Fragmento de la novela «El funeral del payaso» por Jesús Cello

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Vuelvo a la cama y busco en mi bolso un viejo cuaderno de tapas duras que en su interior contiene varias fotos en blanco y negro que sobrevivieron al naufragio de mi destino,
junto a direcciones de calles que no existen ya,
junto a números de teléfono
de personas que no
recuerdo cuando y cómo las
conocí. Hay una mesita pequeña y una silla a punto de descolarse. La mesita es como la de un bar, es de
madera y está a punto de
descolarse con escuetas inscripciones como tatuajes ilegibles que el paso del tiempo fue marcando con la paciencia tenaz de un artista. También tiene una pata rota y se bambolea como mareada y herida por la tristeza del lugar. Busco mi radio diminuta a transistores y compruebo que todavía tiene pilas. El locutor habla de la lluvia.
Lee con angustia un listado de electrocutados con nombre y apellido como los desdichados de un pelotón de fusilamiento que le otorgó la policía, después también lee un listado de gente ahogada, éste es un informe de los bomberos, lo dice con tono triste y resignado, gente perdida que naufraga en las avenidas, autos flotando a la deriva arrastrados por la corriente dentro de calles que parecen ríos furiosos que traen camalotes, ramas, neumáticos, cunas vacías con serpientes,
chapas con ratas, basura sórdida y nauseabunda,
viajando sin destino en el espejo inmóvil de la noche.
Corro las cortinas y prendo una pequeña luz. Abro el añoso cuaderno de páginas
gastadas y amarillentas de
humedad y comienzo a escribir con cuidado para que no se rompan, casi que dibujo con esmero y calculada suavidad, letra por letra, palabra por palabra con una luz cada vez más exigua y pienso para consolarme que tal vez los grandes clásicos hayan sido escritos al amparo de la lumbre de una pequeña vela moribunda, por escritores tan extenuados
como yo pero dispuestos a crear a pesar de todos los contratiempos que se puedan tener, hambre, frío, soledad, angustia, locura.
Comienzo a escribir y no puedo evitar temblar cuando recuerdo al escritor secreto, al payado maldito, al fantasma de la bicicleta que anda sola, navegando como un espectro nocturno entre las sombras del Cabaret y los burdeles del Puerto,
cuando recuerdo al
taxista mudo, al mozo rengo de los bares bohemios, a los locos del Boulevard, al cartero de gorra azul y al guardián de la plaza,
recuerdo y escribo para
saber quién soy, para el niño que fui y el viejo que seré,
para que vuelva a brillar esa luz de payaso en la oscuridad, que nunca se fue y nunca estuvo acá.
@Jesús María Cello
Fragmento de la novela
» El Funeral del Payaso «

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