La mesa grande por Ricardo Mazzoccone

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Faltaban menos de seis horas para que el año viejo fuera una fotografía en blanco y negro. El nuevo año debía llegar con todos los colores del arco iris, mucha alegría, esperanzas renovadas y sueños por cumplir.

Luego de mucho trabajo, la abuela estaba sentada en la mecedora, agotada, con sus ochenta años a cuestas y cientos de ravioles amasados.

La madre, Inés, sentada en una vieja silla de la cocina, miraba el jardín por la ventana, entre melancólica y cansada.

—Encima hay que regarlo. Jorge, ¿Podés darles agua a las plantas?

— Ya va—Fue la escueta respuesta de su hijo que estaba con los videojuegos en su cuarto.

— ¿Adri, podés regar el jardín que tu hermano seguro no lo va a hacer?

— Oblígalo má, yo te ayudé todo el día con la ensalada rusa, los tomates rellenos, la ensalada de frutas, el estofado.

─Cállate nena, ¿Por una vez que ayudas a mamá, tanto lío? Siempre te estás rascando y pintando las uñas. ¡Atorranta!—Gritó Jorge.

— ¿Mamá? Decile algo a tu hijo, me está insultando el vago.

— ¿Pablo? Vení a poner orden con tus hijos.

El marido no escuchó el grito de su esposa pues estaba en el fondo de la casa, encendiendo los leños para el asado mientras escuchaba algo de música de su tiempo, viejos tangos. Rocco, su perro lo acompañaba, con la mirada atenta en la fuente de la carne que estaba sobre la mesada.

Inés, resignada, se levantó de su silla y salió para regar las plantas. Arrastrando los pies, llegó hasta donde estaba la canilla, la abrió y el regador hizo su trabajo. La lluvia también cayó y el jardín revivió.

Se quedó mirando hacia la calle sin darse cuenta que se estaba mojando, pensando en el momento en que se desparramaría en la cama para dormir tres días seguidos. Pero hubo algo que la trajo de vuelta. Dos niños de no más de ocho años, estaban revolviendo su cesto de residuos buscando
desperdicios.

Le dolió el alma verlos. También ver sus zapatos viejos y rotos, sus frágiles y desteñidas remeras y pantalones cortos de alguien más. Fue entonces que se acercó a la reja y los llamó. Al hacerlo vio que tenían los ojos tristes y el alma quebrada. Parecían ángeles resistiendo en un desolado mundo al que solo le conocían la espalda.

—Hola niños, ¿Cómo se llaman?

—Yo soy Hernán y ella es mi hermana Patricia.

—¿Están solos?

—Hace muchos días. A nuestra mama la metieron presa por robar. Nosotros nos escapamos.

—¿Y tu papá?

—No tenemos.

El alma de aquella mujer se encogió de tal forma que cabía en el pico de un ruiseñor.

—¿Qué van a hacer hoy?

—Seguiremos revolviendo basura, hoy va a juntarse mucha.

Después nos divertiremos con los cohetes y las cañitas voladoras que prenden la luz en el cielo. Y después buscaremos algún rincón donde dormir. Los mejores lugares son esas casitas donde la gente saca plata de una máquina. Está limpito y fresco ahí.

Inés comenzó a llorar. Fue entonces que entró y le contó a Pablo.

—Si te parece Inés, invítalos a comer con nosotros. Comida sobra.

Te amo Pablo dijo y corrió hacia la puerta de calle. Los niños seguían allí, revolviendo la basura.

—Niños, vengan por favor.

Ambos le hicieron caso.

—Espero que acepten nuestra invitación a comer. Hasta pueden quedarse a dormir. Mañana festejaremos el primer día del año.

Los niños sonrieron por primera vez.

—Entren.

Lo hicieron con timidez y vergüenza. No recordaban la última vez que estuvieron en una casa.
La abuela y los hijos, al escucharlos se acercaron y los saludaron. Fue Adriana la que dijo:

─Patri, ¿Querés darte un baño y cambiarte de ropa? Tengo varias cosas que podés usar. La niña rio con los dos dientes que le quedaban.

La joven la tomó de la mano y fueron para el baño. Jorge le preguntó a Hernán si quería jugar videojuegos mientras esperaba a que su hermana terminara.

─Pero me tenés que enseñar, no sé jugar.

─Vení.

Al rato, los niños estaban bañados, limpios, peinados y con ropas limpias. Fue entonces que Inés con sus hijos y su madre llevaron a los hermanos hasta el quincho donde estaba Pablo.

—¡Pero que linda sorpresa! Esta noche son nuestros invitados de honor. Si quieren pueden jugar con los chicos o quedarse aquí, jugando con Oso, nuestro perro. Hagan lo que quieran. La niña miró a Adriana y se fueron al cuarto. La joven aún conservaba sus muñecas.

El varón se puso a jugar a la pelota con Jorge mientras Rocco intentaba robárselas. Inés y su madre miraban todo, felices.

—Será un fin de año distinto, nena. Y el año nuevo será inolvidable─ Le dijo a su hija.

Cerca de las diez de la noche llegaron los invitados. El hermano del padre, su esposa y sus tres hijos, el hermano de Inés con su marido y Yolanda, hermana de la abuela, cuyos noventa años se confundían con los quince de su alma.

Algo asustados estaban los niños, pero las muestras de afecto de todos, los tranquilizó.

─A LA MESA TODO EL MUNDO─ Gritó Inés.

De a poco, todos se sentaron, los pequeños al lado de Inés y Pablo.

El clima era de alegría, armonía, risas, algarabía. El humor de todos era magnifico y las
anécdotas graciosas no dejaron de llegar. Los niños reían, comían y bebían con una felicidad que emocionaba a Inés y Pablo. A las doce de la noche, llegó el brindis y los fuegos artificiales, que asustaron a Rocco. Fue la niña la que corrió hasta el rincón donde se escondió el perro, para abrazarlo. Adriana la siguió y notó que Rocco, ante el abrazo de Patricia, había dejado de temblar.

Regresaron a la mesa los tres. La tertulia continuó un rato más hasta que las abuelas, empezaron a dormirse sentadas en sus sillas. A las dos de la mañana del nuevo año, todos se habían retirado.
Inés y Pablo, felices, tenían a los niños durmiendo en sus regazos.

—Vos Adriana, llévate el colchón y dormí con tu abuela que los pequeños dormirán en tu habitación.
La joven hizo lo que le pidió su madre. Los padres, llevaron a Hernán y Patricia a la cama. Los arroparon y les dejaron una tenue luz encendida por si se despertaban y se asustaban.

Arrastrando ambos los pies, se acostaron, extenuados pero felices por la noche tan especial.

—¿Qué vamos a hacer con los niños? preguntó Inés.

—No lo sé amor. Por lo pronto vamos a dormir y festejar en unas horas, el primero de año. Después veremos. Tenemos que asesorarnos─ Eso fue lo último que dijo pues un furioso ronquido estalló en el aire. Cerca del mediodía, Pablo se despertó y no halló en la cama a Inés.

Fue hasta la cocina y la encontró llorando, mirando por la ventana.

—¿Qué te pasa por Dios? ¿Qué ocurrió?

La mujer se dio vuelta y abrazó a su marido.

—Los niños no están—Dijo entre sollozos.

—Y tampoco eran niños mi amor, ¿Te das cuenta de eso?

─De qué hablas por favor, decime que pasa.

─Eran ángeles, mi amor. Tuvimos en nuestra mesa a dos ángeles.

─ ¿Cómo lo sabés? ¿Quién te lo dijo?

─Ellos, mirá el jardín.

Fue entonces que Pablo miró y se encontró con dos pequeñas estatuas de mármol blanco puro. Se acercó y pudo ver que al pie había algo escrito. “Earum curabimus. Es laetus”

─ Es latín papá. Dice “nosotros los cuidaremos y no olviden ser felices”—Dijo Adriana…

@Richard/24


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