Era una mañana gris, lluviosa y fría cuando Sounya y Vadoma se apearon al vagón de carga con otros cientos de personas en la estación de Zagreb. Al subir, el olor a muerte y suciedad, provocaba espantosas arcadas y un temor opresivo. Cuando la compuerta se cerró, los golpes a las cerraduras oxidadas hicieron estallar el frágil corazón de los cientos de judíos y gitanos que allí estaban.
Entendieron que la vida, tal como la conocían comenzaba a ser solo un recuerdo. Los hermanos se abrazaron. En ningún momento dejaron de hacerlo, se mantuvieron así todo el tiempo que duró el viaje. No se separaron ni aun cuando las incontenibles aguas se deslizaban por sus piernas humedeciendo sus pies, todavía calzados. Los gritos y el llanto de muchos no los amedrentaba, tampoco los que caían muertos por la sed, el hambre o la angustia. O porque su débil corazón dejaba de resistir semejante aberración.
Los hermanos se habían juramentado sobrevivir y no separarse por nada. Es más, el muchacho le había prometido a su Bata, cuidar a su Planó con su vida. Luego de incontables y agónicas jornadas, el joven vio por una pequeña abertura en la pared del vagón, que estaban entrando a Jasenovac, el mayor campo de concentración nazi- croata, otrora fábrica de ladrillos que conoció siendo niño.
Al detenerse el convoy, las compuertas de los vagones se desplazaron y la muchedumbre cayó estrepitosamente al piso, unos encimas de otros. El hedor dificultaba la respiración. Enseguida, varios oustachis se acercaron y zamarrearon con violencia a los que tenían a mano, ordenándoles levantarse. Otros, desenfundaron sus armas para matar a los ancianos caídos, disparándoles en la cabeza sin dilaciones ni remordimientos. Semejante crueldad hizo que aquella aterrada masa de inocentes, corriera a formar fila para ser inspeccionados. Los gritos laceraban los oídos y también las almas.
Los más jóvenes eran sacados de la hilera, para ser llevados a unas precarias tiendas de campaña. Entre ellos fueron los hermanos. A los más débiles y enfermos los llevaban a empellones hasta la vera del río Sava para ser fusilados sin piedad. Luego regresaban por las mujeres adultas y los niños. A estos les deparaba el peor de los destinos pues eran conducidos hacia las instalaciones de la vieja fábrica donde más tarde, desaparecerían por las chimeneas.
A Sounya le dieron la triste oportunidad de trabajar en la lavandería. Allí lavaban la ropa de los muertos. Vadoma en cambio, fue elegido para cavar canales. Lo hacía de sol a sol. Aquel lugar era el infierno en la tierra. No quedaba resto alguno de humanidad, Dios estaba ausente. La matanza era diaria, cruel y despiadada, las vejaciones, moneda corriente. Un sitio gobernado por militares sádicos y enfermos. Una horda de mentes débiles, llevando a cabo un siniestro plan de exterminio.
Pasaron los días y los hermanos, descalzos, casi desnudos, muertos de hambre y frío sobrevivían dada su juventud y fortaleza mental. Aunque por momentos dudaban del tiempo que podrían resistir a esa pesadilla.
Los Oustachis, grupo fascista, colaboracionista de Hitler, estaban convencidos de llevar a cabo una profunda limpieza étnica, por el bien de Yugoslavia. Dentro de su salvajismo y crueldad, tenían una particularidad que era el profundo sentimiento por la música. Por ello, cuando descubrían a alguien con dotes musicales lo sumaban a la orquesta del Campo hasta que se aburrían y lo asesinaban.
Cada noche durante varias horas la banda sonaba lúgubre y triste, los violines arrancaban los dolores más profundos. Hasta el cielo lloraba. Y fue en una de esas noches, que ella le dijo a su Planó que no podía resistir más.
—Dejé de ser persona y no siento vuelva a serlo. Dejé de ser mujer, hija, nieta, algún día madre. Quiero morir para ser libre otra vez.
—Sounya, tú vivirás, se lo prometí a nuestros dadas, no podemos rendirnos, hemos sobrevivido semanas y sé que escaparemos pronto, confía en mí. Por favor hermana, juramos estar juntos y juntos nos iremos de aquí.
Luego la abrazó con fuerza mientras un melodioso violín se escuchaba en todo el campo, destrozando de melancolía las almas, aunque sin lágrimas pues estaban todas regadas en la tierra. Nada quedaba.
Se durmieron y al alba varios disparos los despertaron, como cada día. Esa mañana, Vadoma y su amigo Joka, debían levantar los cuerpos de los que murieron durante la noche para tirarlos en la fosa común cavada por ellos mismos. Hablaron.
—Oye, tengo información; mi amigo Stevo, el violinista, ayer escuchó hablar en la barraca a dos oustachis sobre la llegada de vagones con más de dos mil de los nuestros.
—No hay lugar para todos… nos matarán antes que lleguen—Vaticinó Vadoma.
—Así es amigo, por algo una cuadrilla está cavando desde ayer, fosas cerca del río. Nos aniquilarán esta noche seguramente por lo que debemos escapar en horas de la tarde.
De pronto gritos de dolor estallaron en el aire e interrumpieron la conversación. Miraron a su alrededor y asistieron con horror, como muchos se retorcían, vomitaban y entre convulsiones, morían. Habían sido envenenados con la infusión servida.
—Ya comenzaron a matarnos los mal nacidos. Basta, dime cual es el plan—Preguntó preso
de ira y desesperación.
—Bien, llevarán a cuarenta compañeros para unirse al grupo que está cavando, también mujeres jóvenes pues hombres casi que no quedan. En cuanto los guardias se relajen, saltamos la cerca, nos tiramos al río, salimos y corremos con todas nuestras fuerzas por el campo. No todos lo lograremos, pero vale la pena intentarlo. ¿Qué tenemos que perder? Nada, ya perdimos todo. A medio día armarán el nuevo contingente. Acércate con tu hermana a la barraca de los suboficiales, los estaremos esperando. Y toma, esto es para tu Planó —Le dijo mientras depositaba en sus manos algo de comida. El muchacho corrió eufórico para contarle a Sounya.
—No lo lograré hermano mío, estoy muy débil—Dijo sollozando.
—Si lo harás, tú vendrás conmigo. Y toma, come este trozo de queso que te envió Joka.
Casi llorando por la emoción devoró aquel manjar, sucio y rancio como estaba. Antes de terminarlo le ofreció un trozo a Vadoma, que no aceptó. Pasado el mediodía, el grupo elegido se encaminó hacia el Sava para cavar la fosa donde serían tirados al anochecer, una vez fusilados. En un momento los guardias comenzaron a bostezar y a sentarse entre los árboles. Y fue el destino que los ayudó pues sin aviso, una torrencial lluvia se desató sobre la región.
—CORRED—gritó Stevo con todas sus fuerzas en medio del caos de viento y truenos.
Todos comenzaron a pasar por debajo de la cerca, se tiraron al río y al llegar a la orilla, salieron corriendo hacia el campo bajo una cortina de agua. Los soldados reaccionaron y comenzaron a disparar matando a muchos por la espalda. Corrieron por ese campo más de cien gitanos. Solo doce llegaron al bosque. Se detuvieron unos pocos minutos para tomar un poco de aire y continuar.
Al llegar al pueblo de Prodsara, los aldeanos los escondieron y protegieron…
—¿Porque lloras Batí Purí?—Le preguntó Luminitsa a su abuela que estaba sentada en el sillón con una vieja foto entre sus manos.
—Por nada, cosas de viejos.
—Esa foto que tienes sobre tu regazo la conozco, eres tú, cuéntame por favor—Insistió la niña.
—Nada chabi, solo recordaba mis días en aquel campo de concentración y a tu kakó Vadoma, que dio su vida para salvarme pues muchas balas lo alcanzaron mientras huíamos. El corría detrás mío para protegerme. Solo escuché un grito mientras corría: “Recuérdame”. Y no lo escuché mas. No me detuve. Entre lágrimas y recuerdos corría y corría. La distancia que nos separaba del caserío detrás de bosque fue eterna.
Los dolores no existían, solo el alma cuyo miedo nunca desaparecería. Al llegar los aldeanos nos tomaban de las manos y nos ocultaban en sus imperceptibles sótanos. Allí nos quedamos varios días hasta que los alemanes, cansados de buscarnos se fueron. Nos reunimos los sobrevivientes. Éramos doce, diez hombres y dos mujeres. En cuanto pudimos seguimos viaje hasta el puerto para subirnos a un barco que nos sacara de allí…—Dijo para luego callar mientras las lágrimas encontraban su cauce en su pecho.
Unos minutos después se recompuso y se dirigió a la niña.
—Ven, ayúdame a levantarme que iremos las dos solas a la juguetería, antes que llegue tu bata—Dijo ante la algarabía de la niña.
Ya en la calle, la anciana miró al cielo y recordó como había llegado a España y se había afincado en la bella Andalucía con Bavol, el batú de sus hijos a quien conoció en el barco. Vivió con los dientes apretados, comprometida con la vida, aferrada a la promesa que le hizo a Vadoma.
Con el tiempo llegaron los chabores y la primera nieta Luminitsa. Las heridas de guerra cicatrizaron en la piel, pero nunca lo harán en el alma.
Y contemplando la berbi es que salió desde lo más profundo de su corazón un:
─GRACIAS, DONDE QUIERA QUE ESTÉS, GRACIAS. ME REGALASTE UNA VIDA.
Tú, Vadoma, te sacrificaste por mí y yo viví por los dos, como hubieras querido.
GRACIAS PLANÓ.
@Ricardo Mazzoccone.
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