lunes, agosto 31 2026

Fragmento de la novela » El Funeral del Payaso » por Jesús Cello

Vuelve a mí todo lo que viví con Mora. Su voz reina en las cosas comunes y se mezcla con el rumor de la calle y la melancolía de los bares a punto de cerrar, con las palomas de la iglesia que remueven con sus alas el tiempo muerto en las ventanas y sobreviven incluso con una extraña dignidad a las inclemencias de un vendaval ciclónico y tenaz que nadie esperaba y que trae consigo dentro de su furia de truenos y relámpagos, la promesa temeraria de desordenar el tiempo.
Recuerdo cuando la besé despacio escapando a tiempo de la muerte segura del desamparo, bajo las luces famélicas de la madrugada de Septiembre, escuchando el silencio militar que sobrevivió a los siglos de la luna, percibiendo la fuerza y el sonido del espacio, inventando ficciones para no caer en el abismo, para no ser un pasado complaciente ni transmutarme en un fantasma de papel, en un obrero de nostalgias, en un soldado del olvido.
Todavía tengo sus besos apretados en mi alma y los ojos bien abiertos por la desesperación de volverla a ver a través de la luz del cielo que me inunda de azules las ventanas, los pasos de la gente que resuenan como tambores y la cruz de mi destino recordando el fin de la noche y las curvas de su cuerpo en las formas de mis manos. ¿ De qué me servirán las ruinas del tiempo ? ¿Para qué la cicatriz del olvido y el silencio infinito ?
Y éste amor que me arde en todo el cuerpo y el alma, cómo las velas de los mártires en la piel y la sangre, como estas alas azules de un ángel rabioso que me nacen en la espalda, como está sonrisa de payaso maldito en la secreta esperanza de un milagro atemporal y postrero entre el rey del plenilunio y una princesa de Venus congelada en el tiempo.
Recuerdos difusos que tan solo son una geometría imprecisa de fantasías disimiles, apenas una construcción de artificios improbables que me hacen ver la imperdonable soledad de una noche en ruinas y la distancia absoluta de sus pies de azúcar quemados por la danza, a través de la nostálgica melancolía de un manojo de fotos amarillas, sobrevivientes de un libro antiguo rescatado involuntariamente de un naufragio de papeles perdidos.
Y cruzo la noche con cada paso furtivo y desecho la invención de pequeñas magias atroces y la sigo buscando aún por todas partes, con la agitación atormentada por la fiebre del deseo y la ansiedad, sin descanso, sin pausas, como un soldado en la vigilia rigurosa, en la tensa espera del amor, bajo los fríos muros del esplendor de la noche.
@Jesús María Cello
Fragmento de su novela
» El Funeral del Payaso «

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