¡Toc, toc, toc!
–Adelante.
–Buenos días inspector.
–Buenos días sargento, o lo eran hasta que le he visto, ¿qué sucede?
–Tenemos un problema.
–Me lo temía, en esta comisaria uno ya no espera alegrías. ¿De qué se trata?
–El caso de la señora Kovalski.
–Refresque mi memoria sargento, por favor.
–La que disparó al marido en defensa propia.
–¿No había confesado?
–Sí señor, confesó que fue ella.
–Creo recordar que el marido tenía denuncias previas por maltrato.
–Así es señor.
–Y el arma estaba junto al cuerpo.
–Correcto señor.
–¿Y el informe de balística?
–Confirma que la bala se disparó con el arma encontrada junto al cuerpo. La bala le atravesó al corazón y salió por la espalda. La encontramos detrás de una cómoda que había en la sala.
–Bueno, pues le deseo lo mejor a la señora Kovalski, el tipo era un cabrón de cuidado –el inspector se quita las gafas y se reclina en su asiento–. Con un poco de suerte el juez lo verá como defensa propia, y la señora Kovalski ni siquiera tendrá que entrar en prisión.
–Sí, es probable, pero verá inspector: el informe de toxicología no ha encontrado adn del difunto en las manos de la señora Kovalski, ni tampoco restos de pólvora –el sargento carraspeó antes de continuar–. La señora Kolvalski declaró que ambos habían forcejeado, que él la arrojó contra la cómoda, y ella sacó el arma del cajón y le disparó.
El inspector acaricia su barbilla de forma inconsciente, un gesto recurrente que realiza cada vez que algo no va bien.
–Lo del adn podría ser, pero lo de la pólvora no encaja, y menos con ese tipo de revólver.
–Algo se nos escapa.
–¿Habéis revisado las cámaras de seguridad?
–Sí señor, no entró nadie más en la casa. Solo estaban ellos dos y el crío.
–¿Cómo está el niño por cierto? ¿Cómo se llama..Raúl?
–Sí señor, Raúl. Apenas ha dicho una palabra. La doctora Ramírez dice que es normal en un niño tan pequeño, que seguramente estará bajo los efectos de un estrés postraumático.
La doctora Ramírez mira fijamente al niño que tiene en frente, y le habla con tono suave y condescendiente, tratando de empatizar.
–Raúl, no tienes que decir nada todavía si no quieres. Tómate tu tiempo. Es normal que estés asustado –y le acaricia el brazo tratando de infundirle confianza.
Pero Raúl recuerda perfectamente lo que ocurrió. De hecho la escena le asalta una y otra vez sin darle tregua, como un tiovivo sin botón de parada.
Se había colocado las orejeras para no oír los gritos, pero aún así oyó el sonido seco de su madre chocando contra el suelo de madera. Se levantó y corrió hacia ella. Estaba tirada en el suelo sangrando. Su padre permanecía de pie con el rostro enrojecido por el alcohol y un cinturón ondeando en su mano derecha. No tuvo que pensar. Lo había ensayado muchas veces frente al espejo, y esta vez los músculos no se paralizaron por el miedo. Rebuscó en el cajón de la cómoda y lo encontró.
<< –¿Qué haces Raúl? ¡Suelta ese revólver!>>
>>Lo amartilló y lo sujetó con firmeza, apuntando a un cuerpo tan grande que parecía imposible poder fallar.
>>–¡Te he dicho que lo sueltes! ¡No me obligues a darte una paliza! –su padre blandió el cinturón en gesto amenazante, como si aquel trozo de cuero fuera capaz de vencer a una pistola.
>>–No habrá más palizas
¡Pum! El retroceso le hizo caer al suelo. No lo tenía previsto. Se incorporó y contempló como la sangre manaba densa del cuerpo de su padre, cubriendo todo el suelo de un color rojo púrpura.
>>–¡He sido yo!, ¿Lo entiendes?, ¡Tú estabas en la habitación y no has visto nada! –su madre le zarandeaba repitiéndole con insistencia la misma frase.
Raúl retorna su mirada hacia los ojos de la Doctora Ramírez.
–Doctora, yo no ví nada. Estaba en mi habitación jugando.
La doctora suspiró. Eso sería suficiente para cerrar el expediente. Acarició el rostro de Raúl con ternura, y le dedicó una mirada cargada de compasión.
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
+ There are no comments
Add yours