EL GLOBO by Abanel García

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I.

¿Cuándo un globo se escapa a dónde va?

Ese punto de color alejándose, ese balanceo que parece estar diciendo adiós, esa cuerda escurridiza que se burla y culebrea feliz por su libertad hasta que vuela tanto que desaparece de la vista. Y los globos no son de los que vuelven, si se marchan es para siempre.

De niña, Ale perdería algunos, pero sólo se acuerda de uno en concreto. Y ese se escapó, huyó de ella. Estaba en una feria, montó en tiovivo, en los coches de coche infantiles, le compraron palomitas y probó el algodón de azúcar.  Tan contenta con su globo bien atado a su muñeca porque papá le hizo doble nudo para asegurarse, Pero el roce, el aire, las vueltas, la risa, el globo…Todo junto hizo que el nudo se fuera aflojando. De doble nudo a uno simple, de uno simple el extremo suelto se deslizó hasta que su longitud quedó recta hacia el cielo y el suelo. Recuerda el roce por la piel, o si no se lo ha estado imaginando, porque el globo se marchó de poquito a poquito y ella, a manotazos, trató de agarrarlo. Ale se quedó parada en medio de la gente, llamó a sus padres, pero el globo, en su voluminosa forma, se escurrió hasta ascender lo suficiente para no poder alcanzarlo.

Ale gritó enfadada, su padre saltó un poco y el globo se quedó suspendido sobre ellos, altivo, dudando en su lenguaje de balanceos, hasta que empezó a subir más, más y se perdió en una tarde de fiesta.

«En casa te hincho otro, no pasa nada».

Pero Ale sólo retuvo la imagen del globo escapista. No montó ningún escándalo, estuvo atenta hasta que dejó de verlo y la decepción apagó su ánimo alegre. Aquella noche lloró abrazada a su almohada. El globo no la quería por eso se había marchado de ese modo.

II.

Según Hipócrates, y muchos médicos de siglos posteriores, el temperamento y la salud venían determinados por los juegos que se daban entre los cuatro humores: bilis negra, bilis amarilla, flema y sangre. Sobre el balancín de cada persona se suben y bajan, conformando el cuerpo y espíritu.

Para Ale fue sencillo imaginar que cada uno estaba formado por esos cuatro líquidos, cuatro colores, y que según cuál era el predominante en cada momento, eso explicaba su comportamiento: Hoy mamá estaba melancólica, papá flemático, la abuela sanguínea y ella colérica. Pero al final ella creó su propia versión y añadió dos elementos clave: El aire y la tierra. Si uno estaba relleno exclusivamente de aire, como los globos, estaba en su naturaleza querer huir, marcharse, salir volando sin meditar demasiado. Si estaba, en cambio, lleno de tierra, el efecto era todo lo contrario, caía por tu propio peso y no quería moverse como ancla que era. Al final se movían en paralelo a los cuatro humores, y de entre esos líquidos, los otros dos elementos se escurrían a los dos polos del individuo, luchaban entre una fuerza de huida y otra de retención.

Así Ale observaba a la gente, a los compañeros de prácticas, a los amigos y hacía un cálculo rápido del porcentaje de aire y tierra que había en sus recovecos. Los culos inquietos, los nerviosos tenían una alta proporción de aire, los pachorros y perezosos, una tierra aplastante.

¿Nunca fue una cuestión de amor o desamor? De crueldad, de asfixia, de supervivencia. Estaba en sus naturalezas de aire o de tierra, por eso sus padres se divorciaron. Papá se fue a otra ciudad y mamá se quedó en casa hasta que la misma Ale le dijo que se iba a compartir piso con una amiga a cuatro calles de ella, luego a tres manzanas, después a la otra punta. No había nada de personal en ello, pero, aún así, más de una noche Ale se durmió llorando, imaginando que atrapaba un globo antes de escurrirse en un pozo oscuro.

III.

Los años pasan. La medicina griega ha dejado de interesarle. Lo mismo que las radiografías, y otras pruebas de imagen, que muestran el aspecto fantasmagórico de los pulmones, de las otras vísceras contenidas entre las costillas y las caderas.  Tampoco por ahí se revelan la cantidad de el aire y la tierra que contienen. Tal vez ese peso y ligereza sean cosa del alma, y eso aún no se puede fotografiar ni medir. Por eso la misma Ale ha cambiado su autoanálisis y su lucha entre los elementos: Se hinchó de aire en los tres años que estuvo en Suecia, se llenó de tierra al regresar. Van y vienen, en las ganas que le entran por probar otras cosas, en los días que se esconde bajo la colcha, en el crucero que va a hacer por las islas griegas con su madre, en las llamadas que le hace su padre y la nostalgia que él rezuma.

La proporción de aire y tierra le confunden. No sabe hasta qué punto tomárselo en serio y dejar de lado ese balancín de confianza y desconfianza, ese sube y baja sin obsesionarse.

Mientras preparan la maleta, Ale habla con su madre de ello, de su teoría, del globo que se fue, de lo constante que es ella, como una brújula que siempre señala el norte a pesar de ponerse boca abajo. Su madre se ríe, le abraza y con un beso en la coronilla le dice que no se preocupe. El aire y la tierra están por todas partes y lo más importante: «Tu no eres un globo Ale, siempre acabas volviendo».


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