martes, septiembre 1 2026

ALLÍ by Silvia Fernández Rodriguez

El día había sido un desastre, nada me había salido bien.

Cogí mi bicicleta y me puse rumbo a Villamoros de las Regueras. Gire en el cruce del puente del río de Villaobispo, tras pasar esa rotonda de farola que siempre me ha parecido a partes iguales curiosa y eficaz,   continué hacia la izquierda a la salida del pueblo. Allí tomé mi destino, a la derecha.

Me quedaba una hora para llegar. En la mochila, agua y un tupper con un trozo de tortilla sonaban al chocar con mi ajetreo.

El polvo se levantaba tras de mí al avanzar por el camino que me llevaba al lugar que había elegido para pasar el resto de la tarde.

Ya veía el sendero, marrón y seco, tanto él como su vegetación, por la falta de agua del último mes. Tan solo algún pino desperdigado por la ladera le daba un toque verde a la estampa que había ante mis ojos.

Tras dejar la bici arrimada a la valla del final del camino emprendí la marcha hacia el sendero. Comencé a subir los peldaños no sin cierta dificultad. El corazón estaba acelerado por el esfuerzo y los resbalones están a la orden del día si no prestas cuidado a los escalones que hay frente a ti.

Llegue a la Cueva del Moro y me giré. Aún tenía tiempo de subir algo más pero decidí quedarme allí.

Tras comprobar que me encontraba sola, saque el agua, la tortilla y el chubasquero de la mochila para sentarme, ya que con las prisas olvidé coger una manta. Me senté, cerré los ojos y respiré profundamente.

Poco a poco mi corazón se iba relajando, la sien dejaba de palpitar y la paz volvía a mi conforme la fatiga iba desapareciendo.

Y allí, delante de mí, estaba el todo y el nada.

Una puesta de sol, como cualquier otra, pero especial como todas las que veía.

El sol se ocultaba mientras las luces de los pueblos iban encendiéndose poco a poco.

Desde allí todo parecía diferente, mejor que hace unas horas.

Mi pueblo comenzaba a tener todas sus calles iluminadas. El que se posaba delante de mis ojos hacía lo mismo, a lo lejos Navatejera, Villaquilambre y todos los demás hacían lo propio. Las montañas cada vez se veían menos, o tal vez ya solo eran un recuerdo de hace unos minutos, donde todo y nada no importaba, lo único importante era estar allí, tranquila, feliz.


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