Cuando el recuerdo me despertó, fue tan violento y sorpresiva la manera en que lo hizo, que solo pude retener en mí mente escasos atisbos de aquel sueño mal dormido. Aun en la oscuridad magenta de la penumbra, sentía una voz imperante que me ordenaba levantarme y que encienda la luz. Era una voz imposible de ignorar. Hacia frío, mucho frío, el frío que suele dar el temor.
– ! Vamos ! ! Levántate y escribe ! ! Pronto todo lo olvidarás !
Me incorpore a tientas en la mitad de la noche, eras las tres de la madrugada y los relojes no me habían dicho nada, me lo habían ocultado durante el sueño. Era una voz que no podía precisar ni recordar en el pasado, pero que me traía noticias de esa otra vida que tuve durante unos segundos en un falso sueño.
Mí abuela solía narrarme esa historia, mí madrina y mí mamá también siempre que me pedían que me cuidara, solían repetirme la consabida frase que sonaba como una muletilla piadosa.
– Cuídate hijo, no te vaya a pasar como aquella vez que te moriste…-
Los años fueron pasando y a medida que el tiempo volaba, ya en la adolescencia les pedí más precisiones a las tres, cansado de escuchar siempre lo mismo. Fue una tarde de Domingo, después de comer. Cuando estábamos por empezar a jugar a los naipes las sorprendí con mí pedido.
– Ahora que estamos solos los cuatro, cuéntenme cómo fue, quiero saber todos los detalles, quiero saberlo, estoy cansado del rezongo añejo, díganme como morí…
Las tres se miraron impávidas al mismo tiempo y ninguna se animaba a empezar. La abuela mezclaba las barajas nerviosa, mama miraba la ventana y mí Madrina fumaba sin parar.
– Empezá vos Mamá, siempre me dijiste que esa madrugada estabas vos…
– En esa época, había cosas de las que no se hablaban, la muerte y el sexo eran temas tabúes que la tradición y el tiempo nos obligaban a ignorar, preferían que el azar de la vida los explicará con sus crudas consecuencias. Ellas hablaban con Dioses y Santos, del amor a los muertos. Cuando tenías 3 años tuviste una infección muy grave en el hígado y estabas a punto de morir, la ciencia ya no nos daba esperanzas, era todo cuestión de horas. Yo estaba destrozada, casi muerta…-
A medida que Mamá narraba, yo iba recordando los rostros de ese momento, los tubos de oxígeno, el dolor. Pero había un rostro que me llamaba mucho la atención, era el de una mujer de piel cobriza como la de una india que estaba vestida de blanco sentada en un rincón. Mama continuaba hablando mientras la abuela y mí madrina escuchaban con la cabeza baja.
– Una enfermera se me acercó en mí desesperación y me pidió hablar afuera en privado. Me dijo que ella conocía a una curandera de Helvecia, un pueblito cerca de la costa, que vivía cerca del río y hacia magia con la piel de las serpientes. Que de todas maneras yo moriría al otro día cuando salga el sol, que teníamos que intentarlo, ya los médicos se habían rendido. Pero que no debían enterarse porque perdería su trabajo. Entonces acepte, no tenía opción…-
Recuerdo que mientras escuchábamos la abuela y mí madrina comenzaron a llorar.
– Cuando la curandera entro disfrazada de enfermera, traía una canasta con algo adentro que se movía. Yo quise acompañarla, pero ella no me lo permitió, me dijo que el conjuro y el hechizo necesitaban la soledad. Llorando resignada me abrazé a la enfermera y obedecí temblando.
Estuvo pocos minutos y cuando salió me dijo que vos tenías un ángel, que te iba a salvar antes que salga el sol, que no podías morir ahora, ese no era tu destino y agrego que vivirás casi un siglo. Vi que la canasta se sacudía sola, ella la levanto y se fue en silencio…-
Al otro día yo comencé a vomitar un líquido espeso de color negro y mis signos vitales mejoraron. Los médicos no podían creerlo, mí mamá tampoco. La abuela volvió a tomar las barajas con maestría y comenzó a repartir con distinta suerte para los cuatro.
Ahora recuerdo ver a esa mujer india en distintas etapas de mí vida, siempre observándome en silencio, la he visto cruzando la calle, otra vez la vi al costado del camino, la he visto niño, joven y viejo, siempre sonriéndome, la he visto enamorado hablándole a la luna, la he visto de noche en el espejo, cerca del río.
Ahora está aquí conmigo, leyendo lo que escribo.
@Jesús María Cello.
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