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Inocente rojo by Leonardo Gutiérrez

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 Este cuento está incluido en ¿Alucinamos, clink?

Leonardo Gutiérrez (Colombia) nos ha permitido su publicación a través de Melba Gómez. –j re crivello

       En memoria de Yuliana Samboní

Desde la parte alta del barrio, a escasos tres metros de la casa encascotada con viejos cartones y láminas de zinc, corroídas por el óxido, el niño suelta, una vez más, la pelota de goma. Celebra a carcajadas, verla deslizarse calle abajo y describir cabriolas ondulantes. La pelota amenaza con golpear los fulgurantes techos de los edificios de la parte más baja. Él espera que su hermana se la rescate. Ella, sumisa a los deseos de su hermano, corre por el frío pavimento detrás de la esquiva saltarina. Es apenas dos años mayor, calza zapatitos blancos, gastados por el uso y viste un trajecito de inocente rojo, cargado de pereza para cubrir las piernas delgadas de la pequeña. Confía en alcanzar la pelota.

El frío viento del bosque levanta, grosero, el trajecito inocente de la niña y golpea desafiante la falda de la montaña, para luego bajar y arremeter contra el cartón y el zinc de la casa. La endurecida ladera, salpicada de musgos envejecidos, ve deslizar veloz un arroyuelo pleno de arrullos y cantos de cientos de aves que se mecen alegres en las olas de las corrientes de aire. Dos pinos envejecidos parecen ceder a la furia del viento y amenazan con caer sobre la casa.

Un insolente cartón, que figura taponar el frente de la choza, ha diseñado un hueco, semeja una ventana arisca y abre paso a una mirada incierta: es de la madre, y de sus labios, quebrados por el frío, brota una sonrisa, pues celebran el juego de los niños. Mirada y sonrisa empapan la alegría desplegada. No advierten la complicidad de la calle.

La madre desliza su mirada hacia los agresivos edificios hambrientos por emparejarse con la montaña y, de soslayo, la dirige hacia el espeso y maloliente vaho escapado de los secretorios de los carros y de la ciudad, afanado por ascender hacia las nubes furtivas para alejarse del grosero tugurio vecinal. Los edificios parecen enloquecer por elevarse hasta las nubes.

La memoria de la madre reproduce, nostálgica y lánguida, la quietud ida del bosque selvático y la infaltable sonoridad, allende los silencios mañaneros. Las repetidas historias de heroicas luchas, sostenidas contra el salvaje invasor, están presentes, viven en ella: lloran la selva y el río, llora el bosque, trinan las aves, alejadas de los recuerdos marchitos; ahora, el humo escurridizo de los fogones encendidos, rodeado de miradas hambrientas, empapa su olfato. Otras esperanzas se abren a su mente.

La imagen seductora de la ciudad, promesa decadente de un futuro alucinante, se desliza, mentirosa e infame, subyuga sentidos y aprisiona pensamientos. La frágil memoria esquiva cualquier prevención. El embrujo de los sueños reta los recuerdos marchitos y el cantar del bosque.

De repente, en un instante, todo se trueca. La risa del niño es eco lejano y triste del canto sonoro de aves; la urgencia de un hoy oculta a la niña y las heroicas historias de unos ayeres sumidos en la frondosidad de mitos y leyendas; la geografía del campo húmedo se convierte en milimétrica arquitectura de la infamia en la ciudad; los ríos son pavimentos rasgados por el raudo crujir de motores invasores; el aire, esmog; los árboles semejan torres aceradas que hieren el viento. Las hojas de los árboles se transforman en vidrios multicolores. Iluminan secretos.

Miradas afiladas, cual grafito de lápices trazadores de líneas arquitectónicas acechan, escrutan el espacio ocupado por la calle; la maldad, embrutecida por el humo de hierbas alucinantes, luce impávida en un lujoso carro, que se desliza sobre las calles cómplices, al lado de un libidinoso deseo.

El inocente rojo del trajecito raído de la niña, repleto de pereza, se ha perdido entre los andrajos de las cómplices callejuelas, entrenadas para no sentir, para no mirar. Manos lujuriosas, untadas de caducos modales, se mueven sedientas, espían el momento. El mástil fálico se yergue airoso en los pliegues extendidos del deseo, la tortura y el dolor; señales untadas de perversa seducción atrapan la mirada ingenua.

El trajecito de inocente rojo está prisionero; lágrimas inútiles empapan la mano torturante; la ventana de cartón envejecido se ha cerrado; las carcajadas festivas de las cabriolas de la esfera saltarina se pierden en la distancia.

Un rato después, el colectivo del horror se reúne, con sus narices blanquecinas, se muestran hechizados, en medio del bafear de las paredes con olor a yerba, diseñan lujurias, alinean obscenidades, trazan perversidades, desmadejan el horror de las pasiones y acallan gemidos, brotados de los pliegues del trajecito de inocente rojo.

Los inescrupulosos diseños del placer se regodean. La lujuria danza en medio del ritual de una atrevida capnomancia, y suelta sus briosos movimientos, satanizados alrededor del desvanecido cuerpecito extendido, cuan inerme es, apenas asomado al encanto, las cabriolas de la perversidad reemplazan los juguetones saltos de la esfera en su carrera cuesta abajo. Sorbos lascivos se mezclan entre la lujuria enloquecida del colectivo sádico.

La incauta virginidad sufre el rito del martirio en el lujoso pedestal de una hermandad sodomizada, envuelta en pestilente vaho, brotado de la mezcla de alcohol, yerba y polvo blanquecino. El triángulo desenfrenado en la lujuria muestra su fatídico poder a la infausta y lánguida vagina; clama el dolor de la impotencia y del rojo, rasgado por manos sodomizadas. Cada herida acrecienta el deseo del grupo. Sade se agiganta, bulle la pasión; el rojo del dolor se confunde con el rojo ultrajado del trajecito perezoso; la infamia grupal se torna en un colectivo lujurioso de tortura y llanto, de placer y lágrimas. La hermandad del horror se trenza en una danza sedienta de sangre virgen; cada boca enyerbada, pegada a la blanquecina nariz, aguarda la ocasión.

Los juglares entonan cantos tristes a la perversión; la sangre derramada rellena vasos de lujuria y enjuaga lágrimas cargadas de espanto; alucinan los dioses del placer y del dolor, en medio del desorden de los trazados exigentes de la ciudad.

Unas manos separan las piernitas inermes y ultrajadas, mientras hilos de sangre surcan por doquier. La imagen del placer endiosado se exacerba.

El trío horrendo enseñorea su mirada lasciva y penetrante, frente a la apenas naciente e inerme hendidura ajena a todo; sangrante, arroja clamores, clama piedad. Los latidos de la inocencia se apagan, pero el misterioso cauce de la vida sigue oculto, se apagan como voces humilladas; los incautos gemidos se elevan, solitarios, en la arquitectura dorada y en el altar del dolor; las sendas de la esperanza se ahogan; la fragancia de la inocencia se pierde entre el humo, la yerba y las narices blanquecinas.

El día ha sido largo; la embriaguez alucinante se adormece, pero la hermandad guerrera del placer y del dolor, de la tortura y del miedo traza y apremia otros nuevos embates. Viven.

A lo lejos, al sur del oeste, donde las elevadas montañas observan desdeñosas el bosque, las orquídeas del silencio invaden los matorrales, y los árboles rugientes abrigan historias. El río, altanero y voraz, sigue su curso, apaga la sed del caminante, y ahoga los gritos de clemencia, brotados en la profundidad de la selva.

Las hierbas del campo se humedecen con el lamento del bosque. Voces de horror y de miedo invaden los cantos de los manantiales. Los pequeños lloran. Alucinan los mitos.

Cuando la tarde, lánguida entre las sombras ariscas de los matorrales, emprende su partida para esconderse en la límpida cumbre de la boscosa montaña, los hombres enseñoreados en la huida de los largos años, alrededor del fuego sagrado y atados a una corta esperanza, anhelan, con vivaz alegría, el regreso de las vidas largadas un día cualquiera, mientras que, con sus ojos lanzados al viento, observan ráfagas veloces de humo ennegrecido elevarse desde la serpenteante carretera, ávida de la ciudad, inundada de calles cómplices y de narices blanquecinas.

Son esperas largas.

 

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