sábado, agosto 29 2026

Dos sueños de Jesús Marchante Collado

XX/VI/MMXXV

 

 

La política en general (y la española en particular) en esta segunda década del siglo XXI, nada prodigiosa, como si lo fuera la del siglo XX, apenas me roza. Mucho menos la política cuartelera, cubiletera, mezquina y misógina que practican algunas figuras destacadas del Partido Socialista Obrero Español, que hace mucho tiempo perdió lo de socialista y obrero, y sería mejor que para no confundir al personal pasase a llamarse simplemente: Partido Español. Tal vez, en sus orígenes, cuando fue fundado, no por Pablo Iglesias, sino por Laura Marx y Paul Lafargue, lo de socialista y obrero tuviesen algún sentido. Soy Marxista, ya lo he escrito en repetidas ocasiones, y no me ruborizo por ello. No lo hacen (más bien al contrario) los que de manera pomposa se declaran aristotélicos, platónicos, kantianos, hegelianos, nietzscheanos, o incluso Heideggerianos. Sin embargo, no voy a hablar de política, ni de filosofía. Quiero escribir sobre los sueños: sobre dos que he tenido cuando estaba comenzando a despuntar el día.

Me persigue desde hace ya mucho el famoso monólogo de Segismundo en el fascinante auto sacramental de Pedro Calderón de la Barca: La vida es sueño. Conviene traer hasta estas líneas algunos de sus versos:

 

Sueña el rico en su riqueza,

que más cuidados le ofrece;

sueña el pobre que padece

su miseria y su pobreza;

sueña el que a medrar empieza,

sueña el que afana y pretende,

sueña el que agravia y ofende,

y en el mundo, en conclusión,

todos sueñan lo que son,

aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí

destas prisiones cargado,

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.


Me despierto (de improviso) algunos minutos antes de las cinco de la madrugada. ¿Por qué motivo? No lo sé, lo desconozco, a pesar de que pueda tener una cierta intuición de ese despertar abrupto en medio de la noche. Sin embargo, aún no tengo los elementos necesarios para poder comprender qué me puede estar pasando. Me siento bien físicamente, aún si comienzo a sentir un cierto desasosiego. Nada del otro mundo: la noche profunda y oscura (ciertamente algo calurosa) puede alimentar ciertos fantasmas y producir esa angustia existencial. Intento quedarme tranquilo esperando que Morfeo vuelva a acogerme entre sus cálidos brazos. Los minutos pasan, y la anhelada llegada de ese Dios de los sueños no llega. A eso de las seis, decido encender mi radio que siempre está sintonizada en Radio 2 (Radio clásica). Tengo suerte, porque vuelven a emitir un programa ya radiado de “Solo Jazz” que dirige, “casi” tan espléndidamente Luis Martín, como lo hiciera mi admirado Juan Carlos Cifuentes (“Cifu”, para los amigos), en un programa icónico en la misma cadena: “Jazz porque sí”. A “Cifu”, ya desaparecido, lo sustituyó Luis Martín. Admiro también a Martín, pero Cifuentes era mucho Cifuentes, qué se le va a hacer. Tengo todavía más suerte porque Luis Martín ha seleccionado para su programa algunas de las orquestas legendarias que hicieron grande esa música que amo desde que yo era bien pequeño.

Me escucho casi toda la hora que dura el programa sin que el sueño venza la resistencia que sigue ofreciendo mi razón. Al final, he debido de quedarme profundamente dormido muy pocos minutos, porque me despierto, de nuevo, hacia las 7,02, y reconozco la voz de mi querida y admirada María del Ser, en la redifusión de su programa: “Grandes ciclos”, que lleva dedicando hace ya un tiempo al compositor ruso Dimitri Shostakovich. Las explicaciones que da María de todos los avatares y vicisitudes del artista ruso (atrapado en el régimen infame y asesino de Stalin), con esa voz clara y especial que posee, atrapan al más distraído oyente que pueda escuchar sus maravillosos programas.

Es en ese preciso instante – mientras escucho su voz cálida y la música del genial músico ruso empieza a inundar las ondas herzianas – cuando comienzo a soñar algo muy extraño. Resulta muy difícil relatar lo soñado cuando han pasado ya varias horas de ese trance; no obstante, el impacto de mis dos sueños ha sido grande, y por eso creo estar en condiciones de decir alguna cosa sobre ellos.

El sueño empieza con imágenes en las que yo tengo una relación con un antiguo amigo que en realidad es una chica: los hombres no me interesan lo más mínimo en las relaciones amorosas, a pesar de saber con Freud que todos los seres humanos somos constitucionalmente bisexuales y que, por lo tanto, en cualquier momento podríamos bascular hacia un lado o hacia otro. Desde luego a estas alturas de mi vida (ya en el siete), en ningún momento he sentido atracción por los sujetos masculinos: me han gustado (y me siguen gustando, por supuesto) tanto las mujeres, que siempre he estado definido en ese único sentido. No lo digo de manera displicente: simplemente constato un hecho.

El sueño prosigue con cierta sensación de aflicción porque percibo que no soy correspondido; no obstante, todo es bastante confuso, porque en esa ensoñación (en la que yo estoy por la zona de la Puerta del Sol, en Madrid) me veo atrapado, de repente, en un mundo estéticamente de carácter fuertemente surrealista en el que estoy con mi hija (que la he llevado a una especie de casa con innumerables habitaciones que se transforman continuamente, como sucede en la fascinante y delirante novela Ubik, de Philip K. Dick). Mientras ella va reconociendo ese espacio alucinante, aparece una chica con la que se produce claramente cierto “feeling”. A partir de ese momento, ella nos acompaña en ese recorrido esperpéntico (absolutamente fascinante, con un fuerte impacto estético sobre mí). Esa mujer, se transforma también: cambia su pelo, y su forma de vestir; incluso me pide mi parecer cada vez que sucede toda esa metamorfosis. Se diría, en cierto modo, que se ha convertido en mi pareja. Hay detalles en el sueño (que se me escapan) que indican que se preocupa por mí y que trata de cuidarme. Sobre todo, cuando me doy cuenta de que he perdido de vista a mi hija. Tampoco tengo en poder mi móvil que al tratar de recordarlo lo imagino como aquellos primeros dispositivos que empezaron a circular hacia el año 1997. En mi cabeza aparece el que yo poseía cuando vivía en Milán. Veo perfectamente su color, las teclas iluminadas en azul y la funda de plástico que lo protege. También la antena que sobresale de uno de los extremos del teléfono. El sueño prosigue: la transformación de todo es permanente. Aparecen infinidad de gentes como si estuviéramos en alguno de aquellos guateques de los años sesenta- setenta del siglo pasado. Sin embargo, aquellas fiestas eran de lo más normal; en el sueño, todo es extremadamente radical. Tengo la extraña sensación de estar enamorado de esa chica que está conmigo. En un cierto momento aparece una figura que lleva la cara embadurnada de negro como el rey Baltasar, o, más exactamente, por lo del embadurnamiento, como el espía francés Louis Bernard, que encuentra a la pareja Doris Day y James Stewart, en Marruecos, en la obra maestra de Hitchcock: El hombre que sabía demasiado. Ese hombre (al que se le iluminan unos ojos grandes) de aspecto fortachón, se dirige hacia mí y me enseña una especie de “Tablet” gigante para que escuche un mensaje que me ha dejado mi hija, según me indica. En él, ella me dice que ya está en casa con “mami”. Me quedo tranquilo. En un cierto momento, que me resulta incomprensible, ese individuo trata de recuperar su “Tablet” que se le ha escapado de entre las manos y salta (rompiendo los cristales) por la parte superior de una puerta que da a una especie de restaurante que yo creo identificar como la vieja casa de comidas “Carmencita”, donde pasé muchos años de mi vida. En ese preciso momento (cuando escucho la rotura de los cristales) me despierto. El sueño ha sido tan profundo que tengo la sensación de que ya no existo y he sido tragado por un vórtice del espacio-tiempo. Al mirar el reloj de mi teléfono pienso que serán ya las diez de la mañana; sin embargo, nada de eso: apenas pasan algunos minutos de las ocho. Hacía muchísimo tiempo que no perdía la consciencia de ese modo tan exagerado. Mientras trato de repasar en mi cabeza este sueño tan extraño, Morfeo viene en mi auxilio y me vuelvo a quedar dormido. Enseguida comienzo a soñar de manera intensa. Esta vez, el sueño no tiene nada que ver con el otro. Estoy con alguien más en la habitación de la casa particular de un profesor que nos ha examinado recientemente. Por lo tanto, debo de ser muy joven, ya que esas pruebas escritas pertenecen a esa etapa de la juventud donde nada amenazador se interpone en el horizonte. El profesor lleva unas gruesas lentes con una montura metálica casi transparente. Le dan un cierto aire liviano dada su corpulencia. Parece conocernos bien, se nota una cierta confianza en su trato hacia nosotros dos. No tengo la menor idea de quien es el otro chico que está conmigo. Queremos sonsacarle la nota que nos ha puesto en el examen de una materia que no logro identificar: ¿Literatura, Historia del Arte, Filosofía? Da la impresión de que estamos en el último curso del bachiller superior del viejo plan de 1957. Sin embargo, lo sorprendente del sueño no tiene nada que ver con lo lectivo; ni por asomo. A la entrada había visto (algo sorprendido) una especie de mueble enorme que más bien parecía una máquina de hacer preguntas como el motor holográfico llamado “Dr. Know”, una especie de Albert Einstein (por la pinta que tiene el holograma) a la que echando cierto tipo de monedas David intenta saber dónde encontrar al Hada Azul, del cuento de “Pinocchio”, en la película de Kubrick realizada a la muerte de este (con todos los apuntes del viejo director) por Spielberg: AI. En un momento de ese sueño, el profesor se dirige hacia el hall de la entrada donde está instalado ese enorme armatoste y nos empieza a mostrar algunos muñecos y teclas de muchos colores qué a mí, al menos, me habían pasado desapercibidas.

Desgraciadamente, cuando está comenzando a mostrarnos esa maravilla de máquina, o lo que demonios sea eso, el sueño se interrumpe y me despierto. Tampoco en esta ocasión ha transcurrido demasiado tiempo, porque son las 9,45.

Me siento desconcertado; no dejo de dar algunas vueltas en la cama sin saber muy bien qué hacer. No obstante, desde mi primer despertar sobre las cinco de la madrugada, me consuelo pensando que entre unas y otras interrupciones oníricas, he conseguido dormir un par de horas más. Cuando decido ponerme en pie, comienzo a reflexionar sobre estos dos sueños tan extraños que he tenido. Me digo que, habiendo leído un poco a Sigmund Freud, podría explicarme algunas de las cosas: sobre todo las que tienen que ver con el primer sueño. Es toda una evidencia empírica haber podido comprobar en los últimos tiempos cómo estamos rodeados (en las relaciones amorosas, pero no sólo) de las más variadas tipologías narcisistas (lo que la gente, comúnmente, llama tóxicas) y de otras aún más jodidas – claramente de índole psicótico – que podrían tener que ver con lo que plantea magistralmente Robert Louis Stevenson en su famosa novela: El extraño caso del Dr.Jekyll y Mr. Hyde. Uno se pierde entre las sombras, las quimeras y los fantasmas. Tal vez por eso el primer sueño. También porque soñar es una forma de reconstruir el mundo en el inconsciente, para poder decir con Fray Luis de León aquello de: “¡Qué descansada vida, la del que huye del mundanal ruido, y sigue la escondida senda, por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido…”

El segundo sueño (tal vez no tan importante como el primero, en cierto sentido) alude quizás al recuerdo de un viejo profesor de Historia del Arte que tuve hace ya muchos años, hacia 1972, en el Instituto Cervantes de Madrid, en la Glorieta de Embajadores. Sin embargo, el orondo profesor de mi sueño en nada se parece a aquel otro del Cervantes. Y aunque otro compañero y yo mismo pasamos alguna velada en su casa, departiendo y disfrutando, la máquina fascinante del sueño no tiene nada que ver con la decoración casi “zen”, que poseía mi viejo maestro de Historia del Arte. Pero, ¿por qué sueño con él, ahora, tantísimos años después? Vayan ustedes a saber. Quizás la realidad mugrienta actual, nacional e internacional (con una perspectiva más que real de conflagración mundial, tras los ataques de Israel a Irán y viceversa, en los que el presidente francés Emmanuel Macron advierte que si Irán ataca a Israel, Francia intervendría, de lo que los medios españoles, escritos y audiovisuales, nada dicen) hagan que mi inconsciente trate de rememorar épocas más tranquilas y dichosas. O, tal vez, no sea nada de eso; quizás, se trate solo de mis traumas y mis miedos los que aparecen de manera confusa en mis ensoñaciones.

Por lo demás, a pesar de los tropiezos y de los engaños amorosos, no me voy a rendir tan fácilmente a lo negativo para quedar atrapado en un castrante nihilismo. Nunca me lo he permitido: siempre he estado en el lado de la vida.

 

 

Las dos imágenes en blanco y negro que encabezan el texto, rememoran dos fotogramas que evocan los sueños, en el más que interesante film de Ingmar Bergman, de 1959: Fresas Salvajes. La he visto en dos o tres ocasiones, hace ya mucho tiempo. No obstante, recuerdo perfectamente esos fotogramas y la belleza turbadora de Ingrid Thulin.

 

 


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