La misma gota que ahora cae sobre nosotros
cayó algo más desnuda hace un tiempo
sobre la mente sedienta de un viejo dinosaurio.
Por su piel rugosa, sin pelaje,
vino a entrar en una tierra
que la acogió como a un hijo,
de allí nació, de un vientre oscuro,
silencioso, de cabellos goteantes,
de sueños invertidos.
Recorrió su camino junto a otras,
vio la vida de lo más grande
y de lo más pequeño;
piedras que se hundían al querer besarla,
hojas que flotaban sobre su piel húmeda.
La transparencia de un principio
se volvió memoria,
llenó de arena sus bolsillos,
de peces los huecos de su boca.
Llegó hasta el mar,
dejó de ver los límites
de un tiempo sólo suyo,
sintió la ingravidez debajo de sus piernas,
el calor de sus manos,
los ojos escapándose dentro de una nube,
el aire al respirar
entre las plumas de un pájaro.
En esa ceguera de ya no ser un cuerpo
cayó de nuevo, ahora sí sobre nosotros
y bebimos de ella,
como lo hacemos de alguien
al que amamos mucho,
hasta la última gota.
@José María Ysmer poema
@Imagen Pinterest
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