Para Marta, las mañanas eran una fiesta privada. Solo ella y la vida frente a frente, mirándose a los ojos, escuchando los latidos de la tierra. Cuando el primer rayo de sol comenzaba a jugar en su rostro se despertaba con una mueca feliz y cuando no, porque el sol se dormía para que un cielo cargado de nubes grises y negras prometiera lluvia, la sonrisa era aún más grande pues sentía que si el día
no tenía color era ella la que debía pintar el nuevo amanecer.
Levantarse de la cama era una ceremonia. Lo hacía lentamente, agradeciendo el nuevo día. No tenía apuro pues tiempo, sueños y fantasías, tenían de sobra en aquel lugar. Según contaba la vieja hechicera del pueblo, fue un dios pagano que se enamoró perdidamente de una mortal. Era en los albores de la humanidad. Decidió quedarse en aquella tierra para vivir con ella por lo que hechizó al tiempo e hizo que cada segundo, minuto, hora, día, mes, año, duraran el doble de lo normal…
Terminado el ritual de inicio, se dirigía al baño para darse una ducha. Al terminar, se vestía y caminaba con dirección a la cocina. Allí saludaba con un sonoro buenos días a quien quisiera escucharla y llenaba la pava con agua para calentarla en la vieja estufa a leña. Luego preparaba el mate y salía de la casa para respirar el aire puro y contemplar obnubilada, el cerro Siete colores. Su vista, su perfume, su energía, despertaba su alma. Siempre decía que quería ser enterrada en la legendaria colina cuando llegara el momento de partir hacia una nueva vida. Seguía con el gallinero pues allí regaba el piso de tierra con granos de maíz para alimentar a las gallinas escandalosas.
Al terminar, iba a la casilla de los perros para darles agua y comida. Ambos saltaban de felicidad a su alrededor, Poncho y Bombacha. Por último, llegaba al establo para saludar a su caballo Cisneros y darle de comer. Al terminar con su periplo, se metía en la cocina, para tomar mate y comer los
bizcochitos dulces que había preparado la tarde anterior, sentada en una vieja mecedora construida por su padre que estaba cerca de un enorme ventanal. Era entonces que contemplaba como los cerros y el cielo se hacían uno. Y pensaba, soñaba, vivía lentamente, disfrutando cada segundo de tiempo.
Vivía sola desde que sus padres murieron, cinco años atrás. A sus veintisiete. Aprendió a convivir con la soledad, aunque le costó. Los demonios que la tuvieron a maltraer al comienzo, con el tiempo se esfumaron. Comenzó a gozar de la paz, del silencio, la quietud, de la naturaleza salvaje, de las noches estrelladas, de la luna enamorada, del sol abrasador, de los vientos áridos, de las lluvias frescas, de la música del universo, de los sonidos de las montañas y cerros.
Pudo hallar compañía masculina en el pueblo, pero prefirió esperar a que el sueño del príncipe azul se hiciera realidad. Igualmente, no eran muchos los hombres por esos lados, treinta, cuarenta, cincuenta como mucho. Mujeres eran un poco más. Un número parecido estaba desparramado en las laderas de los cerros, pero eran más ermitaños que ella, incluso algunos vivían en un total ascetismo.
Perdida en sus cavilaciones se sobresaltó cuando se dio cuenta de la hora. Faltaban minutos para las ocho por lo que entró en la casa con prisa para ponerse un vestido, arreglarse un poco el cabello y pintarse los labios de rojo. Cuando terminó escuchó el ruido de cascos del caballo del lechero. Ese caracoleo hacía vibrar su corazón.
El hombre se llamaba Tomás y toda su vida había repartido leche pues era el negocio familiar. Lo había fundado su abuelo, su padre lo continuó y ahora le correspondía a él. Tenía cuarenta y un años, el trabajo lo mantenía delgado, era alto y sobre su cabeza, algunas hebras de cabello gris danzaban con la música del viento para luego caer sobre sus ojos negros. Vivía solo. Su familia siempre tuvo vacas. Las ordeñaban para llenar decenas de tambores con leche cruda. También envasaban la leche en botellas de vidrio, previamente hervidas.
—Muy buen día mi linda señora—Dijo con voz potente.
—¡Buen día mi guapo! —Fue la respuesta de la mujer.
Mientras se acercaba a ella, no dejaban de mirarse y los nervios los hacían temblar y respirar agitadamente. A pesar de ser tímidos, ambos se soñaban en la cama, juntos.
—¡Cómo ha dormido mi niña? ¡Le traje las dos botellas diarias, con leche elegida solo para usted! —Dijo casi tartamudeando.
—Ay, si, como si eso fuera verdad—Dijo ruborizada Marta y riendo nerviosa.
—Venga, tómese unos mates, preparé unos bizcochitos que le van a encantar.
Entraron a la casa, se sentaron cerca de la vieja cocina y charlaron un buen rato de bueyes perdidos.
Hasta que el hombre le dijo con circunspecta voz.
—Vea Marta, no puedo esperar más. Me retuerzo por las noches pensando en cómo decírselo. No puedo dormir pensando en usted. Hace años que vengo hasta aquí y desde el primer día que la vi, me enamoré de usted…No sé…Se lo digo…Me gustaría saber si desea ser mi novia y más adelante mi esposa, Martha—Dijo de forma apretada y con una sonrisa aterrada.
La mujer se quedó petrificada. Siempre esperó la propuesta, pero no pensó que fuera ese día. Su príncipe se había decidido.
—Ay, Tomás, me halaga su proposición. Usted también me gusta, lo sabe…A ver…Déjemelo pensar hasta la noche. Vengase a las ocho que le preparo una rica comida y charlamos más tranquilos, ¿Le parece? Ahora usted tiene que seguir con el reparto, ¿no es cierto?
—Es verdad mi dulce mujer. A las ocho estaré aquí. Espéreme. Recuerde que mañana es domingo, día de descanso y podemos hablar hasta que las velas dejen de alumbrar. Luego salió de la casa para subirse al carro y azuzar a su caballo. Su próximo cliente estaba a cuatro kilómetros de allí.
Mientras tanto, en la casa, Marta daba vueltas como un trompo de la alegría. Sentía que su vida se completaría, que su sueño se estaba haciendo realidad. Comenzó sin perder tiempo, a ordenar y limpiar el rancho. Mató a una gallina y la puso en la cacerola con papas y verduras. De la despensa sacó un vino patero. Con la leche y huevos preparó un flan casero. Después del medio día tenía todo listo. Decidió tomar una siesta.
A las cinco se levantó, terminó de preparar la cena y se dio un nuevo baño, se peinó, se perfumó y se puso su vestido para fiestas. Un rato antes de las ocho, se sentó en la mecedora para mirar el racimo de estrellas que se hallaba sobre su casa, mientras una brisa cálida envolvía su alma, los perros jugaban a la luz de las luciérnagas y Cisneros caminaba y caminaba. Tranquilo.
A las ocho en punto, el caracoleo de las herraduras apagó el silencio en el campo. Pocos minutos después, Tomás estaba de pie frente a ella, con saco y corbata, boina, pantalón de vestir y alpargatas. Traía un ramo de flores silvestres.
—¡Para usted, mi bella dama!—Le dijo y le dio un beso en la mejilla.
Marta, lejos de ruborizarse, se animó a más y le dio un beso sobre los labios.
—Si Tomás, si—Le dijo con una sonrisa enamorada.
Entraron en la casa y no tuvieron tiempo de comer, solo de amarse lentamente. A la mañana siguiente, los rayos de sol jugaron en la cara de ambos. La sonrisa de ambos hizo temblar al sol. Se saludaron con un sonoro beso y desnudos como estaban, se levantaron para mirar el amanecer y los cerros. Fue entonces que las dos almas volaron hacia ellos para descubrir sus secretos.
Al regresar se miraron, sonrieron y se juraron amor eterno, ese amor que solo la naturaleza permite conocer a los que aman de verdad.
Se casaron en la colina con la pequeña comunidad de testigos. La ceremonia terminó con los novios unidos por una banda en lugar de anillos y con flores. Al poco tiempo ya no era el lechero solitario y su caballo. Ahora era el matrimonio repartidor de leche con su carro tirado por dos.
Cisneros se había integrado a la historia de esos eternos enamorados.
@Richard
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