Serie: Cartas desde la otra América
Monterroso se despierta un día y no se encuentra un dinosaurio, sino las paredes de una nuez vacía –vacía de su fruto al menos– donde se descubre vecino de los personajes de sus cuentos mínimos, incluido el fray Bartolomé Arrazola de El eclipse, documentándose por si sufre otra acometida salvaje que empape las piedras de la sangre vehemente de su corazón.
Está rodeado de perritos muy humanos que no dejan de sufrir, de animalillos cuya fábula consiste en vivir y de borrachos sin alma. Pululan dentro de la nuez, junto a su escritorio de madera –de nogal, por supuesto–, ovejas negras que reciben constantemente el homenaje de los hijos de quienes las fusilan y un oyente que escucha, envidioso y violento, la música de su hija.
Enciende la radio y lo que escucha, en lo más recóndito de la nuez donde ha despertado, agazapado sobre una de sus estrías voluminosas (que le sirve de asiento), es esa frecuencia, 1373 kilociclos, banda de 720 metros, donde los desengañados, los abandonados de toda desidia, aquellos a quienes nadie escucha, han dado en lanzar a los vientos de las ondas radiofónicas sus quejas, sus querellas, su desesperanza.
Y por encima de todo sobrevuelan las moscas. Bueno, las moscas, el amor y la muerte, por supuesto.
Augusto Monterroso (1921-2003) es el microcuentista cuyas ficciones de bolsillo todos los amantes de lo mínimo llevamos en la mente y en el corazón. Esta troquelación resume alguno de sus hallazgos, dinosaurio incluido, procedentes de sus Cuentos, fábulas y lo demás es silencio. Son también muy brillantes sus reseñas y apuntes (particularísimas) de Literatura y vida. Respeto una norma de su escritura: si hay alguna troquelación (y su nota acompañante) que tenía que ser breve era precisamente esta.

Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
+ There are no comments
Add yours