La Merced, supo ser un soberbio palacete en la inmensidad del campo, rodeado de jardines
y más allá, de sembradíos hasta donde la vista se perdía. Sus dueños, una familia aristocrática que formaba parte de la burguesía terrateniente vivió allí por casi un siglo.
Pero con el paso del tiempo, la vieja casona colonial, conoció la vejez. En parte por el implacable deterioro que le dejaban los inviernos, las lluvias y otro tanto por el escaso mantenimiento que le brindaban los nietos de los dueños originales. Malos negocios y vida disipada hicieron que las deudas contraídas fueran insalvables.
Fue entonces que La Merced se la quedó el Estado para luego dejarla en manos de la Iglesia
para crear un Orfanato, hacia comienzos del siglo veinte. Y fue hasta allí que un día llegaron Milagros y Roque. Habían escuchado del lugar y fueron con la esperanza de adoptar un niño o niña.
Al llegar, traspasaron la reja que rodeaba la propiedad y avanzaron por un camino de ripio, prolijamente cuidado. El jardín era un estallido de perfumes y color. Estacionaron a un costado del antiguo casco de estancia, cerca de la entrada. Al bajar del auto se quedaron anonadados por la majestuosidad del lugar. Su belleza y su paz eran indescriptibles. Se respiraba un poco de historia.
Se dirigieron hacia la puerta de dos hojas de madera maciza y utilizaron el antiguo llamador
de bronce para avisar que estaban.
Pasaron algunos minutos más nadie salió a atenderlos. Milagros observó que una de las puertas estaba levemente entreabierta por lo que la empujó apenas y esta cedió lo suficiente como para pasar hacia el interior del edificio.
Entraron tomados de la mano y los sorprendió el silencio que reinaba allí como así también la construcción en exceso monárquica; escaleras y pisos de mármol, muebles de estilo y de época y las paredes decoradas con magníficos cuadros, antiquísimos. Se acercaron a lo que parecía ser un mostrador y pulsaron la vieja campanilla de recepción que sonó estridente ante tanta quietud.
Inmediatamente escucharon los pasos de alguien que se acercaba corriendo. Cuando llegó se detuvo frente a ellos, les ofreció su mejor sonrisa, les tendió la mano y dijo:
-Muy buen día y perdón por no atenderlos más rápido, pero estaba muy concentrada lavando ropa. Me presento: soy la hermana Inés, ¿díganme por favor en que puedo ayudarlos? -, dijo un tanto agitada y sin dejar de sonreír.
-Hola hermana, buen día, mi nombre es Roque y ella es mi esposa Milagros. Estamos aquí pues queremos adoptar. Leímos sobre este orfanato y nos gustó mucho, más que otros, nos pareció distinto, no sé cómo explicarlo -.
-No hace falta Roque, entiendo. Díganme…, ¿por qué quieren adoptar un niño? -.
Fue Milagros la que habló.
-Hace dos años perdí un embarazo de seis meses. Quedamos devastados. Teníamos muchas
ilusiones con la niña. Y para colmo de males, mi médico me comunicó que no podría tener
más hijos en esta vida.
Estuve en tratamiento psiquiátrico por una depresión severa. Con la ayuda de Roque y
nuestras familias salimos adelante, él también. Me dieron el alta y hace unos meses que surgió esta posibilidad y aquí estamos Hermana. –
-Lamento mucho lo ocurrido Milagros y debes saber…- dijo, pero fue interrumpida.
-Muchas gracias, pero no hace falta, de veras estoy bien.
Una pregunta por favor, ¿por qué hay tanto silencio? Nos imaginamos el edificio con niños y niñas corriendo, jugando, saltando -. Preguntó la mujer.
-Ahh, eso, pues lo que ocurre es que hoy es día de campo y las hermanas llevaron a los niños a un bosque que está cerca de aquí, casi escondido. Ellos deben conocer a la naturaleza en todas sus expresiones.
Solo una de nosotras debe quedarse aquí y esta vez me tocó a mí. Pero no se preocupen que el viaje no habrá sido en vano, si me acompañan, quiero que conozcan a una de las niñas más bellas y dulces del Orfanato; María Paz, que no salió pues está algo resfriada -.
Comenzaron a recorrer un largo pasillo con innumerables puertas hasta que se detuvieron.
Inés golpeó y entró. Milagros y Roque se quedaron expectantes en la entrada. Fue entonces que la niña se acercó a ellos, los tomó de la mano y los hizo entrar. Sus bellos rizos rojos, su piel de porcelana con un pequeño lunar debajo del ojo izquierdo y sus modales tan tiernos y dulces enamoraron inmediatamente a la pareja. Su sonrisa era hipnótica y miraba a ambos directamente a los ojos. Luego sonrió, tironeó la sotana de la hermana quién se agachó para escuchar lo que quería decirle al oído.
-Son ellos -.
Inés comenzó a sonreír mientras le acariciaba el cabello y le acomodaba el lazo.
-Hola, mi nombre es María Paz, tengo ocho años, y hace poco tiempo que estoy aquí; un accidente automovilístico me dejó sin papás -, dijo la pequeña con suma dulzura.
-Hola, mi nombre es Milagros y él es Roque, hace unos años perdimos a nuestra hija, no puedo tener más bebés y queremos adoptar-, dijo ella sonriendo embelesada con la niña.
– ¿Qué lees María Paz? -, le preguntó al ver un libro abierto sobre la cama.
-El principito-, dijo y fue a buscarlo para enseñárselo. Tomaron asiento y se quedaron un buen rato conversando.
Roque contemplaba emocionado el momento junto a la hermana Inés.
-Son tal para cual, ¿no lo crees? -, dijo. El hombre asintió con la cabeza.
-Hagamos algo, ustedes son buena gente y la niña es un ángel, sin temor a equivocarme creo que son los padres ideales. Y deben saber que ella ya los eligió, me lo dijo al oído. Déjenme todos sus datos y llévenla a su casa hasta el domingo por la noche para conocerse y acomodarse a su nueva vida. El lunes a las diez la traen nuevamente y finiquitamos todos los trámites de adopción. ¿Qué le parece? -.
– Si se puede hacer me parece increíble. Y maravilloso. – dijo Roque.
¡Eres la monja más buena del mundo!,- gritó Milagros al escuchar la propuesta.
– ¿Estás de acuerdo María Paz? -.
Bastó con verle la cara de felicidad que tenía.
-Pues no se hable más, venga conmigo Roque así firmamos los papeles de la salida temporaria, mientras su esposa ayuda a empacar la ropa de la pequeña. –
Fueron hasta la planta baja donde estaba el mostrador que habían visto al llegar. Inés le dio a Roque la hoja de autorización, la cual leyó y firmó. Al terminar levantó la vista y vio como la niña y Milagros bajaban por la escalera, radiantes y felices.
-Entonces el lunes a las diez de la mañana estaremos aquí Inés, no te preocupes por nada y cualquier cosa nos llamas por teléfono-, dijo y le dio el papel con el número.
La monja los acompañó hasta el auto, le dio un enorme beso a cada uno y los despidió.
-Que Dios los bendiga-.
El vehículo lentamente comenzó a alejarse de la parroquia. En un momento Milagros vio a la niña que seguía agitando su mano para saludar a la monja, pero al darse vuelta para hacer lo mismo no vio a nadie, la monja no estaba. Le llamó la atención, pero un abrazo de Paz la distrajo y ese momento ciertamente extraño, desapareció.
Llegaron a la casa; era una bella construcción de maderas y tejas, enclavada cerca de un lago. Bajaron del auto mientras un enorme boyero de Berna se abalanzaba sobre ellos. La niña aguardó dentro del vehículo hasta que Tomás se calmara.
Cuando se calmó, ella bajó, se acercó a él y comenzó a acariciar su enorme cabeza con suma ternura, él devolvió ese amor con un lengüetazo que le mojó toda la cara. Milagros la ayudó a secarse entre risas para luego entrar en la cabaña.
Una vez adentro, Milagros le pidió a la niña que la acompañara. Subieron casi corriendo la escalera, caminaron por el corredor hasta que llegaron a una puerta y que al abrirla dejó ver un cuarto de ensueño.
Parecía la ilustración de un libro de cuentos.
Corrió María Paz hasta la cama y se tiró sobre ella con enorme felicidad.
– ¿Dormiré aquí? ¿Y aquel moisés era para tu hija no? -, preguntó.
-Si mi amor, hasta que ella creciera, luego esta cama hubiera sido suya -.
Contra una de las paredes había una enorme biblioteca repleta de libros de cuentos y contra la otra, juguetes y muñecas de todo tipo.
-Es hermoso, tu hija hubiera sido muy feliz con ustedes -, dijo inocentemente.
La mujer comenzó a llorar.
-No, por favor, no, perdóname, no debí decir eso -, le rogó la niña al mismo tiempo que le
rodeaba el cuello con sus pequeños brazos.
-Está bien, ya pasó. Ahora te pido te quedes en este cuarto, es tuyo y puedes hacer lo que quieras, acomoda tu ropa, juega, lee, diviértete mientras yo hago algunos arreglos para tener más tiempo y compartirlo contigo -.
La niña asintió con una enorme sonrisa. Milagros salió del cuarto y se dispuso a llamar a la proveeduría del pueblo y a Amanda para que se encargara por el fin de semana de los quehaceres domésticos. Una vez resueltos esos temas regresó al cuarto donde estaba Paz.
Al entrar no podía creer lo que la niña había hecho: el cuarto estaba prolijamente ordenado, revisó los cajones y encontró su ropa perfectamente doblada, los juguetes por un lado, los libros estaban acomodados por tamaño, no podía creer que alguien tan pequeño fuera tan prolijo. La abrazó y felicitó con efusividad.
– ¿Quieres caminar por el lago? -, le preguntó.
La niña saltó de alegría, tomó su abrigo y salieron de la casa tomadas de la mano y Tomás siguiéndolas. Bordeando el maravilloso espejo de agua transcurrieron horas, charlando y riendo. Al regresar, Amanda ya había preparado un magnífico almuerzo por lo que se lavaron las manos y llamaron a Roque que estaba trabajando en su nueva novela.
Comieron con ganas y el clima generado era fantástico, alegre, divertido y pleno de vida. Al terminar, Paz ayudó a Milagros a levantar la mesa, mientras Amanda lavaba los platos. Se había formado un gran equipo.
Al rato, cuando la mujer vio la cara de sueño de la niña, la llevó a su dormitorio, la acostó, la arropó y la mimó unos minutos hasta que se quedó dormida. Sigilosamente abandonaba el cuarto cuando escuchó la voz de la niña diciendo:
– Por favor, no te vayas, duerme conmigo -.
Emocionada, se acercó y se acostó a su lado.
-Un ratito nada más, que tengo que hacer muchas cosas -, dijo. Y se acurrucaron.
A las seis de la tarde, se escuchó la voz de Roque y el ruido de tazas.
-Buenas tardes dormilonas, hace dos horas que están durmiendo. Vamos, un exquisito chocolate caliente las aguarda -, dijo entusiasta.
-No puedo creerlo, hace años que no duermo una siesta tan larga -, dijo ella.
-Lo sé mi amor, al fin has podido hacerlo, me alegro mucho por ti -.
Mientras tanto María Paz se sentaba en el borde de la cama aguardando su taza. Tomaron el chocolate juntos mientras charlaban alegremente. Todo era perfecto. Finalizada la merienda, fueron a caminar un rato por el pueblo y regresaron unas horas después. Tomaron la cena, miraron una película de Disney de la videoteca de Roque y agotados acostaron a la niña. Cerraron la puerta muy despacio y se dirigieron a su cuarto felices por el momento que estaban viviendo.
-Roque, siento que María Paz es mi hija, la amo. El lunes hacemos los papeles, sin falta -.
-Yo también siento lo mismo Milagros, quédate tranquila que todo se solucionará-.
Se durmieron abrazados casi a las doce de la noche.
De pronto, un agudo grito de su esposa despertó alarmado a Roque.
Inmediatamente encendió la luz, y la encontró de pie, a un costado de la cama y a la niña a
su lado, mirándola.
– ¿Qué haces aquí María Paz, que me estás haciendo? Sentí algo en mi vientre -, preguntó.
-Nada, nada, no quise asustarte, perdóname, solo quería darle un beso a tu panza, pues allí
vivió tu hija, eso es todo -, dijo y comenzó a sollozar.
-Me asustaste niña, debes entender que no puedes hacer eso en medio de la noche -.
-Perdón, perdón, no lo haré más -, dijo compungida.
-Está bien, ya pasó, vamos a tu cama -, dijo Roque alzándola para regresar a su cuarto.
-Ya se durmió y ahora dime que sucedió -. le preguntó cuándo regresó.
-Estaba durmiendo y sentí como alguien levantaba la ropa de cama y me besaba el vientre.
Si duermes, eso asusta. Además, sentí un cosquilleo extraño en todo el cuerpo -.
-Es lógico te asustaras, pero creo que no fue grave, o fue una ocurrencia o lo hizo dormida –
-Sí, lo sé, pero me asustó, lo lamento. ¿Será sonámbula? -.
-Llegado el momento hablaremos con un profesional, no te preocupes y ahora intenta dormir por favor -. le pidió Roque.
Se abrazaron. Él se durmió, al contrario de ella que tardó en conciliar el sueño. El trémulo fulgor de la mañana los despertó. Eran las diez.
-Dormimos demasiado -, dijo ella.
-Es domingo Milagros, ¿qué te preocupa? -, dijo él abriendo los ojos de a uno.
-Pues ahora que lo mencionas, tienes razón, no sé por qué siento culpa de despertarme a esta hora. Iré a ver qué hace Paz pues me la imagino despierta -, dijo.
Encontró a la niña en la cocina, higienizada, cambiada, peinada y leyendo un libro. Otra postal de ternura. Corrió a abrazarla mientras la pequeña extendía los brazos hacia ella y le decía:
– ¡Buen día, mami!,- gritó. La mujer no pudo ocultar su emoción.
Ese fue el primer instante de un domingo maravilloso, pletórico de risas, juegos, paseos, confidencias, comidas ricas y dulces en abundancia.
De la noche a la mañana se habían convertido en una familia, plena de amor y de alegría.
Esa noche se durmieron todos con una sonrisa dibujada en el rostro.
Y fue la niña que antes de dormir les dijo algo:
-Quiero que sepan que son mis padres, los he elegido y los amo con todo mi corazón. Sean
fuertes que estaremos juntos muy pronto, tengan fe -, les dijo emocionada.
Ambos la abrazaron y conmovidos la colmaron de besos. A las siete de la mañana del lunes sonó el despertador. Milagros salió corriendo hacia el cuarto de María Paz para ser la primera en saludarla.
Pero no estaba. El cuarto estaba perfectamente acomodado, con la soledad de siempre.
Fue entonces que se dirigió a la cocina. Tampoco estaba. Recorrió la casa y nada. Llamó a Roque.
-No puede ser, en algún lado tiene que estar, – gritó. La desesperación comenzó a cundir.
En ese instante llegó Amanda con su esposo.
-Ayúdennos a encontrar a la niña -, fue lo primero que gritó Milagros.
– ¿Qué niña? -, preguntó Amanda.
– ¿Cómo que niña, Amanda? Paz, la conociste el sábado, ¿No la recuerdas?, – preguntó.
-Señora, no se enoje, pero el sábado estuve con ustedes dos, no había ninguna niña.
Hice mi trabajo como siempre y me fui, – respondió la mujer algo compungida.
Fue Roque el que interrumpió aquella conversación
-Vamos al lago, busquemos allí, por favor, – les pidió. Salieron prestos hacia el lugar, alarmados y muy confundidos.
Llamaron a la policía. De inmediato iniciaron la búsqueda aun sin datos dada la magnífica
reputación que tenía aquella pareja en la zona.
En poco tiempo eran decenas de efectivos voceando su nombre con sus perros sabuesos.
Recorrieron el pueblo, el bosque, la ruta, el lago.
Milagros lloraba desconsoladamente corriendo de un lado a otro. Al mediodía no habían hallado un solo rastro de ella, una huella, un indicio, nada.
-Tenemos que ir al orfanato Roque, debemos decirles lo ocurrido -.
-Tienes razón, vamos ya -, dijo él.
Subieron al auto y se dirigieron a la parroquia.
-Es una locura pensarlo, pero quizás regresó allí durante la noche -, dijo esperanzada
Milagros.
– ¿Cómo? -. pensó Roque, pero no dijo nada.
Cuando arribaron, entraron al edificio sin llamar y una hermana muy bajita los atendió.
-Buenas tardes, díganme en que los puedo ayudar, mi nombre es Sara -, dijo sonriente.
-Buenas tardes me llamo Roque y ella es mi esposa Milagros, tenemos que comunicarle algo muy importante a la hermana Inés.
-Perdón, ¿a quién? -.
-A la hermana Inés -, repitió la esposa.
-Es que aquí no hay nadie con ese nombre -, respondió muy segura.
Ambos se miraron.
-Hermana Sara, Inés nos atendió el sábado, cuando todos ustedes estaban de picnic con los
niños, fue la que nos presentó a una de las niñas, María Paz -.
La hermana se persignó y dijo:
-No tenemos ninguna niña con ese nombre. ¿Están seguros que estuvieron aquí? –
El frío corrió por la espalda de ambos y se quedaron mudos, no sabían que decir.
– ¿Está segura? -, le preguntó Milagros.
-Si hija, hace treinta años que estoy aquí, soy la asistente de la Madre Superiora y si digo que no existe ninguna monja llamada Inés, ni huérfana llamada María Paz, no lo dude-.
-Un momento -, dijo Roque. ¿Puede revisar ese canasto ya que allí dejó la hermana que me atendió la autorización para la salida temporaria de la niña? -.
– ¿Salida qué? Eso no existe señor, no es legal -, dijo Sara.
– ¿Puede buscarla por favor? -, le reiteró Roque.
La hermana de mala gana lo hizo, pero no encontró nada.
– ¿Conforme? -.
-Sí, muchas gracias, es evidente que estamos confundidos -, dijo ella mientras se iban. Subieron al auto y se fueron a paso veloz, desconcertados, aturdidos, desorientados.
No entendían que era lo que estaba ocurriendo. En un momento Roque debió detener la marcha de su auto pues la crisis en la que entró Milagros era muy fuerte, lloraba y gritaba sin entender, solo quería encontrar a María Paz.
Cuando llegaron a la casa estaba Amanda aguardándolos, sola.
– ¿Y toda la gente? -, preguntó Roque.
-Se fueron señor, no encontraron a la niña ni tampoco indicios de que hubiera estado aquí -.
-Pe…pero tú la viste el sábado Amanda, estuviste con ella, conmigo, almorzamos-.
-Señora, otra vez no por favor, usted está confundida, yo no vi a nadie ese día, tal vez lo soñó. ¿Puedo retirarme? -, dijo nerviosa por demás.
Roque la acompañó hasta la puerta y la despidió entre disculpas. Una vez solos ella se abalanzó en los brazos de su esposo y comenzó a llorar. El lloró también de impotencia por no entender.
Estuvieron toda la tarde recordando el fin de semana y llegaban siempre a la misma conclusión; había sido real para ellos, pero no para el resto del mundo.
Se juramentaron no hablar más del tema ya que temían por su salud mental y emocional.
Pasaron dos meses sin mayores sobresaltos excepto por las descomposturas de Milagros
que eran cada vez más frecuentes.
Un día decidió visitar a su médico de cabecera. Ya en el consultorio el facultativo comenzó con los exámenes de rigor; no encontró nada preocupante, pero quiso estar seguro y la pidió se practicara una batería completa de estudios clínicos.
A la semana ella regresó con todo y se los entregó.
-Bien Milagros, ¿aún persisten los vómitos? -, le preguntó mientras leía los resultados.
-Si doctor -, respondió.
Quedaron en silencio unos minutos mientras el facultativo leía los informes.
De pronto su cara se transformó. Parecía no creer lo que estaba leyendo.
– ¡Esto es un milagro! No puede ser, pero es así, yo mismo te dije que nunca más podrías
quedar embarazada…y… ¡ESTAS EMBARAZADA!, – gritó emocionado.
La mujer comenzó a llorar de alegría al mismo tiempo que se abrazaba con el médico. Más tranquilos, Carlos analizó los estudios y nada hacía prever alguna complicación. Salió corriendo de aquel lugar pues no veía el momento de llegar a casa para darle a Roque la maravillosa noticia.
Saltaron de felicidad al mismo tiempo que el recuerdo de María Paz los invadía.
-Fue ella con su beso en mi vientre aquella noche Roque, estoy segura -.
-Dijo que nos había elegido-, recordó él.
-Nos quiso conocer antes de nacer-, sentenció ella.
Siete meses después llegó al hospital acompañada de su esposo, con la intención de dar a luz ya que unas horas antes había roto fuentes.
Roque la acompañó en el parto. A los pocos minutos el llanto potente de una niña retumbó
en todo el hospital.
Cuando la enfermera dejó a la pequeña en el pecho de su madre, esta dejó de llorar. Era muy bella con su lunar debajo del ojo izquierdo y su piel de porcelana.
-Hola María Paz-, le dijo emocionada a la niña que se quedó mirándola a los ojos. Sus almas sonreían.
@Ricardo Mazzoccone
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