seguir en su puesto inalterable defendiendo siempre a sus deudos y vecinos de las agresiones de aquel…
Así pasó algún tiempo.
Una tarde del mes de diciembre llegó a la morada que habitaba el generoso caballero un mensaje del castillo en que, a pretexto de arreglar diferencias pasadas, invitaba el gobernador a Martín de San Clemente a una entrevista aquella misma noche dentro de la fortaleza.
Vanos fueron los ruegos de su esposa, a quien no pudo ocultar esta noticia, para disuadir al celoso procurador de esta ciudad de asistir a aquella cita, que no miraba más que como torpe pretexto para satisfacer una venganza. El ánimo esforzado de Hernán Martín no podía soñar una perfidia semejante; y, por otro lado, aun caso que lo sospechara, tenía demasiado impresas en su corazón aquellas palabras del poeta Horacio: «Cuán dulce es morir por la patria».
Respondió por tanto confiado y tranquilo al taimado Luna, que así que la ciudad se envolviera en los misterios de la noche, él correspondería cortés a aquella invitación, que no creía un lazo preparado a su hidalguía.
A nadie más confió el valiente caballero la extraña conferencia que se le proponía y la arriesgada resolución que hubo de tomar.
Acompañado de su hijo, a quien consintió tan sólo que le siguiera, por dar éste gusto a su esposa, que presa de fundados temores había pretendido en vano que fuese escoltado por algunos de su servidumbre, Hernán Martín, ceñida la espada y envuelto en su tabardo, salió de su palacio cuando en las oscuras y solitarias calles de la población no se oía más ruido que el de la lluvia que el viento azotaba contra las negras paredes de los edificios.
La lluvia arreciaba y los arroyos corrían por las calles en dirección al Duero, presurosos como un hijo en busca de su padre.
Pegado en los muros del Alcázar, donde el renombrado Alonso, el de las Navas, había visto deslizarse sus primeros años al abrigo de las turbulencias que los nobles de aquel tiempo levantaron alrededor de su cuna, podía haber observado algún vecino trasnochador de la ciudad de Soria un grupo misterioso, resguardado de la lluvia sacudida por el vendaval en dirección contraria…
El rebelde vasallo Juan de Luna cayó atravesado en el muro de un saetazo en el cerco que Sancho el Bravo se vio obligado a poner al castillo; y su cabeza, clavada en una pica por los mismos que con él le defendieron, fue entregada con las llaves de la fortaleza al hijo del Rey que tan pronto acudió a vengar a los sorianos…
A Mala-Testa y cómplices la justicia de Dios les dio, tiempo después, su merecido…»
“El ruido de la puerta al abrirse interrumpe la lectura. Era la doctora San Clemente, que cerrando la puerta dijo:
–Le he hecho esperar, lo siento…
Uno puede vivir con la espada de Damocles sobre su cabeza, solo si no está convencido de poder evitarla. No puedo definir con certeza, en qué consiste mi espada de Damocles. Supuestamente tengo una. Pero incluso, si ciertamente la conociera, ¿Sería posible que ni siquiera la quisiera evadir?”
***-***
Habiendo arribado a este punto en la cordillera de mi pensamiento me detengo un instante, dejó descansar mi mano sobre el teclado, mientras mi vista reposa perdida sobre el bloc de notas. Me sobresalto en mi silla al resonar en el silencio de mi despacho, en el solitario caminar de mi mente… al escuchar el ronroneo incansable del teléfono, por unos segundos, dejo que siga sonando en el silencio irreal de mi conciencia, en el que me encuentro inmerso, instintivamente lo descuelgo a la vez que contestó:
–Aló, buenos días ¿Quién es?
–Buenos días, don Nicolás… Son casi las diez…
Reconozco a la propietaria de la voz que me está hablando, antes de escucharle pronunciar su nombre a través del viejo teléfono; se trata del primer teléfono que tuvo mi abuelo en su casa y que yo he recuperado colocándolo sobre mi mesa que había sido la suya. Es Esther, mi secretaria.
–Gracias Esther…, prepare el café que ahora salgo.
–Estoy con ello
–¿Ya ha llegado Pedro?
–Si, está entrando por la puerta. He llamado a la señora Letizia…
–¿Y cómo no me las has pasado?
–La he llamado, pero no he podido hablar con ella…
–Y eso, ¿por qué?
–Estaba apagado o fuera de cobertura.
–Bien. Inténtalo más tarde.
–De acuerdo. Ah…
- Sí. Dígame.
–La reunión del ayuntamiento, con el concejal, es la una.
–Llama a Presa y dile que lo espero a las doce y media en la puerta del ayuntamiento. Ahora salgo.
Al segundo siguiente el pendenciero silencio de la calle invade mi despacho, entretanto reposo el auricular del teléfono sobre la horquilla de este, mientras una sonrisilla se dibuja en la comisura de mis labios, ya que en mi mente aparece inscrita en este momento la frase de Benn Gottfried: “Inventamos el espacio para matar el tiempo, y el tiempo para motivar el tiempo de nuestra vida”.
Es posible que Benn Gottfried, tuviese o tenga razón. En todo caso, yo siempre he tratado de tratar con el tiempo expirado.
Esta mañana no va a ser diferente, otra vez, alguien ha interferido en el trabajo de los sueños, deteniendo su hora, haciendo que regresara de ese, mi mundo, creado en mi mete, al mundo de mi realidad cotidiana. Como si me transportarse en la máquina del espacio-tiempo. Mi tiempo. Un hombre de cincuenta y cinco años. Se ahoga en el espacio de su tiempo imaginario para volver, al tiempo y al espacio de su realidad diaria, esa que él mismo se ha creado a su imagen y semejanza, en una sociedad ególatra del consumo y de los falseados sentimientos.
Pulso la tecla para salir del Word, archivando lo que he escrito en el interior de su carpeta, lo cual significa que me desconectaré para el resto del día de mi vida de papel, dando comienzo un nuevo día en mi realidad cotidiana, sin ser nada cotidiana, pero, sí rutinaria en cierto sentido. Conversaciones sobre el trabajo, banales cotilleos de una ciudad de provincias y propuestas sobre el trabajo que estamos realizando con el personal de la oficina, reuniones en el ayuntamiento con el concejal de turno, con los promotores, con técnicos, con la editorial, con comerciales, visita al banco, al colegio, los vinos y las charlitas por las callejuelas del Húmedo con algún colega, conocido o compromiso inesperado que está de visita. Sobre las cinco de la tarde, de vuelta en la oficina para continuar con los asuntos relacionados con mi trabajo, así hasta las ocho o las nueve de la noche, normalmente. Al día siguiente vuelta a empezar…
Menos mal que tengo la hora de los búhos sobre las ramas de los cipreses del cementerio, que se la reservo para mi mundo imaginario. Mis escritos, mis pensamientos, mi rocambolesca imaginación.
Es ya casi la una de la madrugada cuando doy por fin término al proyecto después de comprobar y corregir su memoria. Apago el ordenador mientras en un posit dejó escrito que se puede imprimir y encarpetar para entregarlo en el colegio, pegándolo sobre la pantalla del ordenador. Apago las luces del estudio, dirijo mis pasos hacia el armario del vestíbulo de entrada y cojo de su interior el abrigo gris, la bufanda de ligeras líneas negras y blancas y el sombrero. Me los coloco intuitivamente, sin más, o más bien con una cierta desgana sobre mi cuerpo dolorido. Salgo de la oficina y la cierro, mientras espero al ascensor para bajar al parking del edificio donde se encuentra mi coche recuerdo algo que tenía que haber hecho…
»¡Joder! Seré estúpido».
»Me he olvidado de llamar a Letizia para saber cómo le ha ido lo del ministerio».
»Ahora ya es tarde, los niños y ella misma estarán durmiendo, lo haré mañana a primera hora».
Pienso en el imperdonable olvido que he cometido, recriminándomelo en alto:
–Si así pienso que se vayan arreglar las cosas, aviado voy…
»Joder. Nicolás… deberían llenarte la cara de hostias.
»Lo habías prometido. Nicolás…
»Como me he podido olvidar…
Un amargo silencio invade el cubículo del ascensor mientras pienso que Letizia, Ben, y el pequeño Paul se merecen un poco más de atención por mi parte… Ahora cuando estén aquí, en León, pasaremos más tiempo los cuatro juntos, les dedicaré todas las tardes, si no, acabaré por distanciarlos de mí, y terminaré por perderlos del todo. Como he perdido a mis otros hijos, Víctor Hugo y Susan, aunque ahora estemos algo más cercanos, pero distanciados en el lugar y el tiempo… Quizás…
Podría llamarlos, a Víctor Hugo y Susan, para que vengan a pasar una temporada conmigo…, me ayudarían con Ben y Pau. A los pequeños les vendría bien relacionarse con sus hermanos mayores…
Mis padres se volverían locos de alegría…, sobre todo mi madre…, sus adorables nietos… Sería fabuloso tener a los cuatro aquí… Los cuatro hermanos juntos a mi lado, aunque solo sea por unos cuantos días…, los llamaré…
A estas horas están en la universidad, los llamaré en cuanto llegue a casa…, quizás mejor mañana a primera hora de la tarde, antes de que se vayan a la universidad.
Estoy sentado en el interior de mi coche, con la mano sobre el volante, sin saber muy bien lo que quiero hacer o adónde dirigirme. Mi cabeza se encuentra espesa, cargada, con cierta nebulosa, como casi siempre cuando llevo desde las siete de la mañana encerrado en el despacho. La verdad es que hoy no me encuentro con ganas de acercarme al café Quijano a tomar un par de copas y tener una charleta con el viejo Manolo Quijano, dando por descontado que también con alguno de sus variopintos contertulianos, seguramente me liaré y terminaré a las tantas, que es lo acostumbrado…
No puede ser ya que mañana me espera un día complicado. Para variar. Instintivamente me dirijo a casa. Dejaré el coche esta noche en la calle, no tengo ganas de llevarlo al Parking. Mañana tengo que salir temprano para Pucela (Valladolid), me digo mí mismo, aparcando en un hueco libre en la esquina de mi misma calle, en el lateral que linda con el Palacio de la Paridad, edificio del siglo XVI, antiguo ayuntamiento, justamente en la esquina que da entrada a la plaza de San Marcelo. (comúnmente conocida como plaza de las Palomas). Me apeo del coche, le doy un vistazo rápido, comprobando por si acaso no está bien estacionado, y aprieto el botón de cierre centralizado del coche. Me asiento el sombrero, mientras comienzo a caminar despacio, sorteando las sombras que produce la paupérrima luz de los viejos candelabros de hierro forjado, anclados sobre las poligonales piedras, de roca de Boñar, que tantas sombras han cobijado a lo largo de sus casi cinco siglos de historia, que conforman el Palacio de la Paridad.
Siento un cierto aire cansino en mis piernas, noto como si mi sangre fuese de un líquido viscoso, pastoso, circulando lentamente por el canal de mis venas. Procuro no tropezar gobernando mis pies del cuarenta y cinco, camino hacia el portal de mi edificio, a la vez que mi conciencia, a su libre albedrío va reflexionando sobre el trabajo que me espera mañana jueves, sobre cómo ha ido el día que está finalizando. Lo normal, como casi siempre que estoy a punto de entregar un trabajo, la verdad es que había sido un día movidito: las prisas por terminar, las discusiones, los atascos, no digamos el par de funcionarios lerdos con los que me pasé media mañana tratando los temas presupuestarios de nuestro proyecto, el que se tiene que tramitar pasado mañana. Como casi siempre, es un tiempo perdido, entre los entresijos de una administración misógina y engreída, enmohecida por el paso del tiempo, en una rutina perezosa y testaruda.
Mi mente no consigue distenderse caminando esta breve distancia, noto como un cierto desasosiego interior, el cual me hace sentir una intranquilidad que no termino de discernir con claridad. De repente me encuentro ante el edificio que tan bien conozco, donde ha vivido mi abuelo toda su vida, donde vivo actualmente, decido detenerme a este lado de la calle, mientras me distraigo contemplando el escaparate del comercio que tengo a mi izquierda, más por terminar de fumarme mi pipa, que he cargado esta tarde-noche en el despacho, que por la curiosidad que siento por lo que expone el escaparate. El chupar de mi pipa, sentir en mi boca el sabor del tabaco, me ayuda a recobrar la calma necesaria que necesito en estos momentos para conciliar el sueño.
Mientras aspiro la penúltima calada de la pipa, levantó los ojos. Esta noche la luna no asoma en el cielo y las estrellas lucen desperdigadas en él, escamoteándose entre las nubes que surgen acá y allá…
De repente, mis ojos se detienen en la cornisa de mi edificio, instintivamente mi mirada busca el balcón de mi salón, reparó en la señora Teresa, la Espasa. Así la llamamos en el barrio, una adorable cascarrabias y terca anciana de ochenta y dos años solterona, la última descendiente de una antigua familia pudiente de la ciudad, los Pinto. Conocida en el barrio por la Espasa, por todo lo que sabe, o dice saber, de los moradores del barrio, de las antiguas familias de la ciudad, y que está dispuesta contar a contar a quien le quiera escuchar aderezando lo que conocía con largas y extensas parrafadas creadas en la ociosidad de su mente y en el resentimiento de su pasado. La Espasa me está observando disimuladamente tras las cortinas bañadas por la tenue luz de una lámpara de pie que dibuja su esquelética figura, mirándome desde la ventana contigua al salón de su piso, en la tercera planta.
Como no soporto ni tolero los dimes y diretes de las personas ociosas, no quiero darle un motivo para ello, vacío la cacerola de la pipa en el suelo con gesto de enojo, de fastidio. Cruzo la calle en dos zancadas, entró en el portal de nuestro edificio, la casa de mi abuelo, ahora mía, de toda la vida, ocultándome de su mirada, y hago mi habitual excursión como todos los días. Caminar hasta detrás del ascensor, donde se encuentra la entrada a las carboneras, enfrente de la cual están situados los buzones, para ver si hay algo en el interior oscuro de la poliédrica caja metálica.
Este siempre ha sido para mí uno de los momentos mágicos del día, como de costumbre, me resulta imposible al aproximarme no sin sentir un leve cosquilleo en la boca del estómago, sobre todo desde que me he casado con Letizia, lo cual me produce una cierta placidez. Siempre, por alguna desconocida asociación de pensamientos o sentimientos, albergo la esperanza de poder encontrar buenas noticias depositadas en ese pequeño espacio (un cheque inesperado, una oferta de trabajo a modo de conferencia, una carta que de algún modo me cambiaría mi vida…). El hábito de esa expectativa forma parte ya de un ritual, el mío, hasta el punto de que apenas puedo mirar mi buzón sin sentir una cierta oleada de emoción. Sin duda es uno de mis escondites. En cualquiera de los sitios donde haya estado siempre lo primero que hago es averiguar dónde se encuentran. Es mi nicho de los gusanos de seda, el único lugar de la tierra que de alguna manera es exclusivamente mío y de todos a la vez, por extraño que parezca me une con el resto del mundo, en su mágica oscuridad se halla el poder de hacer que en ese preciso instante pueda ocurrir el desencadenamiento de una serie de acontecimientos que hagan cambiar el rumbo de sentido. Esta y el misterio de la carbonera son quizás las únicas manías que me quedan de cuando era un crío y correteaba por este mismo lugar.
Abro sin parsimonia el buzón cogiendo los sobres que en él habitan, los ojeos por encima comprobando que no son más que propaganda de un centro comercial y un par de cartas del banco, seguramente algún cargo de la tarjeta, lo cual hace que mi ilusión salga volando cual mariposa ante las primeras gotas de lluvia.
Comienzo a subir a mi piso por las escaleras. El viejo ascensor el día que lo necesito está averiado. Un incordio. Después de subir cinco plantas, parándome en cada rellano de cada tramo de escalera para darle algo de resuello a mis fatigados pulmones, consigo llegar ante mi puerta de mi vivienda, la abro, dejo mi bolso de mano sobre la silla del vestíbulo, las cartas sin abrir en el interior de la bandeja, donde cohabitan las de días pasados, que se encuentra reposando sobre la piedra de pizarra negra de 2×0,60 que hace de mesa aparador, me desprendo de mi abrigo, bufanda y sombrero colocándolos sobre la percha, me descalzo, y dirijo mis pies libres, al fin de estar encarcelados todo el día, prietos en el interior de mis zapatos-botas, en dirección a la pequeña salita, donde cohabitan la pantalla del televisor, el aparato de música y los periódicos del fin de semana, que comunica con el amplio salón-comedor. En su interior comienzo a realizar mi ritual acostumbrado, sin pensar, que con el tiempo ha llegado a convertirse en un simple y puro acto mecánico, empiezo por despojarme del jersey de lana y de mis calcetines, doy cuatro pasos con mis pies descalzos, dejándome caer en la amplia butaca ante el televisor de veintiún pulgadas, cojo el mando sin pensar en nada determinado. Voy de un canal a otro, sin apenas fijarme en lo que están poniendo sin encontrar nada de interés que merezca la pena de ser visto. Así que después de casi veinte minutos de estar haciendo gimnasia con mi dedo pulgar, la desconecto, me levanto dirijo mi cuerpo a mis reales aposentos, me voy a la cama, aprovecho este ataque repentino de sueño.
En la oscuridad de la habitación se mecen las ondas de los sueños, las pesadillas, invadiendo su espacio, en el que se cuela un persistente ronroneo metálico, que después de una alargada fracción de segundo, mi mente logra reconocer este zumbido como el sonido del timbre de mi puerta. Instintivamente mi mano en la oscuridad busca, encontrándolo, el interruptor que enciende la tenue luz del aplique que hay sobre mi cabeza. Escruto la habitación con los ojos entornados, pues el sueño, mi sueño, sabe que está en su hora por lo que se resiste a abandonarlo…
–¿Quién demonios será?, ¿qué tripa se le habrá roto?…
Con el tedio sobre mi cuerpo, me siento en el borde de mi amplia cama con dosel, herencia de familia, mientras dejo durante un par de minutos que la congoja se desprenda de mi piel, en los que persiste el ronroneo metálico aporreando sobre mi cabeza como si se tratase de un tambor. Compruebo, con la yema de mis dedos, que la neblina de mis ojos ha comenzado a disiparse y cojo el albornoz negro que pende de una de las columnas de la cama. Me levanto eléctrico ante el insistente ronroneo, con la sombra del asombro dibujada en mi rostro, con una cara asustada, aturdido, miró la hora que marca la esfera fluorescente de mi reloj de bolsillo que reposa sobre la mesilla; las cinco de la madrugada. Medio atolondrado, me acerco a la puerta de la entrada sin hacer ruido, no sin antes tomar ciertas precauciones.
Coloco mi rostro frente a la rejilla de la mirilla de mi puerta, mis ojos aprecian en la tenue luz del rellano las líneas dibujadas en 3D, la figura de dos cuerpos desconocidos para mí. Dos hombres no muy corpulentos anclados en el centro del descansillo que miran el pórtico de la puerta. Me quedo inmóvil unos segundos para contemplar aquellas siluetas, el mayor aparenta unos cincuenta años, mientras el otro no parece alcanzar los veintitantos, treinta a lo sumo. El más joven alarga su mano hacia el pulsador del timbre, manteniéndolo presionado durante un largo minuto, con su agudo zumbido, me hallo en ese segundo en que mi conciencia está procesando el momento en que va sonar, cogiéndome descuidado su bramido. Saben, o tal vez intuían que me encuentro en el interior, así que no tiene sentido la espera.
–¿Quién es? –pregunto.
–Policía…
–¡Queee…! ¡Cómo…! ¿Qué ocurre?
–Abra, por favor. Soy el inspector Reyes, de la Policía Nacional –dice el mayor esgrimiendo lo que parecía una placa.
Entreabro la puerta sin quitar la cadena de seguridad.
–¿Díganme, qué pasa?
–¿El señor Nicolás Beltrán?
–Sí, yo soy… ¿Qué buscan?
–¿Podemos pasar, señor Beltrán?
–¿Por qué? ¿Qué sucede?
–Tenemos que hablar con usted, señor Beltrán.
–Ustedes dirán.
–Será mejor que nos abra la puerta para que podamos hablar tranquilamente en privado.
–¿A pasado algo? –vuelvo a preguntar.
–Déjenos entrar y…
–¿Mis hijos están bien?
–Déjenos entrar para que se lo aclaremos –insiste el mayor.
Vaciló durante unos breves minutos, antes de convencerme a mí mismo, para decidirme a franquearles la entrada. En mi mente, algo adormecida y confusa por la inesperada presencia de la policía ante mi puerta, me surgen dudas a modo de preguntas. Podría tratarse de un engaño. ¿Quién les habrá abierto el portal? ¿Qué querría la policía a estas horas?… Abro la puerta sin quitar la cadena de seguridad y preguntó:
–¿Me pueden mostrar su identificación?
–Se la acabamos de enseñar –contesta el más joven.
–Aquí tiene –dice el de más edad sacando su cartera del bolsillo y mostrándome su identificación.
–El inspector Reyes, y el subinspector Fernández –dice el que se ha identificado como inspector Reyes.
Cierro levemente la puerta y desplazó la cadena de la cerradura abriendo la puerta, quedándose al lado de esta..
–¿Ahora…, señores, ¿puedo saber a qué se debe la inesperada presencia suya a estas horas? –pregunto de nuevo, con más fuerza, mientras las dos personas que se encuentran en el quicio de mi puerta pasan a mi lado, adentrándose en el vestíbulo de mi casa. Luego sigo diciendo– :Debe de ser grave que dos inspectores de la Policía se presenten a las cinco de la mañana ante mi puerta.
–El inspector Reyes, y el subinspector Fernández. –Aclara el mayor de ellos, dirigiendo sus pasos hacia el salón–cocina.
–Nada notable por lo que deba preocuparse. ¿Hay alguien más con usted?
–No estoy solo. ¿Por qué?
–Vístase, tendrá que acompañarnos a la comisaría para hacerle algunas preguntas. Nuestro jefe, el comisario, quiere hablar con usted –dice el subinspector Fernández.
–Pero… el comisario…
–El Comisario Vega
–¿Que es lo que ha ocurrido que sea tan primordial e importante que no pueda esperar a las nueve de la mañana como para que tenga que acompañarles a comisaría a las cinco de la madrugada? –replico desconcertado, mientras los sigo hasta la cocina.
–Todo el mundo se hace la misma pregunta en cuanto la policía aparece ante su puerta.
Murmura en voz baja el subinspector Fernández mientras traba con su mano una manzana del frutero que hay sobre la mesa de la cocina. Me desconcierta su atrevimiento, lo que provoca que mi aturdimiento desaparezca en un santiamén y que me ponga en alerta.
–Por mí no se corte, puede coger lo que le apetezca…, como si estuviese en su casa. Que aproveche –digo con sorna al subinspector.
El joven subinspector le da un mordisco a la manzana, mirándome con fijeza descarada a los ojos, intentando así demostrarme que su autoridad le permite hacer, incluso en mi casa, lo que le apetezca, mientras mantiene los pómulos inflamados por el bocado de su boca.
–Por lo visto en la academia no le han enseñado modales ni respeto.
–Ese día estaba enfermo…
–Fernández, déjese de estupideces. Disculpe, señor Beltrán. El subinspector tiene un mal día…, lleva cuarenta y ocho horas de servicio.
–El cabreo no está reñido con la forma de comportarse.
–De eso usted debe…
–Cállese, Fernández.
–¿Me pueden decir qué es lo que se les ofrece, aparte de comerse mis manzanas?
–Vístase, por favor, para que nos pueda acompañar ante el comisario –me dice, no exento de cierta displicencia, el inspector Reyes.
–Pero… ¿Puedo saber… ¿Qué es lo que está pasando? Tengo derechos… Estoy perdiendo la calma.
–Serénese, señor Beltrán…, que se lo aclara el comisario, en la comisaría. Ahora, si hace el favor, póngase algo de prisa y síganos. Nos están esperando abajo –dice el inspector Reyes en tono casi amistoso.
–Que me apacigüe, dice…
–Sí, hombre sí. Si a lo mejor solo se trata de un malentendido.
–Pero… ¿De qué se trata?, diganmelo.
–La verdad… No es que no queramos decírselo. Es que no lo sabemos.
–¡Cómo!… ¿Cómo que no lo saben?
–Así es, no lo sabemos. Solo sabemos que nos han ordenado venir a buscarlo para llevarlo ante el comisario.
–Se presentan ustedes en mi casa, así sin más…, al tuntún. Estaban aburridos y sacaron mi nombre apretando la tecla del ordenador…
–Eso no es así, Señor…
–Entonces, ¿cómo es? Explíquemelo…
–A nosotros nos dieron su nombre y nos dijeron que lo llevásemos ante el comisario. No nos dijeron el porqué ni el para qué.
–Así que les dan mi nombre y ustedes no preguntan los motivos. ¿Quién les dio mi nombre?
–Nuestro superior, el comisario, nos dijo que lo llevásemos ante él. No acostumbramos a preguntar el porqué. Si nos lo dice, pues bien, sino también. Solo cumplimos sus órdenes.
–Pues que bien. Ustedes solo son los chicos de los recados…
–Nosotros no somos recaderos de nadie. Somos funcionarios del Cuerpo Nacional de Policía. Le recuerdo que tiene la obligación de hacer lo que le decimos, si no quiere que empleemos otros medios.
–Tenía entendido que el Cuerpo Nacional de Policía funcionaba de otra forma, o por lo menos eso es lo que nos venden. Estamos en un país democrático, donde existen derechos y deberes, no en la dictadura del pequeño cacique llamado Paco.
–Nos estamos pasando, señor Beltrán.
–¿Usted cree…?
–Vístase y vayámonos. Cuanto antes lo hagamos, antes lo aclararemos.
A pesar de mis protestas y reproches, soy consciente de que no me queda otra que hacer lo que me están indicando, aunque no esté por ello para nada de acuerdo ante esta absurda situación a la que me estoy viendo arrollado, sin saber el porqué, lo cual tiene un cierto aire kafkiano. Siguiendo las indicaciones que me dan los agentes, me dirijo nervioso a mi habitación. El más joven me sigue hasta ella quedándose en el quicio de la entrada, cojo el primer vaquero y suéter del armario con que topó, embutiendo en su interior apresuradamente, sin importarme la presencia de aquella persona bajo el marco de la puerta de entrada a mi habitación. Esta repentina intromisión en la intimidad de mi vida me deja algo noqueado.
Actúo como un autómata, sin tener la certeza plena, ni siquiera idea alguna, de lo que ocurre. Pues estoy desconcertado ante lo que está aconteciendo en estos instantes en mi propia casa. Del perchero que está en el vestíbulo tomó mi abrigo introduciendo en su bolsillo interior mi teléfono móvil, a la vez que recojo, al vuelo, el sombrero, mi bolso y las llaves de casa. Salimos al rellano, cerrando la puerta con llave, y comienzo a bajar la escalera. Delante de mí va el policía más joven y, a mi espalda el agente de más edad. Ante la puerta de entrada, un Renault negro nos está esperando con otra persona, uniformada, al volante, al vernos, pone en marcha el motor del vehículo en cuestión. El agente más joven, al llegar a la altura del vehículo, abre la puerta trasera para que pueda introducirme en su interior lo más rápido posible colocando su mano sobre mi cabeza.
Doy una rápida ojeada, instintiva, hacia las ventanas de mi piso mientras me introduzco en el vehículo, me percato de que la señora Espasa, del tercero, todavía sigue apostada en la ventana de su vivienda, como si se tratase de la figura de un maniquí de los que se encuentran en el escaparate de la tienda de modas de enfrente al edificio, presenciando los acontecimientos. »A saber lo que contará en la carnicería de la señora Pepita», pienso mientras me acomodo en el asiento trasero del vehículo, sentándose a mi lado derecho el subinspector Fernández.
El inspector Reyes se sienta al lado del conductor, que pone en marcha el vehículo, dirigiéndonos a toda marcha hacia nuestro destino. Tardamos unos escasos quince minutos en llegar a la entrada de la comisaría. Bajamos del vehículo ante el nuevo edificio de la Policía, que yo conozco bastante bien, ya que soy quien lo diseñe y construido hace unos tres o cuatro años, más o menos. Cuando lo hice no pensé que un día iba a entrar en él de esta manera. Al verme aquí, ante este edificio de hormigón blanco que yo pensé e ideé, y, que más de una noche de insomnio me dio, una extraña sensación recorre mi cuerpo. A la entrada, una joven agente de Policía, me está esperando para acompañarme hasta el interior marcándome el camino, a mi lado, hacia donde se encuentra el despacho del comisario. Yo sé muy bien dónde lo ubiqué, lo cual ella ignora. Tiene gracia, aunque la sonrisa está ausente, que después de cuatro años tenga que volver a entrar en este edificio de esta manera, sacado de mi casa sin un motivo aparente que conozca, a las cinco de la mañana, para presentarme ante el comisario.
La joven agente va perfectamente vestida con un uniforme azul oscuro, de camisa y pantalón, con el escudo de la Policía Nacional en uno de los bolsillos de la ajustada camisa que lleva marcándole sus pronunciados pechos. Sobre el otro bolsillo, luce una plaquita plateada con su nombre impreso en negro, “Bermejo”. Su pelo castaño está recogido en una coleta bajo su gorra-visera de color azul, un cinturón con su arma y su porra reglamentaria, sus botas lustrosas sobresalen por encima de los bajos de sus pantalones ceñidos, marcando las curvas de sus caderas. Nunca antes me había fijado en el uniforme de la Policía como lo estoy haciendo en estos momentos. Puede ser que ello se deba a mis imperceptibles y misteriosos nervios a consecuencia de mi ignorancia de la situación en la que me veo envuelto.
Cada paso que doy, mi desasosiego, que pasa a ser angustioso va en aumento, antes de que la suela de mi zapato llegue a tocar las plaquetas de granito del pulido suelo, mientras camino lentamente por el amplio pasillo, mi cerebro transita por la senda de mi existente inquietud por lo inexistente. Eso en lo que todo es posible y nada te parece realidad.
»No sé lo que está pasando, ni siquiera qué es lo que ha sucedido».
»Si se tratase de un accidente, ya me lo habrían comunicado».
»Tiene que tratarse de otra cosa diferente, una violación, un otra cosa».
»Le habrá pasado algo a mis hijos o a Letizia».
»Acaso piensan que yo sé algo».
Preguntas y más preguntas se agolpan en mi desconcertada mente, sin respuestas que llenen los desconocidos interrogantes.
Pero la verdad es que mi verdadero “yo” tiene la plena seguridad de mi absoluta ignorancia. Dada la situación de cómo se han presentado ante la puerta de mi casa, en este extraño despertar, me asalta la duda de si sabré defender mi honorabilidad, si es que se me acusa de algo realmente. Llegamos ante la puerta del despacho del comisario, la agente me indica un grupo de sillones diciéndome:
–Siéntese mientras aviso al comisario de qué está usted aquí.
La joven agente da unos leves golpes en la hoja de cristal serigrafiado con el anagrama en gris plata de la Policía Nacional en la parte superior de la puerta, antes de introducir su recortada figura embutida en su traje azul, entra por su cuenta sin esperar a que se lo indiquen desde el interior, dejándome sin custodia. A mis oídos solo llegan los murmullos de lo que está sucediendo en el interior del despacho. Mi mente se distrae analizando el estado de los materiales que conforman aquella estancia, que un tiempo pasado yo mismo tracé. La puerta es de aluminio anodizado con doble cristal 6+6 con cámara de aire, en su interior discurren unas cortinillas de lamas grises que no dejan pasar la luz ni el ruido. Dirijo mi derrotado cuerpo, cabizbajo, hacia donde me ha indica la joven agente y espero durante diez interminables minutos, más o menos, sentado en una de las sillas tapizadas de color azulado, les veo algo descoloridas para el tiempo que llevan aquí colocadas, se encuentran situadas a la derecha de la puerta de entrada al despacho. Estoy distraído calificando lo que mis ojos ven cuando escucho una voz a mi izquierda que me dice, repetitivamente:
–Pase, por favor. Ya puede usted pasar –dice la agente desde el quicio de la puerta acristalada echándose hacia su lado exterior.
Cruzo el umbral con cierta intranquilidad en el rostro, no exento de algo de temor, por las respuestas que pueda obtener ante mi presencia, forzada, en esta sala, en este despacho con las paredes pintadas en un blanco roto. Con una rápida, pero precisa mirada, tengo la impresión de que está olvidado desde hace algunos días por el personal de la limpieza.
A mi derecha se encuentra una mesa de reuniones redonda con seis sillas, a la izquierda un mueble archivador bajo con puertas correderas, la parte superior de este está repleta de objetos personales, me imagino que de la persona que se encuentra sentada en el sillón al otro lado de la mesa, La cual está situada casi en el centro exacto de la habitación, yo nunca la situaría en esa posición. La verdad es que yo no pondría nada de lo que estoy viendo, no encaja nada, es un popurrí de muebles y cosas. La mesa es de líneas modernas de color wengué, que no hace juego con el mueble archivador gris metálico, a un lado de la mesa se encuentran dos sillas negras que no corresponden para nada, con el resto del mobiliario, en frente de la mesa un sillón de respaldo alto de una imitación a cuero, marrón, con una lámpara Ar Deco de los setenta. En él se encuentra sentado un hombre regordete con un largo flequillo que cubre su más que incipiente calvicie; está embutido en ese sillón que sobresale por encima de su coronilla libre de cualquier apéndice capilar, que brilla lustrosa al reflejo de la luz; es de mediana estatura, con bigote, “a lo Aznar”, y una barba de tres o cuatro días, en mangas de camisa; alrededor de su cuello pende una corbata de tonos azulados con rayas rojas, con un alfiler sujeta a su camisa color fucsia con rayas blancas. No se levanta mientras yo me adentro en su mundo iluminado por la ostentosa luz blanca de la horrorosa lámpara de su mesa. Sin dirigirme la vista, extiende su mano izquierda mientras me dice en un tono que me suena a despectivo:
–Siéntese, por favor.
Supongo que será el comisario. Me acomodo en una de las dos sillas disponibles que se encuentran frente a él.
–Buenas noches –digo.
–Buenas noches –contesta sin apartar la vista de los documentos que tiene delante.
–Aunque para ser sinceros, lo de buenas, está por determinar, y lo de noches, más bien, son madrugadas.
–Por lo visto, el señor, viene de buen humor.
–Como unas castañuelas maragatas.
El rostro regordete escondido tras el bigote, que más bien parece el pequeño cepillo del limpiabotas de la Plaza de las Palomas, levanta su vista de los documentos que tenía delante, lanzándome una mirada alechugada, y me dice:
–Escúcheme. No está usted en el escenario del teatro Emperador. Así que sus gracietas déjeselas para cuando esté con sus amiguetes fuera de este edificio. ¿Le queda claro?
–Clarísimo. A mal tiempo, buena cara.
–A caballo que se empaca, dale estaca.
–A quien debas contentar, no procures enfadar.
–Boca cerrada más fuerte que una muralla.
–Cada uno habla como lo que es.
–Sabio es quien poco habla y mucho calla.
–Más vale palabra a tiempo que cien a destiempo.
–Necio que sabe callar, camino de sabio va.
–Si pero…
–Ni peros ni peras. Déjese de refranes y conteste cuando se le pregunte.
–Los refranes son sabias respuestas.
–Y una pérdida de tiempo. Y no estamos aquí para eso.
–Estoy de acuerdo con usted. Pues, señor, yo estoy aquí buscando respuestas…, para mis preguntas.
–Respuestas no creo que las encuentre. Pero preguntas seguro que sí.
–No hace falta que nos pongamos así.
–¿Así como?
–Quiero decir que habrá preguntas y respuestas…, digo yo.
–Llevamos muchas horas en pie, tratando de dar con usted, y es posible que estemos algo susceptibles.
–Pues yo no me he escondido de nadie. Aquí me tiene usted, si hubiese sabido…
–Dejémoslo estar.
–Yo quisiera saber…, me gustaría saber el motivo por el que me encuentro aquí a estas horas.
–¿Usted es Nicolás Beltrán del Toro?
–Sí. Así es. Así me llaman
–Bien, ¿usted tiene algo que contarme para aclarar el asunto que le ha traído hasta aquí? –pregunta el rostro aznariano que tengo frente a mí.
–No le entiendo. No sé qué es lo que tengo que aclarar…
–Usted estuvo recientemente en Madrid, y algo de lo que ha hecho allí tendrá que aclarárnoslo por…
–Es cierto he estado en Madrid el lunes…, no el martes para ser exactos. Pero… ¿Antes tendría que saber por qué me encuentro aquí, ante usted? –interrumpo procurando mantener una calma inexistente–. Yo no sé qué…
–Eso lo sabe de sobra.
Mis oídos escuchan su voz cantarina, exenta de musicalidad. Debe de ser de la zona del Pisuerga, la persona que tengo frente a mí, al otro lado de la mesa, que impide que continúe con mi reflexión, diciendo:
–No puedo darle más explicaciones al respecto de las que le hemos dado. A no ser que usted tenga algo que decir o contarnos.
–Pero…
–Pero…, ¿cuál es el problema?
–Que nadie me ha dado ninguna explicación… Creo que aquí tiene que haber una equivocación.
–No lo creo. ¿Usted no es Nicolás Beltrán del Toro y Castañeda?
–Sí, el mismo, pero…
–Pues, entonces no estamos equivocados.
–Pero… no sé qué es lo que quiere que le aclare o confiese. Le repito que no tengo ni la más remota idea del motivo por el que me encuentro aquí a estas horas. No soy consciente, a estas alturas de que haya cometido acto delictivo alguno. Es más estoy en la certeza de que no he cometido ninguno, ni una multa de tráfico tan siguiera.
–Esta seguro porque tengo en…
Interrumpo, levantando la mano derecha, al personaje que tengo ante mí. Que supongo se trata del comisario Vega, al que aludieron los inspectores en mi casa.
–Señor comisario. ¿Porque es el comisario?
–Así es, lo soy.
–Me estoy planteando si deseo seguir adelante con esta entrevista sin antes saber de qué se trata todo esto –Contesto mostrando mi enojo.
–¿No le han informado de porque esta aquí? –pregunta, mientras por el teléfono pide que el inspector Reyes y el subinspector Fernández se personen en el despacho.
–No señor, es lo que trato de decirle. Solo me han comunicado que usted, el comisario, quería verme, y que usted me explicaría las razones por las que estoy aquí sentado.
–Entonces, comencemos por el principio.
–Pues eso…, empecemos por el principio.
–No le importará completar un simple formulario con sus datos personales, a la vez que contesta a unas preguntas que debo hacerle –dice él permaneciendo sosegado ante mi enfado.
–La verdad es que no entiendo nada de lo que está pasando… Aquí estoy delante de un señor al que no tengo el gusto de conocer y no tengo ni la más remota idea de lo que hago aquí sentado delante de él…
Llaman a la puerta con unos suaves toques sobre el cristal de la misma, interrumpiendo la charla sin sentido que estoy teniendo con este personaje, que parece sacado de una de las películas de Buñuel
–Con permiso Sr. Comisario.
–Adelante, adelante, pasen –mientras mueve su mano derecha reafirmando sus palabras– Tomen asiento.
Entran en el despacho el inspector Reyes y su compañero el subinspector Fernández, que hace unos treinta minutos más o menos, que han estado en mi casa para traerme hasta este edificio. El inspector Reyes, lleva una carpetilla de color azul con folios en su mano derecha.
–¿Ustedes no han informado al señor Beltrán, de los motivos que le han traído hasta aquí?
–No señor, esas eran las ordenes que nos han dado.
–¿Quién se las ha dado?
El inspector y el subinspector se miran un segundo con gesto sorprendido ante la pregunta de su superior. El inspector Reyes se adelanta un par de pasos, entregándole la carpeta azul al comisario, a la vez que se inclina sobre la mesa y susurra algo al oído del comisario.
–Esta bien, entiendo… Que estaba usted diciendo –dice abriendo la carpetilla que le acaban de entregar, leyendo el primer folio.
–Le estaba diciendo que no entiendo él motivo por el estoy aquí.
Durante unos minutos el silencio precede a mis palabras. Miro fijamente a mi interlocutor serio, con una mirada perdida en su rostro de circunspecto en el que se dibuja un gesto de contrariedad, y de soslayo giro la vista para ver los rostros de las otras dos personas que se encuentran en el despacho. El rostro del inspector Reyes está marcado como si se tratase de un campo de maíz invadido por toperas, antes no lo había percibido así, iluminado por unos ojos color azul celeste transparentes, se refleja la desazón. En el joven de rostro barbilampiño, sin señal alguna de haber habitado en él algún apéndice de pelo visible en su vida, una sonrisa semienigmática se dibuja en su mirada de suficiencia. Aspiro pausadamente algo de aire fresco del que se cuela por la pequeña apertura de la ventana. Pienso, con la rapidez de un rayo de luz que será mejor que me serene, que sea frío, que deje el cabreo que está empezando a invadir mi conciencia, y la sinrazón, para más adelante; que mejor me ira si trato de averiguar de qué va todo esto, y el porqué.
–No se inquiete, calma, solo se trata de unas simples preguntas…
–¡Unas preguntas!, dice…, ¿por qué? ¿Acaso…tengo que llamar a mi abogado? –pregunto frenando sus palabras.
–No creo que sea necesario que tengamos que molestar a su abogado a estas horas, por unas simples preguntas que tenemos que hacerle.
–¡¿De que está hablando?!… ¿Qué preguntas?…
–Como iba diciendo, preguntas a las que espero que nos conteste voluntariamente, por supuesto.
–Por supuesto –repito.
–Pero si usted –continua diciendo el comisario, no haciendo caso de mi interrupción– cree que es necesario llamar a su letrado, adelante, llámelo. Está en su derecho.
Guardo silencio mientras, mi conciencia le está enviando órdenes concretas a mi cerebro, de calma, serenidad, seguridad. Tenso mis nervios como si fueran las cuerdas “tripa de oveja” para violín, con firme tranquilidad, para hacerme con el control de la situación. Según por donde vayan las preguntas, tomaré la decisión o no de llamar a Luis, mi abogado. Lo más seguro es que todo esto no es más que un mal entendido…, una equivocación…
–¿Qué decide señor Beltrán? –pregunta frenando de inmediato los pensamientos que acuden a tropel a mi mente desconcertados.
Le miró fijamente a los ojos y estudio su rostro, durante unos segundos, buscando en las líneas que lo conforman una respuesta que pueda satisfacerle. No hallo en la mirada inquisidora que me está lanzando esa respuesta. Noto en el tono de su voz que algo ha cambiado, cómo si estuviese buscando las palabras que justificasen esta inesperada reunión, y de alguna manera su proceder.
–¿Qué ha decidido? –pregunta de nuevo el comisario– ¿Va a contestar a las preguntas voluntariamente? ¿Sí? o No?
–De acuerdo…, contestaré a sus preguntas. Pero antes me gustaría saber el motivo de estas. Y también con quién tengo el gusto de estar hablando, porque no sé quién es usted.
–Bien –dice relajando las facciones de su rostro.
–Esto me parece freudiano –murmuro en voz baja.
–Ah, perdone mi torpeza, por no haberme presentado debidamente. A estas horas uno ya no sabe ni cómo se llama.
No contesto, simplemente hago un gesto con la cabeza, dándole a entender que acepto sus disculpas, aunque para nada estoy convencido de ellas. Simple cortesía.
–Soy el comisario Vega, y estos señores aquí presentes son el inspector Reyes y el sub-inspector Fernández, a los que ya conoce. Discúlpeme, señor…
–Beltrán, Nicolás Beltrán –contesto.
–Señor Beltrán…, eso es Beltrán
–Nicolás Beltrán del Toro y Castañeda –apostillo con cierta sorna, dándole a entender que no estoy muy de acuerdo con lo que está ocurriendo.
El comisario me lanza una mirada de reproche, como queriendo decirme que no me pase de listo, le mantengo la mirada por unos instantes. Coge la carpeta que le ha entregado el inspector Reyes, y que tiene delante de él, la abre sacando los formularios que en hay en ella, coge el primero de ellos y pregunta:
–Dígame señor Beltrán su nombre, sus apellidos, edad, profesión, lugar de nacimiento y domicilio actual.
–Mi nombre, es Nicolás Beltrán del Toro y Castañeda. Tengo cincuenta y cinco años. Soy arquitecto e Ingeniero de Caminos de profesión; profesor de Arquitectura Legal en la Universidad de Alcalá; escritor de tarde en tarde o, más bien de tarde-noche; columnista en una publicación de prensa especializada, una vez al mes; conferenciante ocasional en los días aburridos a falta de una distracción mejor con la que entretenerme; y algún sábado que otro, tertuliano en un programa de televisión.
–No tiene horas el reloj para tanto.
–Las horas no son más que números encerrados en una esfera de cristal.
–¿De dónde es natural?
–Soy natural de León capital. De toda la vida. Actualmente resido temporalmente en la calle San Marcelo, nº7, piso 5ª, de esta ciudad de León.
–O sea, cazurro auténtico, de nacimiento
–Por los cuatro costados. Y a mucha honra.
–Fecha de nacimiento.
–El 1 de enero de 1957, en León capital. Concretamente en la Plaza San Isidoro, esquina con la calle Sacramento –repito con zozobra.
–¿Siempre ha residido aquí, en León?
–No. Desde los dieciocho he residiendo fuera de León, hasta…
–¿Desde cuando lleva en esta ciudad?
–Solo llevo residiendo de una forma… digamos permanente desde hace cinco o seis meses.
–Anteriormente, ¿donde ha residido?
–Aquí y halla…
Una sonrisa de sorna se dibuja en el rostro de los inspectores, mientras la mirada del comisario me indica que no me pase de listo, por lo que antes de que él diga algo,concreto:
–En Madrid y Valencia.
–¿En Valencia del Cid o Valencia de Don Juan?
–Del Cid.
–¿Siempre ha vivido en esas ciudades anteriormente?, ¿cuánto tiempo?
–No, desde hace una década, más o menos. Pues… desde los dieciocho he residido en varias ciudades, por estudios y trabajo: Madrid, Nueva York, Londres, Barcelona, Madrid, Valencia…, en ese orden.
–Por lo visto, se ha movido bastante.
–Sí, donde me llevaba el trabajo.
–¿Por qué dice que es escritor de tarde en tarde y conferenciante ocasional?
–Porque, he escrito algún libro que tiene que ver con mi profesión, la Arquitectura y la ingeniería. Escribo artículos en la revista de arquitectura AV, mas bien colaboro regularmente con ella, y tengo una columna en la que escribo los fines de semana, en el periódico La Voz de Galicia y en la Vanguardia.
–¿De qué trata esa columna?
–De todo y de nada, de lo que sucede en el mundanal ruido del día a día: política, economía, sociedad, cosas normales. ¿Por qué?
El comisario hace un mínimo gesto con la cabeza, restando importancia a la pregunta, con lo que evita contestar. A la vez que comenta:
–Al verlo entrar, me ha parecido reconocerlo de haberlo visto en la televisión. En alguno de esos programas, en los que todos hablan, no se escucha a nadie, y se entiende casi todo o casi nada. ¿No es así?
–Si así es, tiene usted razón, ocasionalmente.
–¿Ha estado últimamente fuera de la ciudad de León? Me refiero a estos últimos seis meses, comprende.
–Sí
–¿A dónde se ha desplazado?
–A Valencia, Madrid, Valladolid y a Oviedo.
–¿Cuándo?…, ¿En qué fechas? Aproximadamente si es que se acuerda.
–Pues veamos… En Valencia hace cuatro fines de semana para ver a mis hijos. En Oviedo el sábado pasado. En Valladolid y Madrid, el lunes y martes. ¿Por qué?
–Ya… muy movidos
–Trabajo, familia…
–Esteee…, ¿conoce a la señora Letizia Soto?
–Sí… ¿Le ha pasado algo a Letizia?
–¿De qué la conoce?
–Es la madre de mis hijos –respondo–, mi esposa ¿Qué le ha pasado?
El comisario, desvía sin recato alguno su mirada hacia donde se encuentran sentados el inspector Reyes, su compañero el subinspector Fernández. En su rostro se reflejan las líneas de unos surcos de reproche hacia sus subordinados, ellos ponen cara de sorpresa, encogiéndose de hombros. Inmediatamente se dirige hacia mí:
–Lo siento, señor Beltrán, no tenía conocimiento de ello –dice el comisario bajando levemente su mirada hacia el folio que tiene en su mano, luego continua– Nadie me ha informado de ese dato, que usted fuese el esposo de la señora Soto…
De repente noto como el tono de voz del comisario Vega va menguando hasta convertirse en un bisbiseo. Guarda un silencio sepulcral durante unos minutos, mientras pasa su mano derecha por su amplia y despejada frente. En su rostro se refleja el signo de interrogación, pues no sabe que decirme en aquel instante.
–No sé cómo decirlo… Siento que tenga que ser yo…, en estas circunstancias…
–¿Decirme el qué? ¿Qué es lo tiene que decirme?
–Al parecer, su esposa ha fallecido…
–¡Como dice!
–Siento tener que decírselo de esta manera… Por lo visto, su esposa ha aparecido muerta en la habitación de un hotel en Madrid. Lo siento mucho…
–Quééé…, no puede ser cierto. Dígame que no es… verdad…
–Por desgracia…, así es o al menos es lo que nos han transmitido desde la Dirección General de Madrid…, hace escasamente unos minutos… Lo siento, esta mañana cuando nos pidieron que lo buscásemos no nos lo comunicaron, mas bien…
En los intrincados canales de continuos recovecos de mi aparato auditivo, oigo las palabras que por ellos transitan, pero no escucho, ya que no oigo su voz, pero sí, escucho mis mudas palabras abrumándome en el desconcierto de mis sentimientos.
–A las diez de la noche, nos volvieron a requerir que le buscásemos a usted, señor Beltrán, con urgencia, ya que al parecer estaba relacionado con lo que había sucedido en ese hotel. Nos pidieron que le tomásemos una declaración previa antes de trasladarle a Madrid. Lo habitual en estos casos. Desconocíamos su relación con la muer… fallecida.
El comisario Vega, sigue hablando, pero yo no presto atención a sus palabras. En estos momentos me es completamente desconocido lo que significan.
–¡Cómo es posible…! ¡Dios…!
–¿Dónde ha estado usted, señor Beltrán, en estas las últimas veinticuatro horas?
Mis oídos oyen la pregunta, pero mi mente tarda en asimilarla solo en ella aparece el rostro de mi esposa, Letizia, negándose con ello a aceptar la realidad de lo que me acaban de decir. Farfullando un cúmulo sin sentido de pensamientos entrecortados que me niego a admitir como real.
–Cómo, Letizia está muerta… ¡Muerta dice! ¿Cómo ha sido? ¿Un accidente?… no puede ser… el martes… cuando estuvimos juntos en Madrid estaba bien…
–Ya, pero, ¿Estuvo usted en Madrid el martes con ella? Le había creído entender que estuvo en Oviedo.
–Eso fue la semana pasada.
–¿Seguro que fue el martes pasado y no este?
–La misma noche…del mismo martes, sobre las doce de la madrugada,hablé con ella.
–¿Está seguro de que se trataba de esa hora?
–Si… Creo… Vamos a esa hora estaba entrando el tren de Madrid en la estación.
–¿Qué le dijo?
–La llame para decirle que había llegado bien…
–¿Ella que le respondió?
–Ella me comento que seguramente en la tarde del miércoles se volvería para Valencia. A casa… ¿Y mis hijos?…
–¿Por qué se vio con la señora Leticia?
–Mmmm… ¿cómo dice…?, no comprendo.
Me encuentro aturdido, como si fuese un boxeador subido al ring al que acaban de dar una serie de golpes en la cabeza. Noqueado…
La noticia me tiene grogui, pero lo que encierra la pregunta que acaba de hacer el comisario es un gancho de derecha que hace que abra los ojos, poniéndolos como platillos de café.
–¿No estará insinuando…?
–No, no. No insinúo nada. Solo es la curiosidad de preguntas rutinarias.
–Pues… nos vimos…, asuntos personales…
–Ah, asuntos personales. Si es así…
–Para acordar… pasar una temporada todos aquí, en León, conmigo… ¿A qué viene esa pregunta?
No escucho la respuesta, solo mis mudas palabras llegan hasta el silencio de mi conciencia. No podía ser, Letizia, mi querida Letizia…, ¡muerta!…, ¿qué le había pasado?… Si no estaba enferma… ¿Cómo ha sido?… Los chiquillos Ben y Pau…, con quién estarán… Como es que… nadie me ha comentado nada… Oh, Dios…, no puede ser cierto…
En mi cabeza se apelotonan las imágenes, nuestras imágenes todas ellas arrebujadas en un inmenso ovillo. La voz, su musical voz, el rostro de ella el otro día en Madrid, de los niños, nuestra casa, Rufus con los niños, Letizia y Ben…
Me estoy aturdiendo, mi azaramiento está consiguiendo que mis pensamientos sean inconcretos, que no pueda pensar con la meridiana claridad a la que estoy acostumbrado. Mis ojos son como dos cuencos llenos de lágrimas luchando entre ellas por brotar libremente. Un nerviosismo, que para nada es habitual o natural, contra natura, por momentos se apodera de mí cuerpo…, la mente lucha contra la razón, noqueada tras el impactante golpe recibido, tratando de aferrarse a unos sentimientos que están perdidos en la nebulosa del tiempo.
–Tranquilícese, señor Beltrán –dice el comisario–. Solo estamos tratando de aclarar algo la situación…
–¡Como dice!…
–Díganos, ¿dónde se vio con su esposa en Madrid?, ¿qué es lo que hicieron?, ¿dónde estuvieron?
–Nos vimos en la estación de Chamartín, yo me fui desde aquí y ella desde Valencia. En la última visita que les hice a ella y los niños habíamos acordado en vernos para hablar. Así que hace un par de días ella me llamó y decidimos vernos en Madrid, por lo que acordamos el esperarnos en la estación. Nos tomamos un café en la misma estación, después del cual la acompañé al Ministerio de Educación donde ella tenía que resolver unos asuntos de su profesión, y allí mismo, ante la puerta del Ministerio quedamos para comer sobre las dos de la tarde, en un restaurante-tapearía cerca del Ministerio que se llama, eee…, no recuerdo en este momento su nombre. Comimos y hablamos de los niños, de nosotros, ella tenía que quedarse para el día siguiente, la acompañe al corte ingles tenia que comprar unas cosa. A las ocho de la tarde abandonamos el centro comercial ella cogió un taxi para irse al hotel, y yo me trasladé a la estación de Atocha para coger el tren de regreso. El de las nueve de la tarde. Cuando llegue a León, a las doce de la noche, le envié un mensaje diciéndole que había llegado, y ella me contesto que estaba en la habitación del hotel y que se iba a dormir. Esta mañana la he llamado… Mejor dicho, ayer ya que esta mañana no lo he podido hacer porque todavía no es de mañana…
–¿Para que la llamo?
–Para preguntarle cómo le había ido en el Ministerio. Pero no me contesto… Tenía el teléfono apagado o fuera de cobertura… ¿Cómo ha sido lo de mi mujer?
–La verdad, señor Beltrán, no lo sabemos.
–¿Cómo es, pues?
–Nosotros hemos recibido una comunicación, cómo ya le he comentado, de las altas estancias, de la Dirección General de la Policía, para que le buscásemos…
–No es tan difícil de dar conmigo. Tengo una vida de lo más normal como para aparecer en mi casa a las cinco de la mañana…
–Ya sabe cómo es la administración,lenta…Lo intentamos a primera hora de la tarde…
–Pero para comunicarme la noticia del fallecimiento de mi esposa, no hace falta montar este numerito. ¿No cree?
–Es posible, pero las órdenes vienen de arriba… Y lo que nos dieron a entender… era otra cosa. No nos dijeron la relación que existía entre ustedes.
–Ya, entiendo. Que se piensan que yo he tenido algo que ver con su muerte… Siempre lo mismo, el marido es el culpable, aunque no sepan cómo ha fallecido…
–No siempre. Aunque sea lo que parezca…
–La primera impresión no suele ser la acertada.
–Además, nos han ordenado que le hiciésemos unas preguntas.
–¿Eso es todo?
–No. Es todo lo que sabemos…
–O sea, nada…
–Hay algo más.
–¡Algo más! ¿El qué?
–Nos han comunicado nuestros superiores que debemos trasladarlo en cuanto lo localizásemos a la Dirección General de Madrid.
–O sea, que los listillos de la capital se creen que tengo algo que ver.
–No es eso, señor Beltrán…
–¡Ah, no! Entonces, ¿qué cree usted que es?
–Seguramente, querrán informarle de lo sucedido personalmente. Ellos conocen de primera mano lo sucedido, nosotros…
–Ya, son unos mandaos.
–Más o menos. Así que los inspectores aquí presentes le acompañarán.
–¿Tienen que acompañarme? Puedo ir yo en mi coche.
–No. Le llevarán los inspectores aquí presentes. No se preocupe.
Me sorprende la rotundidad con que el comisario expresa su negación. No alcanzo a entender el motivo.
–Estoy detenido
–No, exactamente
–¿Eso qué, significa?
–Nada determinado. Solo se trata de una medida preventiva. Lo acostumbrado.
–No me lo parece.
–Pues créame…, es lo mejor para usted…, en su estado de nerviosismo, no está para ponerse ante el volante de su automóvil.
–¿Puedo hacer unas llamadas por teléfono? –pregunto, derrotado.
–Sí,sí,por supuesto, señor Beltrán –contesta el comisario Vega ofreciéndome el teléfono.
Rechazo el ofrecimiento que me hace el comisario a la vez que meto la mano en el bolsillo interior de mi abrigo y saco el ipad. Pulso sobre la pantalla táctil para buscar la agenda, la pantalla la veo entre tinieblas, borrosa. Tengo los ojos humedecidos por las rebeldes lágrimas que brotan de ellos, con la mano trato de secarlos; sigo aturdido, noqueado, con la noticia, apenas puedo atinar con el teléfono entre mis manos. En la agenda del teléfono veo el numero privado de mi secretaria, son las siete de la mañana, ya estará levantada, me digo a mí mismo, pulso la tecla de llamada, llevo el teléfono a la oreja, la musiquilla de los tonos de llamada, resuena en mi cabeza como si fuesen los tambores de una procesión de Semana Santa. Mientras mi mente repite una y otra vez: “no puede ser verdad, ¿Letizia muerta?…”
–Si, buenos días, don Nicolás. ¿Ha ocurrido algo?
–Buenos días, Esther, perdón por molestarla a estas horas. La llamo para decirle que tengo que salir urgentemente para Madrid…
–¿Le ha ocurrido un accidente a la señora Letizia? ¡¿A los niños?!
–Ya le contaré…, de momento no puedo.
–¿Es grave?… Lo siento.
–Estaré fuera todo el día al menos. Si hay cambios, ya se lo comunicare.
–De acuerdo. ¿Alguna cosa más?
–Sí. Cuando llegue Gabriel al despacho, que me llame. El proyecto está corregido, he dejado una nota, ya puede prepararlo para entregarlo en el colegio, así como el listado de cosas que había que hacer hoy…
–No se preocupe.
–Cancele mis citas de hoy hasta nuevo aviso, ya le diré cuándo. No se olvide de decirle a Gabriel que me llame. A lo largo del día intentaré llamarla para ver cómo va todo.
–¿Ha pasado algo? Le noto algo rara la voz.
–No, no… Es que no he podido dormir mucho esta noche. Asuntos personales nada más que me obligan a tener que asentarme.
–Pero… ¿son graves?, ¿se trata de sus hijos?, ¿de Letizia, su esposa? ¿Sus padres? –insiste Esther.
–Ya le informaré, ahora no tengo mucho tiempo. Buenos días y perdone que la haya molestado a estas horas.
–No se preocupe don Nicolás, ya me encontraba levantada. Y no se preocupe de la oficina
–Gracias Esther…
Corto la comunicación sin más preguntas, sin más respuestas, al instante, sin esperar confirmación, dejando a Esther con la incertidumbre metida en su cuerpo. Conociéndola como la conozco, se pasará toda la mañana tratando de averiguar lo que ha sucedido.
Busco en la agenda de mi iPad el teléfono de Luis Mato, mi abogado, a la vez que buen amigo, en Madrid. Lo encuentro y apretó, con angustia interior y un tembleque en mi mano, la tecla de llamada.
–Estoy llamando a mi abogado. En Madrid. Espero que no le importe, ¿verdad? –pregunto al comisario.
–Luis, Luis ¿eres tú?… Buenos días. ¿Te he despertado?, soy Nicolás. Perdón por molestarte a estas horas.
–Buenos días, Nicolás, no es molestia, acababa de ducharme y me voy a preparar para salir hacia el despacho.
–Lo siento. Pero es que…
–Pasa algo grave para que llames a estas horas, o te has caído de la cama y te has dado un golpe en la cabeza, porque no acostumbras…
–Luis…, no… tiempo… bromas. Estoy en la comisaria de León.
–¡Quééééé!… ¡¿Qué ha pasado?! ¿Estás bien?… Ahora mismo salgo para ahí.
Por segundos me quedo sin voz, mudo, mis cuerdas vocales se niegan a emitir algún sonido, legible o no. Después de breves minutos-segundos de que la voz de Luis sonase en el interior de mis oídos, con serie interminable de preguntas encadenadas sin respuesta, consigo articular un palabra ilegible que consigue que desatasque las cuerdas vocales volviendo a tomar el control de la voz, aunque atropelladamente.
–Eheheh… Luis tranquilo, tranquilo no es preciso que vengas.
–¡Cómo qué no! ¿Estás seguro?
–Si, seguro. Escúchame, estoy en la comisaria porque… porque Letizia ha sufrido un percance…
–¿Qué es lo que ha pasado con Letizia?…
–Eeeeh… Me acaban de comunicar…, no me lo creo…, no sé cómo decirlo…
–¿El qué…? ¿Qué ha sucedido?
–Que Letizia…, un accidente…, ha muerto… No sé cómo…
Guardo silencio durante unos segundos en los cuales me resisto a pronunciar la fatídica palabra, la pronuncio en voz baja no queriendo creérmela, teniéndola que repetirla para hacerla visible en la mente
–Ha muerto… Ha muerto… Ha muerto… Ha aparecido muerta en la habitación del hotel…, el hotel Miguel Ángel de Madrid…
–¿Qué coño dices, Nicolás?, ¿cómo ha sido?
–Lo desconozco…
–No puede ser verdad…
–Pues parece ser que si…
De nuevo el nudo en mi garganta me impide decir palabra, mientras me llevo mi mano derecha al rostro, con mis dedos me quito las lágrimas que rebeldes están brotando de mis ojos. Y digo
–Luis. ¿Me escuchas?
–Si, dime
–Verás aquí el comisario Vega me acaba de comunicar que tienen orden de trasladarme a Madrid, a la Dirección General de la Policía, que se encuentra…
Separo el teléfono de la oreja y pregunto:
–¿En qué calle está la Dirección General?
–En la calle Miguel Ángel, 5. –contesta el comisario.
–Luis, la Dirección General es la que está en la calle Miguel Ángel, Nº 5, en tres horas estaré allí. ¿Puedes estar a esa hora?
–Sí, por supuesto allí estaré. Termino de prepararme, anularé lo que tengo para hoy y salgo pitando para la Dirección General, para enterarme de lo que ha sucedido, mientras tú llegas. Tranquilo, Nicolás. No hace falta que corras que lo sucedido ya ha sucedido. Da lo mismo que llegues una hora antes o una hora después.
–Gracias, Luis, gracias, pero… no voy en mi coche, me llevan dos inspectores de la comisaría, nos vemos entonces.
–¡Cómo!… Pásame con el comisario
Le paso el teléfono al comisario Vega. La cabeza me da vueltas, siento como si me estuviesen clavando alfileres por ella, que me aturden, no puedo pensar con claridad, solo veo la imagen de mi esposa Letizia. Estoy mirando la estancia donde me encuentro, sin verla, lo veo todo nebuloso, unas rebeldes y libres lágrimas corren por mis mejillas mientras siento como una presión en mi pecho apenas me deja respirar, quiero salir de aquí, me ahogo. El comisario me devuelve mi teléfono mientras pregunto con voz entrecortada:
–¿Podemos…, puedo…?, desearía pasar por mi casa… darme una ducha rápida… cambiarme de ropa antes de salir.
–Sí, no hay problema.
–Gracias.
–Si no le importa, puede esperar un momento en la sala mientras ultimo estos papeles y hablo con los inspectores.
Me levanto y extiendo la mano hacia el comisario, más por un acto de cortesía que de agradecimiento.
–Perdoné mi comportamiento anterior.
–No se preocupe, tampoco el mío ha sido el más adecuado que digamos.
El comisario Vega, tiende su mano hacia mí. Salgo del despacho del comisario cerrando la puerta tras de mí instintivamente. Me quedo de pie ante la puerta, después de unos breves segundos sin saber qué hacer, comienzo a caminar pesadamente, cabizbajo a lo largo del pasillo, sin una dirección concreta hacia donde dirigir mis pasos.
Los inspectores Reyes y Fernández me llevan a casa. Aparcan en doble fila y me bajo del coche, mientras ellos me dicen que esperarán aquí a que termine, asiento con la cabeza mientras saco las llaves del bolsillo del pantalón, abro la puerta del portal y me subo en el viejo ascensor. Ahora funciona. Este dolor de cabeza no me deja pensar con claridad, me está matando.
Como un robot programado, me adentro en mi piso, dirijo mis pasos hacia mi habitación, entro en el baño y unas inesperadas arcadas acuden a mi boca haciendo que vomite, restos de la cena mezclados con una bilis amarillenta en el lavabo, abro el grifo, y cojo agua con el cuenco de mis manos vertiéndomela con rabia sobre la cara. Me quedo mirando el rostro que aparece reflejado ante mis ojos en el espejo, apenas me reconozco, abro el pequeño botiquín, cojo la caja de aspirinas y me coloco un par sobre la lengua tragándomelas. Nervioso, me despojo de mi ropa, con coraje desmesurado, tirándola desordenadamente al suelo, me meto en la ducha dejando que el agua fría que sale del techo se estrelle contra mi nuca y sobre mis hombros para continuar corriendo por mi cuerpo demudado, mientras lloro con una rabia descontrolada, mis llantos y gritos silenciosos se ahogan entre el sonido del agua de la ducha corriendo libremente por mi cuerpo desnudo. Llantos desgarrados por la pérdida de la mujer a la que amé a la que aún sigo amando. Por muchas cosas y momentos pasados.
Engancho nervioso la primera toalla que me encuentro al salir de la ducha y la coloco sobre mi cuerpo húmedo, me situó en dos zancadas ante la puerta del armario, abriéndola con rabia, íntegramente hiperestésico, nervioso y alterado, me visto con lo primero con que se topan mis manos con el cuerpo aún humedecido.
Salgo del portal de mi casa encontrándome apoyado en el quicio de la puerta, al subinspector Fernández, con un pitillo en la comisura de sus labios mientras los pulgares de sus manos se mueven veloces sobre el teclado de su teléfono smartphone, se sobresalta al percatarse de mi presencia tras su espalda, en el umbral de la puerta.
Colocándose a mi lado, nos dirigimos a la acera de enfrente, ahí se encuentra el inspector Reyes en el interior del vehículo. Fernández se adelanta dos pasos y abre la portezuela trasera. Arrojo con cuidada desgana mi bolso, mi abrigo, mi sombrero, mis escasas pertenencias hacia el interior del vehículo y me acomodo en su parte posterior.
Continuará…
@pippo Bunorrotri
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