Cuando Atilano abrió los párpados sólo pudo ver cómo el transatlántico en el que trabajaba
como camarero se alejaba más y más mientras él se quedaba a la deriva sin poder evitarlo.
El sol había llegado a su cenit, sus rayos abrasadores incidían sobre su rostro y sus brazos desnudos. Sólo recordaba haber recibido un golpe en la cabeza que aún sentía dolorida, no sabía si había resbalado sobre la cubierta o si alguien lo había tirado por la borda. Intentaba recordar aspectos agradables de su vida para no pensar en su situación actual pero era incapaz, nada le venía a la memoria, ni siquiera su nombre de pila. Cada vez le costaba más mantenerse a flote respirando con dificultad.
Cada vez que lograba salir a la superficie sólo veía mar y más mar a su alrededor, notaba continuos calambres en brazos y piernas. Sentía en su corazón que era su último día de vida. Las cosas no podían ir a peor, o sí.
Allá a lo lejos se estaban formando oscuras nubes de tormenta, en medio de ellas fulgurantes rayos amenazaban complicarle, aún más si cabe, su existencia. Empezaba a llover con fuerza, los rayos caían a su alrededor por docenas. En medio de la tormenta sintió que algo rozaba sus piernas y quizás lo que podría ser su tabla de salvación, no veía nada. Se sujetó a lo que parecía una embarcación con la quilla al aire, sólo que su textura le recordaba más a la de un pez que a la de un tablón y no uno cualquiera, sino un tiburón.
Al poco tiempo notó cómo tres o cuatro de aquellos peces lo rodeaban, ahora sí estaba seguro que
eran tiburones nadando en círculos cada vez más deprisa, para animarse se decía
– seguro que ya comieron su ración diaria y ahora no tienen hambre -, qué otra cosa podía hacer. Ya no podía más, sus fuerzas lo iban abandonando. Su cuerpo inició un descenso vertiginoso al abismo, su corazón estaba dejando de latir mientras los tiburones surcaban la superficie bajo la intensa
tormenta. Una serie de fotogramas pasaron por su mente casi sin vida. Se veía tumbado sobre la
blanca arena de una playa envuelto en algas, mientras la marea le mojaba los pies y a su costado
una mujer muy hermosa de largos cabellos negros intentando reanimarlo practicando la
respiración boca a boca. ¿ Estaría muerto y aquello sería el mismo cielo?. Lo último que sintió
Atilano bajo el mar fue como sus huesos se posaban golpeando el fondo marino mientras los
tiburones se alejaban del lugar.
Atilano abrió los ojos, a su lado dormía plácidamente la mujer de aquel sueño, la que viera como su salvadora mientras se sentía morir por falta de fuerzas. Los rayos del alba que entraban por la ventana de la cabaña de madera y paja lo habían despertado por fin. ¿ Cuánto tiempo he dormido? Preguntó él, al notarse aún somnoliento. El tiempo no importa, le dijo ella con una voz muy dulce.
¿ Eres real? Preguntó de nuevo. Antes de que la mujer le contestara se abrió la puerta de la cabaña, en el quicio apareció un figura majestuosa envuelta en un halo de luz tan brillante como extraño.
Portaba un llavero dorado con un número indeterminado de llaves también doradas. La joven le ofreció la mano a Atilano y lo acompañó hacia la luz, luego los dos se perdieron en ella.
@Carlos Cubeiro relato
@imagen Pinterest
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