Macarena y yo por Inmaculada Campos

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Macarena y yo eramos amigas desde la infancia. Desde que compartíamos pupitre en los primeros cursos de la escuela , desde que íbamos juntas de acampada, desde que empezamos a fumar a escondidas,  desde que nos cubríamos una a la otra cuando quedábamos con algún ligue, desde que decidimos casarnos el mismo año, pero esta vez claro está, no con el mismo chico.

Resumiendo Macarena y yo eramos amigas desde siempre.

Tampoco estudiamos lo mismo, Macarena se decanto por Periodismo y yo por enfermería. Ella era morena, melena ondulada al viento, piel bronceada de luna andaluza, ojos oscuros y profundos y un trasero generoso. Yo tenia el talle espigado, las piernas cortas, toda recta sin apenas curvas y los ojos
de color verde albahaca, como los de la canción.

Con el paso de los días el destino nos regalo dos niñas. Primero a Macarena le obsequio con Berta,
meses después a mi, me donó a Marta. Y pasamos de ser felices los cuatro, a serlo armoniosamente los seis.

Cada año, Macarena y yo nos reservábamos una semana para nosotras, dejábamos a los padres ejercer de ello y con su beneplácito y contento, volábamos lejos como palomas libres , a desestresarnos , a reírnos, a bebernos otros aires y mirar otras lunas. Nos daba igual el lugar: una pequeña playa , un pueblo pintoresco, una paraje perdido. Necesitábamos afianzar nuestro vinculo, sumar vivencias, no dejar perder nuestra amistad ,absorbidas por el devenir diario de cada una o el paso inclemente del tiempo.

Y sin saber muy bien como sucedió en uno de esos días cualesquiera, entre tanta armonía, entre tantos silencios compartidos ,nos dejamos llevar inocentemente. Y esa luna que mirábamos juntas fue testigo de nuestras manos enlazadas, de la comunión de pieles, y del encuentro de nuestros cuerpos que nos encumbró hasta más allá del cielo, hasta ella. Y sin entender nada, lo entendimos todo.

Vimos nacer cien soles, nos abrigaron mil noches cálidas, creímos en la humanidad, nos bañamos en
alegría y soñamos en el futuro. Las que siempre fueron amigas inseparables ahora eran dos mujeres que deseaban caminar juntas, compartir juntas, aullar juntas a la luna llena, perderse juntas entre las sabanas, criar juntas a sus pequeñas hijas.

Y ellos, lo entendieron, uno tarde de domingo. Lloramos todos juntos, cuestionamos, debatimos, nos
abrazamos, nos odiamos y nos amamos. Una amalgama de sentimientos que terminó en una paz blanca , no exenta de dudas , pero fuerte, como fuerte era el cariño que nos profesábamos.

Y los dos nidos en los que vivíamos pronto se convirtieron en uno solo , nosotras como palomas y las
pequeñas palomitas arrullando con cariño en nuestro día a día. Y la vida tan caprichosa como extraña
tuvo a bien regalarnos unos cuantos años de absoluta felicidad. Pero todos sabemos que nada es para
siempre, la finitud preside nuestra existencia desde que nacemos y nos acompaña con mejor o peor
fortuna desde ese momento.

Entonces llegó uno de eso momentos imperfectos que nos quebró, le rompió a ella y nos hirió a todas.
Debajo de esa melena oscura algo empezó a ir mal y el azul celeste de nuestro días derivó sin más en un sucio y tibio gris. Las manos antes suaves y dulces se crisparon, los besos se espaciaron, los sueños se desvanecieron, los viajes se anularon y nuestras palomitas tuvieron que aprender a volar en silencio cuando las lágrimas nos desbordaban impetuosas como torrentes.

Me sentí una pobre enfermera inútil que poco podía hacer para detener ese infame demonio que te
devoraba por dentro sin remedio y sin reflexionar quise ser tú Tu cuerpo rotundo y tu melena de noche se escapaban poco a poco de ti. Tú, mi dulce paloma te diluías poco a poco entre hospitales, entre remedios infructuosos, entre esperanzas vanas.

Todo lo que antes era caótico, risueño y placentero se tornó normativo , claustrofóbico y aburrido.
Decidimos alejar a las niñas de tanto tristeza e hicimos juntas las maletas una vez más y juntas nos fuimos a buscar tal vez nuestra última playa, nuestro último rincón, nuestra última luna llena. Y mientras tus fuerzas se escapaban ,yo me fortalecía por las dos, y por las dos me tragaba un puñado de lágrimas cada día para que tú no me vieras llorar.

Y cuando un día ese gris tibio al que nos amarrábamos inocentemente con un pequeño hilo de esperanza se torno en negro helado, en ese instante mínimo ,una parte de mí murió contigo, mi amiga, mi compañera  del alma, mi amor. Me hundí en una sima profunda y lloré mil mares y cuando las lagrimas amenazaron con ahogarme salí de allí. Resucité a la vida por mi hija, por Marta y por Berta ,ahora huérfana de madre y como pudimos las tres continuamos caminando, creciendo, soñando, viviendo.

Y el recuerdo de Macarena nos acompañará siempre , porque ella nos dejó una huella indeleble, nos
regaló una luz portentosa que alumbrará nuestro camino el resto de nuestra existencia.

@Inmaculada Campos

@Imagen Pinterest


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