jueves, septiembre 3 2026

NO ES JUSTO by Esther Bajo

Unos investigadores suecos reunieron a treinta y cinco personas y las confrontaron en parejas mientras medían su actividad cerebral. Cada pareja disponía de cien coronas suecas y uno de ellos debía repartirlas entre los dos. El otro podía aceptar el reparto o rechazarlo, pero en este caso los dos se quedaban sin nada. Cuando la propuesta era repartirse el dinero a la mitad, todos aceptaban, pero cuando “el que parte y reparte se lleva la mejor parte” y ofrecía al otro menos de cincuenta coronas, el otro lo rechazaba aunque eso supusiera no llevarse nada. Sin embargo, las mujeres eran más proclives a aceptar el dinero, aunque el reparto no fuese justo y los hombres también lo hicieron después de que se les administrara un tranquilizante para combatir la ansiedad. El estudio, publicado en la revista PLoS Biology, concluye que el sentido de la justicia reside en la amígdala, la región del cerebro que también controla los sentimientos de ira y miedo. Y yo concluyo que no merece la pena tomar tranquilizantes porque, si bien aplacan el miedo, también nos hacen más dóciles ante las injusticias.

En serio, me interesó el origen de los sentimientos respecto a la justicia y rebuscando otros estudios encontré uno aún más interesante, pues va al origen. Está publicado en la revista Nature y es una investigación en la que participaron varias universidades de Estados Unidos, Canadá y Senegal, que estudió a 1.732 niños de entre 4 y 15 años en siete países distintos de América, Asia y África. Concluye que la aversión a la injusticia cuando se es la víctima es universal y se manifiesta desde edades muy tempranas, pero a partir de los cuatro años tienden a aceptar la injusticia si es otro el perjudicado. La aversión a la injusticia cuando es ventajosa para uno mismo sólo empieza a rechazarse a medida que se van haciendo mayores, sobre todo a partir de los ocho años, y más por parte de los niños de países occidentales, donde la sociedad da más importancia a las normas de igualdad. Así pues, rechazar la injusticia cuando se es víctima es una actitud natural, pero rechazar la injusticia cuando ésta te beneficia es algo que se aprende y yo añadiría, debe aprenderse.

Lo digo porque la justicia es lo que define las relaciones sociales. A diferencia del bien y el mal, la justicia y la injusticia no valoran simplemente un hecho sino la distribución del bien y del mal, la correlación de la situación en la que se encuentran las personas dentro de una misma sociedad, o entre el trabajo y su recompensa, o entre el crimen y el castigo, entre el mérito y el reconocimiento, entre los derechos y los deberes… En suma, define el lugar que se nos otorga en el mundo y la sensación de injusticia nos impele a definir nuestro propio lugar y el de los otros.

A partir de ahí, la justicia social no es sino una prolongación de ese sentido de la justicia que reside en nuestra amígdala, no un invento de rojos como algunos políticos han dicho. Aspira a un reparto justo de la riqueza y no lo es, a ciencia cierta, el sistema que permite que cada vez más, la riqueza se concentre en menos manos y el número de excluidos sea mayor. Al igual que sus compañeras la ira –que nos puede ayudar a protegernos- y el miedo –que puede ayudarnos a evitar el peligro-, el sentimiento de injusticia puede ayudarnos a trabajar por un mundo mejor. Y no lo será, desde luego, si nos desentendemos y dejamos la toma de decisiones en manos de la Inteligencia Artificial.

El profesor de Filosofía de la Ciencia David Casacuberta, lo explica muy bien. Cuando un algoritmo nos indica qué nueva serie de televisión nos va a gustar, se basa en las series que ya hemos visto y que nos han gustado; cuando un algoritmo decide si el banco nos concede o no un crédito, se basa en el porcentaje de personas de nuestra edad, nuestro estado civil, sueldo y barrio en el que vivimos que acabaron no devolviendo un crédito. Cuando un algoritmo decide si encarcelar preventivamente a un acusado hasta el día del juicio no indica razones, simplemente se basa en los porcentajes de culpables en función de la edad, raza, nivel económico… del acusado. En definitiva, asume una situación injusta y la convierte en ley. “Si utilizamos un sistema sesgado para hacer un cálculo de probabilidades, la decisión final que se tome estará también sesgada. Esa decisión sesgada se aplicará al mundo real y creará nuevas desigualdades; las regularidades estadísticas de ese mundo un poco más desigual las utilizará el algoritmo para aplicarlas en el mundo real, que será un poco más desigual que antes. Crearemos así un problemático bucle de retroalimentación en el que el sistema, poco a poco, se irá haciendo cada vez más injusto, como esa guitarra eléctrica que dejamos al lado del amplificador y va generando cada vez más ruido hasta que acaba reventándonos los tímpanos”.

Imagen aportada por la autora

Aferrémonos a una creación humana, la Filosofía -a Sócrates, que nos advirtió que “es peor cometer una injusticia que padecerla, porque quien la comete se convierte en injusto y quien la padece, no”; a Montesquieu, que dijo que “cualquier injusticia contra una sola persona representa una amenaza hacia todas las demás”- porque a la máquina todo eso le da igual.

Esther Bajo


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo