La luz empieza a filtrarse por la ventana, deslizándose suave sobre el vidrio, como si alguien allá afuera estuviera pintando el cielo con pinceles de fuego y violeta. Se mueve lenta, líquida, como tus manos cuando recorren mi espalda antes de que el mundo despierte del todo. Hay algo sagrado en ese instante: el día apenas abre los ojos y ya siento que late en vos, en el calor tibio de tu cuerpo, en el aire que todavía huele a sueño, a piel, a esa calma que se queda suspendida cuando nada nos apura.
Tu voz llega bajita, envuelta en la suavidad de las sábanas, como un rayo de sol perezoso que no quiere irse del todo. Se enreda con la brisa, se mezcla con mi respiración, y el tiempo parece detenerse. Afuera, la vida se mueve, las carreteras se alargan, pero acá adentro, en este espacio diminuto que es también un universo, solo existimos vos y yo.
Entonces muerdo el momento. Lo saboreo como quien quiere retener algo que sabe que se va a ir. Lo atrapo en la comisura de los labios, deseando que se quede un poco más. Como si la luz pudiera guardarse en la boca. Como si tu nombre pudiera fundirse con el primer suspiro de la mañana y quedarse vibrando ahí, donde empieza el día y todo vuelve a comenzar.
@Lia NCL
@Imagen generada por IA
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