—Era el año mil novecientos treinta y nueve. Alemania se había propuesto borrar del mapa a Polonia y un primero de septiembre comenzó a atacarla.
Estaban causando estragos en todo el territorio, en cada ciudad. Las bombas que caían, sacudía el
suelo. El peligro de morir bajo los escombros de un techo era inminente. Nos refugiamos los cinco en el sótano, Ana, yo, papá Tomas, mamá Helena y su madre Filomena, la bisabuela. Nos acurrucamos en el rincón más lejano y oscuro esperando el ansiado silencio. Papá, en un intento por alejar el fantasma de la muerte, nos preguntó si queríamos escuchar una vieja historia, tan antigua como el mundo. Asentimos con cierta alegría ante las miradas cómplices de las mujeres.
– “Bien, escuchen con atención que solo la puedo contar una sola vez. Cierren los ojos…
Era el primer día de la Tierra en el Universo, imposible saber cuántos millones de años pasaron. Los creadores, eternos seres cuyos nombres no pueden ser pronunciados por ser humano alguno, habían terminado de escribir los siete libros inmateriales. Todos contienen secretos del Cosmos, pero hay uno que tiene escritos los nombres de las parejas de almas que vivirán en este mundo hasta el final de sus días. Tardaron un tiempo indecible en confeccionarlo y al finalizarlo, lo lacraron y se lo entregaron al cortejo de ángeles que era el encargado de esconderlo en el lugar más recóndito del planeta. Para hallar el mejor lugar, recorrieron el mundo siete veces. Decidieron que el lugar perfecto para esconderlo era en el centro de la Tierra, pues ningún ser humano llegaría nunca.
Con la decisión tomada, el grupo voló hacia el bosque más alejado en el centro de la tierra, escarbaron en la ladera de una montaña e hicieron un hoyo. Lo enterraron envuelto en una manta
hecha de retazos de luna y cosida con hilos de oro robados al sol. Siglos pasaron y nadie supo de su existencia. Hasta que un ángel enamorado le contó la historia a su amante, una joven y bella campesina. Suficiente para que el humano se enterara y se abocara a una búsqueda frenética. Un libro escrito por los dioses. Sumerios, chinos, egipcios, romanos y griegos entre otros, crearon grupos secretos para encontrarlo, durante siglos.
En la edad media continuaron con la búsqueda y en esta época se intensificó aún más, al punto que
el mismísimo Hitler había ordenado su búsqueda, entre otras reliquias históricas. Nadie lo encon…tró “-, dijo tartamudeando por el estruendo de una bomba que había caído muy cerca.
Fue entonces que nos tomaron entre sus brazos y corrimos hacia afuera de la casa. Saltando entre escombros y cadáveres llegamos a la Iglesia que se hallaba atestada de hombres, mujeres y niños.
Nos recibió el cura y nos acomodamos donde pudimos.
Pero de pronto papá Tomás recordó que había dejado a Pan, nuestro perro, atado en el fondo de la
casa. Sin decir nada salió corriendo para traerlo… Esa fue la última vez que vi a mi padre, el abuelo—Dijo Pablo, con la voz quebrada y sus ojos enrojecidos. Tomás y María se acercaron a él para abrazarlo.
Luego de un fraternal abrazo y en un intento por alejar la nostalgia, Pablo comenzó a aplaudir
enérgicamente y a viva voz dijo que era hora de dormir.
—Mañana podremos ver en el televisor nuevo, la transmisión de la llegada del Apolo once a la
luna. Es un evento histórico hijos.
Como cada noche, rezaron al pie de la cama y fue la madre, Camila, la que los acompañó en el rezo.
Luego de arroparlos cerró la puerta del cuarto para que los sueños llegaran con la oscuridad de la
noche y encendieran sus pequeñas almas.
A la mañana siguiente, los hermanos se despertaron muy temprano. Se levantaron con sigilo y se
metieron en la sala de lectura. Allí Pablo tenía su biblioteca con más de mil libros. Siempre les había fascinado la cantidad de libros que allí se encontraban. Tomás, con su pequeño dedo rozaba los lomos de aquellos, leía los títulos y los autores. María, más osada, sacaba del estante el libro elegido, casi siempre de leyendas griegas, romanas o nórdicas. Pero Pablo no se decidía. Se estaba tomando su tiempo pues la elección de su primer libro determinaría el resto de su vida. Así lo sentía.
De pronto se detuvo y lentamente sacó del estante La Tierra Hueca, de Raymond Bernard. Lo tuvo
en sus manos indecibles minutos hasta que lo dejó sobre el escritorio de roble del padre. María, que se hallaba sentada cómodamente en uno de los sillones con la Ilíada en su regazo, corrió a abrazar a su padre que estaba entrando al cuarto. Pablo la imitó y luego de un cálido abrazo, se fueron juntos hacia el comedor donde la madre tenía servido el desayuno.
Al terminar, Tomás regresó al salón y comenzó a leer aquel libro, el cual terminó en pocos días. Su
entusiasmo encendió una necesidad imperiosa por saber más del tema. Pasaron los meses y el niño no había perdido el interés. Investigaba con ahínco. Una tarde de lluvia y frio, Pablo leía sentado en su sillón favorito cuando Tomás irrumpió con ímpetu en la sala de lectura.
—¿Papá? Necesito que me escuches, por favor.
Su padre, levantó los ojos alejando las hojas del libro y lo miró severo.
—Decime.
El niño, con una gran sonrisa, comenzó a leer una hoja toda garabateada por él.
—¿Sabías que me obsesioné con la teoría de la tierra hueca? Bueno, la creó Atha…nasi…us K…kirche…Kircher en mil seiscientos sesenta y cinco. Mucho se escribió sobre esto pá. Vladímir Óbr.u…chev, Edgar Poe, Lo…vecraft, Amadeo Giannini. Algo hay, no es leyenda. –
—Muy bien hijo, has hecho los deberes, ¡Te felicito! Pero ¿Qué me querés decir?
Creo saber dónde está uno de los siete libros inmateriales. Está cerca.
El padre dejó todo y miró a su hijo a los ojos para decirle.
—Tomás, tenés trece años y debes saber que les conté una leyenda. Es el producto de una prodigiosa imaginación. Solo eso, hijo.
—No papá, los libros existen y hay uno en la librería del centro que lo tiene. Vamos por favor. Si está me lo compro con los ahorros que tengo, no te pido nada, solo que me lleves. Por favor papá.
Pablo lo pensó, dudó, pero quiso darle el gusto al niño. Salieron en el auto y llegaron a la librería más antigua de la ciudad. Cuando entraron, Tomás corrió a buscarlo, entre los miles de libros polvorientos que estaban allí desordenados, tirados. El niño sabía que era un libro secreto, mágico, cuidado por sectas y logias a través del tiempo que sin embargo fue perdido en un descuido. Y fue en el rincón más oscuro de la librería que Tomás lo halló. Le temblaron las manos al tomarlo. Se podía oler el tiempo, el perfume de los siglos. Se lo llevó al vendedor que ni lo miró, lo pagó y salieron con prisa de allí. Tomás no podía contener su felicidad. Su padre reía con él.
Cuando llegó a su casa, corrió al cuarto, se sentó en la cama y lo abrió. Su desilusión fue enorme, tanto que lloró pues lo encontró en blanco. Su padre intentó consolarlo y lo logró a medias. Enojado, Tomás lo tiró debajo de la cama y allí quedó. Pasaron algunos años. Tomás y María eran adolescentes. Su hermana estaba de novia con Ariel, un compañero de colegio y Tomás estaba iniciando un noviazgo con Mariana, compañera del Instituto de Inglés. Una noche, decidieron hacer el amor y todo estalló entre ellos. Se enamoraron perdidamente.
Fue en una tarde de lluvia y frío que Tomás y Mariana estaban en el cuarto de su casa escuchando
música, cuando él vio en un rincón, aquel libro que tanto lo había decepcionado. Por curiosidad fue a buscarlo y lo llevó a la cama para enseñárselo a su novia y contarle la historia. Pero al abrirlo se quedó con la boca abierta. Ya no estaba inmaculadamente blanco, había miles y miles de nombres de parejas. Pasó una hoja, dos, mil, diez mil hasta que llegó a la última.
La emoción le ganó cuando leyó su nombre y el de Mariana. También María y Ariel, Pablo y Camila, Tomas y Helena, sus padres…
La felicidad era el sino para la familia.
Aun conmocionado corrió a mostrárselo a su padre y a preguntarle cómo era posible.
—Hijo. A lo largo de tu vida encontrarás miles de preguntas y muy pocas respuestas.
Solo te queda aceptar lo que entendés y lo que no entendés también.
-Y ahora andá a buscar a Mariana que los invitamos con tu madre a tomar un café.
Dejó de llover…
@Richard
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