jueves, septiembre 17 2026

MANTO BLANCO by Silvia Fernández

Lola abrió los ojos delicada y lentamente. Observó a su alrededor. Todo era blanco, frío y húmedo.

Comenzó a tomar consciencia de su ser. Analizó poco a poco cada centímetro de su esqueleto, de sus músculos, de su piel.

No tenía claro si estaba viva o muerta. No sentía dolor, ¿o sí? Analizó de nuevo su cuerpo de una forma menos exhaustiva y más rápida. No, no sentía dolor, ni molestia ni nada.

Apoyó en el suelo sus manos que se hundieron unos centímetros en el manto nivoso y fue consciente de que, a su lado, alguien estaba hablándole

—¿Estás bien? —escuchó  a un muchacho arrodillado a su lado observándola con mirada de sorpresa.

Lola giró con suavidad su cabeza en busca de la persona que formulaba aquella pregunta. Un casco azul, unas gafas con cristales amarillos y una braga en tonos verdes que le tapaba hasta el mentón impedían que viera su cara con total definición.

—Sí, no me he roto nada —añadió ella con tono aturdido— creo.

—Bueno, es un milagro, viendo lo que ha pasado.

Una tercera persona se colocó frente a ellos.

—¿Qué ha pasado? ¿Os habéis chocado? ¿Estáis bien? —Las preguntas salían de su boca con temor.

—Sí —se adelantó a explicar el joven. —Se la ha soltado una fijación de la tabla de snowboard y ha salido volando. Pensé que se había matado.

—Yo también lo pensé— agregó Lola mirando por primera vez hacia sus pies.

 Efectivamente, el lugar donde debía estar aquella fijación uniendo su pie al trozo de madera, solo se encontraban los agujeros de anclaje de los tornillos.

Lola dej ó de percibir el sonido de la voz de sus interlocutores, que la miraron de nuevo con temor y miedo. Cayó a la esponjosa nieve, adentrándose en una inconsciencia dulce y serena, mientras la estampa blanca se comenzaba a llenar de gente y colores, curiosos esquiadores que bajaban del telesilla y que habían presenciado lo sucedido desde las alturas o lo habían escuchado al bajarse del transporte.

Una moto de nieve llegó para llevarse a Lola en la camilla naranja de emergencia a la zona baja de la estación.

Pocos minutos después, todo volvió a la normalidad de un día con niebla intermitente en la estación de esquí.

Un esquiador, lanzó una ola de nieve para tapar el rastro de sangre que manchaba la pista en el lugar del altercado dejando borrada la única huella de que había habido un accidente, momento en que, metros más abajo, el hilo de sangre que caía del oído derecho de Lola, dejó de empapar su gorro blanco de lana para convertirse en la señal inequívoca de que nunca volvería a ver aquellas pistas de esquí.

 

 


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