martes, septiembre 1 2026

Subcali de Santiago Angarita

Por Santiago Angarita Yela

Después de supervisar la correcta carga de los generadores eléctricos, Raúl da órdenes al conductor de poner en marcha el camión, con dificultad trepa por la alta puerta para sentarse a mi lado. Extrae de su mochila un paquete de cigarrillos sin filtro y fuma sin reparo. El conductor no parece impresionado con el aspecto de Raúl, yo por el contrario, me veo obligado a no escatimar en artimañas para poder detallarlo sin que lo note. Viste una camiseta de la mechita, una pantaloneta hawaiana y los pies descalzos. Su aspecto desaliñado, como expresa él, se debe a lo difícil que es encontrar ropa adecuada a su estatura; la que encuentra en los almacenes es en demasía infantil y mandarla a confeccionar, supondría gastar recursos que no posee. Dejamos atrás el puerto de Buenaventura. Después de cruzar el acceso es imposible visualizar el lugar donde desembarcan la mercancía, una gran muralla cubre la zona de los ojos curiosos. Aquello no hace más que facilitar la labor de los seres que como Raúl deben permanecer ocultos a los ojos de lo mundano.

—Cuarenta y cinco generadores eléctricos, vos no te imaginás lo contentos que se van a poner. Ya no hay nada que envidiarle a los de la superficie ¿sí o que Fercho?

El pétreo conductor se limita a asentir, en la hora y media que duró el desembarque no pronunció más que tres palabras. La prudencia que deriva de su falta de expresividad es lo que lo ha convertido en la mano derecha de Raúl. Engendrado en las entrañas de los bosques del Valle, el arcano anfitrión no conoció la destrucción que trae consigo la raza humana hasta no cumplir sesenta años, que en la nomenclatura de su especie no es más que la primera infancia. La primera vez que escuchó la palabra “duende” fue en una pequeña aldea en la afueras de lo que hoy es Palmira donde, a punta de rezos, lo sacaron más de una vez de sus excursiones inocentes, intentos desesperados por entender los ruidos que emitían los seres de piel tersa, intentos de relacionarse en una sociedad que imposibilita al lobo estepario. Duende, espectro infernal lo llamaron, y fue aquel apelativo el que imposibilito su libertad. Las denominaciones son invenciones humanas, el árbol no es árbol por que sea dotado de nombre, el árbol es árbol porque lo pario la madre tierra y los humanos como afirma Raúl, no son más que un descache de la creación.

—Yo no soy quien para contarte la historia de mi raza oís, yo soy un duende chiveado, cuando todavía era pelado fui a dar a un caserío donde pasaba noches enteras asustando gente, encontré más placer en observar el comportamiento humano que en cuidar los bosques. Y así de caserío en caserío terminé en Cali, donde el anonimato que debemos mantener los de nuestro tipo me desbocó directo al vicio.

Raúl probó residuos de bazuco, en el único refugio destinado al cuidado de criaturas inhumanas autorizado por la alcaldía, a pesar de la popularidad del recinto no se ha divulgado nunca la verdadera naturaleza de lo que adentro ocurre, usando una vieja fábrica de pinturas como fachada. Oculto en el manto del sentido común.

La ubicación geográfica lo mantiene ajeno del ojo de los transeúntes, ya que en el calvario, no hay alma que camine sobria. Con regularidad, los inhumanos se inmiscuyen en pequeñas excursiones por las inmediaciones del refugio, explorando la urbe, jugando a encajar en una civilización voraz, en rituales etílicos, alucinaciones, desidia. Un compendio destructivo que cercenó sus tierras, acribillo sus tesoros, diezmo la población y relegó a simples invenciones fantásticas a las criaturas que una vez se pavonearon a lo largo de la cordillera, cabalgando cóndores del tamaño de una nube, invocando estrellas, arando ríos.

—Llevo ya quince años sobrio, parcero, quince años que para los humanos puede ser mucho, pero para mí es solo un soplo. O sino que se lo diga Fercho, yo lo único que consumo es cigarro, un porrito de vez en cuando, pero nada más.

El conductor asiente con la misma mueca vacía, maniobra el gran camión sobre las diáfanas calles de Buenaventura. A lo lejos, se escucha el ruido de la música de madrugada, de los bailes crepusculares, del castigo de baldosa, del aguardiente artesanal. Raúl quema otro cigarro, juega a cambiar estaciones radiales, aprovecho la distracción para examinar su rostro. Las orejas en punta contrastan precisas con una epidermis gris y verrugosa, nariz bifurcada y dos ojos apocados, como de pez. Lo que más logra crispar mis nervios es su sonrisa, dientes aserrados, todos colmillos, ninguna muela. Es un duende de fábula para asustar infantes, el mismo que los ancianos cuentan trenzaba caballos y acosaba jovencitas, casi puedo proyectar su imagen sobre la rivera de algún río virgen, bañando su cabellera de plata, desnudo y protuberante, protegiendo de la mano impía las bondades de la madre tierra. Siento el olor de la basura, sé que estamos saliendo de Buenaventura, ya que junto a la carretera se ha instaurado un nauseabundo relleno sanitario. Raúl lo señala con sus dedos lánguidos.

—Escribí sobre eso en tu libreta, escribí que lo único que lo humanos le dan a la tierra es eso, mierda, desechos. Ella los alimenta, los protege, los cría y solo le devuelven mierda; cañengos desagradecidos —me dice con su deforme rostro acongojado.

—Usted sabe que el trato es que esto se publica como un cuento, no como una crónica periodística, Lina le debió haber comentado, donde diga que esto es una crónica me van es echando —le respondo con paciencia.

—Sí, relájese, yo hablé con su prima. Va a ver que algún día se va a destapar el mierdero y el mundo nos va a reconocer por lo que somos. Por ahora que se vayan acostumbrando a escuchar sobre nosotros, así sea puro cuento.

Treinta minutos más tarde abordamos la carretera. El sueño me golpea indómito. El peso de la noche en vela en espera del encuentro con Raúl, aplasta mi humanidad contra la ventana del camión. Despierto atontado y con la comisura de la boca húmeda, Raúl me observa con sus pequeños ojos inquisidores, sonríe con una mueca macabra y se dispone a dar indicaciones al conductor sobre la ruta del camión. Ingresamos a la ciudad por el oeste, valiéndonos del sigilo otorgado por la inanición de la sucursal a las cuatro de la mañana. Uno que otro habitante de la calle, observa el camión con curiosidad, no es común el tránsito de carga pesada por la aburguesada área residencial. No puedo evitar sentir nervios ante la posibilidad de ser abordados por la policía o el tránsito. Raúl lo nota.

—Relajáte viejo, la gente no puede ver lo que vos y yo estamos viendo. Uno de los múltiples usos de los ritos a arcanos a la tecnología moderna, en pocas palabras este camión esta rezado, es lo mismo que esconder una billetera o una vaca, cambia un poquito las vibraciones y listo. El humano es un animal inválido, aunque nada es invisible para los alucinados.

No despego la cara del vidrio en todo el trayecto hacia el norte, atónito ante la falta de miradas, por parte de los transeúntes vespertinos del amanecer en la sultana. Siento gran poder al ser invisible a los ojos del común, en una época en que la privacidad es un privilegio, la habilidad de no ser visto ha de ser reconfortante. Para Raúl, más que reconfortante, es la diferencia entre la vida y la muerte. Me relata en lo que queda del trayecto hasta Chipichape, como por un pequeño descuido en el camuflaje arcano, uno de sus buenos amigos perdió la vida a manos de la fuerza pública. Era noviembre del noventa y cuatro, las fuerzas de tarea omega del ejército nacional se encontraban acampando a pocos kilómetros del corregimiento de aguazul en el departamento de Casanare. Mario, como de cariño lo llamaba Raúl, ya que los duendes no se valen de nombres para identificarse, sobrevolaba a grandes saltos las copas de los arboles llaneros, polinizando semillas, engendrando vida con cada roce de su inhumanidad libertaria. La fatídica noche, Mario divisó a lo lejos un grupo de humanos acampando cerca del agujero que llamaba hogar, se acercó curioso, a palpar los grandes cañones que portaban, a saborear la extraña comida empaquetada, hipnotizado por la presencia de seres de piel de bosque, en las inmediaciones de su terruño virgen. Fue descuidado, no sintió necesidad de ocultarse de aquellos humanos, tan distintos y similares a los que en el pasado había protegido. El primer disparo ingresó por su abultado vientre, quemando las entrañas, extrayendo de su ser un grito agónico con la fuerza de las llanuras sin horizonte. El siguiente disparo cercenó su mano derecha y para cuando las ráfagas inundaban el aire, Mario volaba con el deforme rostro empapado en lágrimas sobre las selvas del Orinoco. No detuvo su marcha en ocho horas, fue a morir en la frontera con Boyacá, debilitado, confundido, asustado. Palpaba las heridas desesperado aferrándose a la vida con la convicción de alguien que ha visto más de cien inviernos.

—Donde muere un duende nace un arroyo, le apuesto a que eso no lo sabía don periodista. Muy pocos lo saben, no son muchos los duendes que mueren. Yo bebí agua de ese arroyo dos años después de la muerte de mi buen amigo. No crea que mi repulsión hacia los humanos es gratis, bastantes cagadas he tenido que aguantarles.

Arribamos al destino con los primeros rayos del sol. El viento, susurra a través de la montaña, como si opusiera resistencia a ser palpado por la indómita cordillera, un juego de amantes estacionarios. Una loma sobresale de entre las otras, entre más me acercó más adquiere la forma de una cúpula artificial. La vegetación casi desértica juega con los matices urbanos de la zona en construcción, a mis espaldas se encuentra el hotel Spiwak, noto como la gente ya avista el gran camión, que se estaciona en la bifurcación de la vía con la excusa de que es parte de un condominio en proceso. Una colmena de conjuntos residenciales, amenaza con opacar la belleza de las montañas vírgenes ubicadas tras Chipichape. El conductor verifica el estado de las llantas del camión, mientras Raúl orina a un lado de la carretera, yo estiro las piernas y aprecio el amanecer como si fuera la primera vez, con la noción fantástica adyacente a los conocimientos sobre el mundo oculto, cuestionándome sobre 32 años viviendo como invidente funcional. Como bien claro lo dejo Raúl, vive el gran porcentaje de los humanos.

Me dispongo a regresar al camión, nos espera un breve tramo de camino hasta detrás de la montaña, mi teléfono suena, es mi prima. Lina indaga acerca de Raúl, que si se portó bien conmigo, si me dio la información necesaria. Le respondo que sí, que estoy a punto de ingresar a la montaña, escucho la risa al otro lado del teléfono. Lina me advierte que sea muy discreto, que no reciben con frecuencia visitantes, después de dialogar acerca de asuntos familiares me dice que salude a Raúl de su parte y que pase por el apartamento en cuanto termine la crónica. Lina conoció a Raúl por su mejor amiga, una joven bruja con inclinación hacia los inhumanos, en una de las excursiones que solían celebrar los farallones, el guía resultó ser el espectral duende y la imagen de dama pura de Lina despertó sus más primales instintos. Rumores circularon en la familia sobre la relación de Lina y un tal Raúl, ha de ser otro tipo, ya que el Raúl que he conocido, mide metro con diez y si cuesta trabajo solo observarlo, no me imagino besarlo. Sin importar lo sucedido, la relación de mi prima con lo paranormal fue crucial para mi acercamiento con la fuente más peculiar de mi corta carrera como periodista.

—Ve, pelado, Subíte pues al camión. Nos va a coger la mañana y no queremos viejos bochincheros por ahí trotando. —A pesar de estar cerca de un par de obreros, solo yo escuche el llamado de Raúl.

Nos embarcamos de nuevo en el camión, abordamos una carretera sin pavimentar. Raúl indica a el conductor como proceder con el descargo de los generadores eléctricos, que un par de manos de la aldea van a ayudar y que el resto será obra de invocados. No entiendo lo de los invocados, decido abstraerme de preguntar debido a la concentración de la dispar dupla en la preparación de la descarga. Diez minutos más tarde nos detenemos frente a un gran chiminango, que rompe la quietud del paisaje de pradera dócil. El conductor y Raúl descienden del vehículo cual autómatas y sin pronunciar palabra desaseguraran el candado y abren las puertas de la bodega del camión. El duende se para frente al árbol y recita lo que parecen ser versos en una lengua gutural. Abro la puerta del camión y con solo un pie afuera caigo de bruces contra el césped debido a un inesperado temblor. La tierra se mueve levemente alrededor del chiminango, soy el único que parece notarlo. Raúl se percata de mi miedo y me explica que el suceso es normal, que no sea tan marica, que lo mejor está por venir. El árbol empieza a levantarse de a poco, exponiendo sus raíces. Cuando llega a la cúspide puede identificarse un arco natural, del tamaño suficiente para introducir el camión. El aire abandona mis pulmones y debo sentarme para asimilarlo, el chiminango permanece en alto sostenido por el arco y mi cordura cae de cara contra todo acuerdo social.

—Bueno, esos generadores no se van a entrar solos, le figuró cargar don periodista.

El conductor sonríe con malicia ante el comentario de Raúl, me dirijo a la parte de atrás del camión. Las puertas de la bodega abiertas de par en par, los generadores eléctricos ocupan todo el espacio disponible, son marca honda y de color rojo. Cargo el primero con gran dificultad, camino con el hasta donde se encuentra Raúl y lo dejo en el piso.

—Era jodiendo viejo, ya vienen a encargarse de los generadores. Usted síganos muy de cerca, no se vaya a despegar, anote todo en esa libreta, que le aseguro que hace mucho ningún humano pisaba el Subcali.

Al cruzar el umbral del arco no encuentro diferencia entre el supuesto Subcali y una cueva vulgar, sin embargo, al avanzar 50 metros, nuestro paso se ve interrumpido por una gran puerta metálica. Raúl grita que le abran, que trae el futuro en un camión prestado. Un brazo del tamaño de una res adulta abre la gran puerta e ingresamos a una gran bóveda bajo la montaña, el techo es alto y reposa alumbrado por antorchas empotradas en calderos gigantes. No he visto antes arquitectura similar, las casas están talladas en la misma montaña, casas y edificios de doble planta, con pequeñas siluetas habitando en su interior, todas alumbradas por la luz de llamas dóciles. Un hombre esmirriado, con un solo ojo en el rostro, arrastraba sobre la angosta calle una pequeña carreta rellena de baterías doble A.

—Aquí tocaba todo con pilas —afirma Raúl—, en lo que más se gasta es en las pilas de radios, a esta gente sí que le gusta la salsa oís, apuesto a que nunca has visto a un trol azotando baldosa, tiene más ritmo una gotera.

No puedo evitar reír con el comentario, a medida que avanzo por la ciudadela mi curiosidad crece, las calles de piedra, los puestos de comida, el aroma a metano, las hadas luminiscentes, los gigantes que cargan bultos; dos o tres faunos tocando música en plazas rodeadas por arroyos subterráneos, es hermoso y decadente. Raúl me explica que en el Subcali no solo habitan inhumanos, en ciertas ocasiones humanos que por azares del destino se han topado con la montaña, deciden quedarse. Los maginados. Fernando, el conductor, es uno de ellos. Decidió refugiarse bajo tierra al perder a su familia a manos de la guerra entre pandillas. Para aquellos que la sucursal defeca sin reparo, siempre estará el Subcali.

Raúl me explica que la ciudadela se extiende hasta el bulevar del rio, que junto al puente Ortiz hay una segunda entrada. En ochenta años de subterránea existencia, es la primera vez que el gobierno los apoya con algún proyecto. Muchos de los habitantes desconocen la luz eléctrica, su estilo de vida es una amalgama entre el Cali viejo y una aldea de medio oriente. Unos minutos después nos encontramos a la puerta de una casa de piedra, parecida a las otras pero precisa en su afán por emular un árbol frondoso.

Raúl nos indica que podemos seguir, que es su domicilio. Antes de entrar un pequeño niño aborda al duende.

—Don Raúl, vi que están entrando unas cajas rojas, con eso vamos a poder conocer la superficie. —El niño tiene pezuñas por piernas y dos pequeños cachos en su agreste melena.

—Claro que sí mijo, esperemos que la alcaldía no se demore otros cuarenta años con los computadores. Usted confié en mí, que el duende tarda, pero llega.

[…]

Al interior de la casa, Raúl me ofrece cerveza artesanal, preparada en las mismas entrañas de la tierra. Sentados en un gran diván de piedra, adornado por cojines de cuero rustico, me habla acerca de mi prima, de lo hermosa que es, de los buenos momentos que han pasado juntos. Anoto en mi libreta una sustanciosa descripción del interior de la morada, le pregunto a Raúl si puedo quedarme unos días en el Subcali, él responde que sí, que al día siguiente me asignara un buen guía, que en la ciudadela también hay periodistas. Le agradezco por la amabilidad a lo que el duende responde agitando la cerveza en el aire.

—Eso no es nada don periodista, cuando me case con su prima hasta de pronto le dejo tomar fotos —dice, para después reír espectral, analizando el miedo en mi diafragma. No deja de temblar la pluma al escribir en la libreta y estando vivo, estoy a más de cien. metros bajo tierra.

 

 

Publicado por primera vez en el colectivo  literatura El Demiurgo (2017)


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo