jueves, septiembre 3 2026

POR EL CAMINO NEGRO by Mará José Neira

Hay veces en que lo normal pasa a extraordinario así por las buenas y lo notamos sin saber cómo.

Aunque de pequeña era muy vaga y no hacía apenas deporte, sí me gustaba coger la bicicleta por las tardes después de terminar los deberes, especialmente cuando la luz de la primavera incipiente presagiaba las interminables tardes de verano, horas llenas de siestas, juegos y helados. No necesitábamos grandes cosas para pasar el rato: el mundo de las nuevas tecnologías, con su exceso de pantallas, mandos y demás, quedaba todavía muy lejos. Nuestras redes sociales estaban al doblar la esquina y nuestras distracciones eran los cuentos de hadas de tapas duras, los comics o los juegos de piezas con los que construir casetas, de la misma forma que desguazábamos los transistores en busca de la persona que ponía los discos dedicados.

Mis padres no me dejaban salir más allá de lo recomendable para mi edad y siempre después de acabar los deberes. “Se llaman deberes por algo, porque son tu obligación. Es lo único que tienes que hacer ahora, ya tendrás tiempo de complicarte la vida”, me argumentaban ellos ante mis protestas. Pero yo seguía sin comprender por qué tenía que quedarme en casa en lugar de salir a jugar, a buscar gatos descarriados por el barrio o simplemente sentarme en la galería a leer las aventuras de los cinco de Enid Blyton.

Cuando iba en bicicleta, solía circular por una zona cercana a la estación de tren, llena de casitas bajas con jardín, rodeadas de zonas verdes y con muy poco tráfico. Alguna vez me alejaba un poco más por un descampado que había detrás de las casas, siempre dentro de los límites impuestos por mis padres y el tiempo disponible.

Durante unas vacaciones de Pascua, mis padres hicieron un viaje al extranjero y me dejaron al cargo de mi abuela. Ella seguía al pie de la letra las instrucciones recibidas y, aunque yo intentaba camelarla, nunca me permitía salirme del guión.

Llovió en abundancia los primeros días, así que me quedé encerrada, leyendo o ayudando a mi abuela, que intentaba sin éxito enseñarme a cocinar. Hasta que una mañana salió por fin el sol; corrí como loca a buscar la bicicleta y me despedí de mi abuela a media tarde. Estuve rodeando las filas de casas en zigzag varias veces; cuando el recorrido empezaba a aburrirme, decidí que no habría mayor problema en alejarse. Tenía tanta necesidad de respirar el aire de primavera que me metí por la parte de atrás de las viviendas y emprendí el camino semiprohibido.

El asfalto pronto dejó paso a una pista de tierra de color negro que discurría paralela a la carretera principal. No había casas y sólo algunos paseantes. Los árboles comenzaban a vestirse de brotes de un verde suave que contrastaba con el polvo de carbón, y olía a mimosas en flor. El aire me daba en la cara con suavidad y me entraba por la nariz, inundándome de frescor. Por un momento me sentí como los protagonistas de mis lecturas, niños sin deberes ni normas, como la niña pelirroja de calzas largas a rayas que vivía con la única compañía de un mono y un caballo, o como uno de los cinco amigos ingleses que corrían mil aventuras acompañados de su perro.

Llevaba un rato pedaleando cuando empezó a lloviznar. Las gotas me caían sobre la cara, pero no me importaba mojarme; al contrario, el agua y la brisa me producían una sensación de bienestar y el olor a tierra mojada me parecía un perfume. Allí estaba, sola y encantada. De vez en cuando inclinaba la cabeza hacia atrás para absorber con avidez esa sensación placentera, desconocida hasta ese momento. Tan absorta iba en mis pensamientos, que tropecé con una piedra y la bicicleta y yo nos fuimos hacia adelante. Sin embargo, dado que no iba muy deprisa, la caída fue leve y sólo me hice unos rasguños en las rodillas y un brazo. Entonces me dio por consultar el reloj. ¡Horror! Se estaba haciendo tarde, demasiado tarde. Si no me daba prisa, iba a llegar de noche y me caería una buena.

Me incorporé, me subí a la bicicleta y emprendí el camino de vuelta. Me costaba un poco andar y los rasguños me escocían, pero la preocupación y el ver que la luz disminuía con rapidez me hicieron pedalear con tal ímpetu que llegué a casa en menos tiempo de lo que había calculado. Aún así, no me libré de la bronca de mi abuela, que estaba desquiciada buscándome y se alarmó al verme llegar en ese estado y a esas horas. Al enterarse de mi aventura, mis padres me castigaron sin paseos en bicicleta durante un mes.

Volví muchas veces por ese mismo camino, antes de que lo cambiaran de color, inundándolo de casas unifamiliares e impersonales. Mis padres y mi abuela ya no están, soy dueña de una vida libre de imposiciones, pero cada vez que he vuelto a ese lugar, he sentido nuevamente la caricia de la primavera en el rostro, aquella antigua y limpia sensación de vivir sin ataduras que descubrí en un paseo de mi infancia.

 


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