sábado, septiembre 5 2026

Era la palmera por Alberto Morate

Érase una palmera. He ido a visitar una Palmera. Estaba un poco nervioso. Era la primera vez que me acercaba tanto a una tan cerca. Siempre las veía muy exóticas. Un poco engallifonadas.

Con mucha pluma, vamos. Y esos trozos de corteza que se le van cayendo como si fuera madera.

Me había dicho que la palmera crecía en levante. Claro, allí se levantaban antes. Y crecía desmedida. Ya lo dijo Miguel. Miguel Hernández, el poeta cabrero, que las observaba mucho y les dedicó un poema que luego musicó Serrat y que canta cualquiera.

Y es que uno se encariña enseguida con ellas. Las ve ahí, tan ramplantes, que no puede por menos que decir, “¡ay, si fueras una palmera de chocolate”!

Pero, a lo que iba. Me acerqué a la palmera para que cogiera confianza. Que cogiera confianza yo, porque la palmera ni se inmutaba. No me dirigía la palabra. Pensé: “esta palmera es una pelma”. Aún así, mantuve toda mi atención en observarla.

Y, entonces, la comprendí. Supe lo que pensaba. Supe lo que sentía. Supe de qué pie cojeaba. Supe que esa palmera no estaba ahí de casualidad casual.

Estaba ahí porque un palmero había subido a ella y le había dicho a la palmerita que su amor le solicita. Y entonces me puse a contar sus estrías. Y sus hojas que venían sin numerar. Y todas juntas, las palmeras, empezaron a formar una piña. Por eso tienen esa forma.

Y no me dieron sombra porque se había acabado, pero no me quejé. Me mantuve expectante, esperando una señal. Y, de pronto, me di cuenta, que justo detrás de la palmera había una señal de prohibido pararse. Me tuve que marchar.

La dejé ahí, sola. Cada vez más distante. Palmo a palmo me fui alejando. Me encontré con Alejandro y también se vino conmigo. Pero la palmera se quedó. Y ahí sigue. Era testaruda la palmera, dura de mollera, era la palmera de mi vida, hasta que ya no lo era. Entonces, se lo confesé todo al sauce. Y lloró.

@Alberto Morate

@Imagen Pinterest


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