martes, septiembre 1 2026

LA VENTANA OXIDADA by Beatriz Abad

La ventana estaba protegida por una reja oxidada, y con los barrotes forzados.  Mi inquietud me llevó a pegar mi nariz a los barrotes y desde ese momento su historia me cautivó.   Una muchacha estaba bordando un fino mantel redondo, mientras su hermana pequeña la observaba embelesada, deseando ser mayor para parecerse a ella.  Leonor bordaba su ajuar.  Estaba comprometida y pronto fijaría la fecha para la boda.  Su novio era marino mercante y llegaría en dos meses.  Entonces hablarían de boda.

         Leonor estaba segura de que Armando le pediría matrimonio.  Volvía a puerto cada seis meses y siempre la visitaba, la adulaba, la envolvía con su palabrería facilona y sus caricias enternecedoras.  La tenía en el bote, solía decir a sus amigotes, de vuelta a la taberna de turno.  Se dejaba llevar por una vida fácil y sin compromisos.  Pero él no era hombre de una sola mujer.  Quizás algún día se casaría, no lo descartaba, pero no sería fiel a su esposa.  El mar le había cambiado hasta el punto de tener, como se solía decir, un amor en cada puerto.  Armando no valoraba la fidelidad, ni la entrega incondicional, ni el compromiso.  Su vida, sin responsabilidades, le llevaba por diferentes países del mundo, en los que hallaba brazos amorosos, camas calientes, niños correteando a su alrededor, quién sabe si alguno sería suyo.  No quería saberlo.  Su única preocupación en tierra firme pasaba por flirtear con unas y con otras.  Leonor era solamente una de tantas.

       Armando volvió, una vez y otra y otra más, pero el compromiso no llegaba.  Leonor era consciente de que su blanco vestido estaba adquiriendo un color envejecido, casi tanto como su alma.  Su cara surcada por finas arrugas notaba el paso del tiempo, sin embargo, seguía esperando…

      Un día gris, lluvioso, le trajo al puerto al que siempre pretendió como esposo.  Llegaba en una caja de cinc, víctima de la malaria adquirida en lejanas tierras.  Para el funeral se puso el vestido blanco envejecido, y su cara arrugada solamente pudo decir adiós sin una lágrima.  Ya las había derramado todas a lo largo de tantos años.


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