Te imaginamos fumando, cómo no, Clarice, pegada a las cortinas, quizá una de esas cortinas que ardieron en 1966 y te amputaron con sus quemaduras una mano (¿cuál, la de fumar o la de escribir?). Estás ahí, prolongada en la noche y en la lluvia, envuelta en la contemplación del agua agitándose de un lado a otro de la ventana. Desplazas el cristal mojado y te envuelve un brochazo frío de aire que trae el rumor de las favelas de Río de Janeiro, el olor a metano y a petróleo, el timbre de las membranas de un tambor de batucada que se apaga, cantando o llorando, ya nadie sabe.

Qué te hace confundir tu respiración con la de una figura que viene del cabo de la calle, de un fondo rubricado por el asfalto. Su latido es el de tus sienes, pegadas al vidrio húmedo. Otro cigarrillo. O es el mismo, el de siempre. No es ella, esa muchacha fea que arrastra los pies por tu barrio no es Macabéa, la dactilógrafa de La hora de la estrella, eso que ahora escribes y no escribes en un rincón de tu corazón o tu cabeza. ¿O sí? En esa incertidumbre te siembras, como si fuera un tallo creciendo sobre un abono lánguido, al ritmo de la bossa que apenas suena a tus espaldas, tras el vaso manchado de carmín.
¿Y si es ella? ¿Y si quiere pedirte tu barra de labios para arreglarse –en lo posible– antes de quedar con Olímpico de Jesús? ¿Y si quiere compartir con tu ginebra una cocacola porque ya no la quieren?
Te pones como puedes los tacones, una bata, y bajas. Tienes que abrirle el portal. Tiene que pasar y secarse, es urgente. Es ella. ¡Cuídala del Mercedes amarillo que ha de atropellarla!
Pero no. Es solo un caballo, un caballo más de los tuyos, recortado contra la lluvia verdinegra.
Clarice Lispector (1920-1977), ucraniana que escribía en portugués de Brasil, es la hipnótica autora cuya obra está hecha de la misma materia que los cuadros de Remedios Varo (a ella la asemeja Gloria Gervitz en una introducción). Una densa masa de sueño mezclada con ese no estilo, esa abdicación de la metáfora, según su traductora, la genial Cristina Peri Rossi. Clarice, por su parte, traduce al Borges de “Historia de los dos que soñaron”.
Publicó también libros infantiles. Eso y lo de fumadora empedernida me la aproximan a la coetánea y querida Gloria Fuertes, de un estilo tan propio y a la vez tan libre de todo. En esa arquitectura frágil navegan sus personajes (o no personajes), haciendo de la gasa sutil que es su literatura el lienzo de obras como la novelita (por extensión) La hora de la estrella o el cuento sin posibilidad de clasificación “Seco estudio de caballos”.
Es cierto el accidente troquelado que la ve envuelta en un incendio doméstico, unos diez años antes de morir, por esa obsesión suya de fumar y de soñar.
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