El desafortunado accidente de coche la dejó tirada en el suelo. No llevaba puesto el cinturón de seguridad y salió despedida por el cristal delantero cayendo al arcén.
Se quejaba de una pierna, sentía un dolor insoportable. Llegó una ambulancia que había llamado un ciclista que pasaba por allí a diario.
En el hospital, el traumatólogo de urgencias confirmó una fractura de peroné; escayoló la pierna, prescribió calmantes, reposo, y muletas. La dio un sobre con el alta y el informe.
Tenía todo el cuerpo dolorido y, con muletas no sabía caminar…
Ya salía por la puerta cuando tropezó; cayó al suelo y perdió el conocimiento. ¡Pobre cabeza! El médico la ingresó en observación.
—¡Vaya odisea! Dijo ella cuando volvió en sí.
Era inquieta, se le hacía eterna la estancia hospitalaria. El ciclista le había dado su teléfono por si necesitaba algo; le llamó agradeciéndole el auxilio prestado. Tuvieron una conversación muy amena y, él dijo:
—¡Iré a verte!
—¡Vale! Contestó ella.
Los dos se sintieron a gusto; cruzaron tiernas miradas (¡cupido pasó por allí!), había nacido un bonito sentimiento…
Lili, esa noche no pudo dormir. Y, escribió esta breve historia que estás leyendo.
Ángela Rosco López – Septiembre 2024
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