Un día, a media tarde, descubrí que mi sombra se movía antes que yo. Su silueta, apenas visible sobre las duras baldosas de la acera, se desplazó un segundo antes de que yo decidiera emprender mi caminata. Como es lógico, no tuve otra alternativa que ajustarme a su paso.
Desde entonces siento que la relación con mi sombra ha cambiado drásticamente. Antes era ella la que replicaba mis movimientos, la que me seguía a todas partes, la que cumplía su función de apéndice sin voluntad propia. Desde entonces, siento que soy yo quien obedece a sus propósitos, quien la sigue allá donde vaya. Desde entonces soy yo quien ha perdido su voluntad.
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