domingo, agosto 30 2026

Mi nombre es Lara.- Capítulo 4 por Emecé Condado

Lunes, 1 de julio

Mañana de mierda.

He llegado al trabajo cinco minutos tarde. Cinco. Contados. Pero claro, en mi empresa —que podría molar, de no ser por la jefa que me ha tocado en suerte— esos cinco minutos equivalen, según ella, a “falta de compromiso”. Literal. Lo ha dicho mirándome por encima de las gafas y con ese tonito pasivo-agresivo que se le da tan bien, como si se le hubiera atragantado el yoga.

—¿Todo bien, Lara? Últimamente te veo… dispersa.

Dispersa, dice. Lo ha soltado como quien echa unas gotas de veneno en un café.

Luego ha añadido una de sus joyas habituales:

—Claro, cuando una tiene muchas cosas en la cabeza, el trabajo pasa a un segundo plano.

Lo que me ha costado morderme la lengua. He respirado por la nariz. He contado hasta once (porque el diez ya lo tengo muy sobado). Y he asentido. Con esa sonrisa que se me pone cuando, en realidad, quiero morder yugulares.

He pasado la mañana atendiendo llamadas y archivando papeles. Siento que vivo en la fotocopiadora. A veces pienso que mi jefa me tiene envidia. Y no lo digo por decir: el otro día me miró de arriba abajo con una cara de puro vinagre. Y eso que solo llevaba vaqueros y una camiseta blanca. Pero claro, el problema no es la ropa. Es que yo, con ojeras y un moño torcido, sigo pareciendo más viva que ella recién salida del centro de estética.

He llegado a casa rendida. He comido lo primero que he pillado (no pienso detallar qué, por pudor gastronómico), y en lugar de tumbarme como haría cualquier ser racional, me he puesto a limpiar. Sobre limpio. El clásico.

¿No hubiese sido mejor una mejor una siesta? Sí. Pero parece que últimamente me da por sublimar los nervios frotando. Así que he barrido, he fregado, he ordenado los libros por color y hasta les he pasado un trapo a las bombillas. Y mientras frotaba, pensaba en Simón.

¿Por qué no me ha escrito? ¿Tan definitivo fue largarme como alma que lleva el diablo en cuanto me besó? Porque sí, lo admito: salí disparada. Pero fue por dignidad gástrica, no por falta de interés. ¿Cómo podría explicárselo?

Y, como una adolescente con carencia de serotonina, me he pasado media tarde invocándolo con la mente. A ver si, por ciencia infusa o energía cuántica, le da por escribirme. Nada. Silencio.

Y vuelta a Jean. A ese fantasma perfecto al que no le he visto la cara, pero que ya me tiene ocupada media fantasía. Me lo imagino desperezándose en una cama con sábanas de lino blanco, leyendo a Proust en calzoncillos de algodón orgánico. Un poco de voz grave, un poco de mirada ambigua. No sé. Me puede la curiosidad. No lo voy a negar: me fascina pensar que alguien como Simón lo ame. Me da morbo.

Me da celos. Me da por fregar.

Y aquí estoy. Con el suelo que parece un espejo, las manos resecas de tanto estropajo, y el móvil sin una sola notificación suya…

Martes, 2 de julio

Otra mañana loca en el trabajo. Mi jefa me odia. No lo sospecho: lo sé. Y hoy se ha lucido. Reunión con clientes. Ella ha entrado tarde, con ese paso de reinona de provincias que aprendió en algún tutorial de liderazgo femenino. Yo ya estaba sentada, con el dosier preparado, el café frío y la mandíbula apretada. Y va y suelta:

—Gracias, Lara, por adelantarte… Aunque ya sabemos que la iniciativa no siempre es sinónimo de acierto.

Así. Delante de todos. Sonriendo. Como si acabara de felicitarme. Una puñalada con lazo. He sentido el calor subiéndome por las orejas. Me han dado ganas de levantarme y largarme. O de soltarle:

“¿Quieres que lo haga mal para no eclipsarte?”. Pero he respirado hondo. Otra vez. Me estoy aficionando al oxígeno como terapia de choque.

Cuando ha terminado la reunión, he salido del edificio con la dignidad colgando de un hilo. He sacado el móvil convencida de que Simón me habría escrito. No sé, una línea, un emoji, algo. Nada. Pantalla desierta. Silencio en formato digital.

Me he subido comida del chino de la esquina. Lo justo para sobrevivir dos días: comer, cenar, comer, cenar. También tengo todavía bizcocho de plátano y nueces, que no te lo he dicho, pero está de muerte. Como él.

Por la tarde he quedado con Verónica. Le he contado lo de Simón. Lo de la azotea. Lo del beso. Lo de las ganas de vomitar. Ha flipado. Y acto seguido me ha soltado un discurso lleno de moralina reciclada. Que si “te estás metiendo en un lío”, que si “hay un tercero”, que si “no deberías permitirte ese tipo de vínculos emocionales”.

A la mierda. La quiero con locura, pero es más antigua que mi madre.

Hostia. Mi madre.

Mañana es su cumpleaños y no le he comprado nada. Cero. Ni una mísera vela con forma de número. Así que he convencido a Verónica para que me acompañase al Corte Inglés y me ayudase a elegir un regalo. Algo que diga: “te quiero a pesar de tus traumas y tus llamadas intempestivas». Mientras paseábamos entre cosméticos y bolsos, no he parado de mirar el móvil. Nada. Otra vez nada. Lo he vuelto a invocar con la mente, como si mi deseo tuviera conexión directa con su Wi-Fi emocional.

Nada. Ni una vibración fantasma…

Miércoles, 3 de julio

Otro día de mierda en el trabajo. No es que me sorprenda. Ya empiezo a tomármelo como una tradición nacional: café, insulto encubierto, ataque a mi autoestima y a seguir produciendo sonrisas mientras por dentro me estoy descomponiendo.

Hoy la jefa ha vuelto a demostrar que no hay curso de liderazgo que corrija una raíz paleta. Me ha hecho volver a imprimir unos informes “porque ese color no proyecta profesionalidad”. Y yo, con la vena en la sien a punto de declararse en rebeldía, he obedecido como buena mártir laboral.

—Tienes que entender que aquí no estamos para expresarnos, estamos para hacer las cosas bien —ha dicho, con ese tonito de cuñada con poder.

He sobrevivido como he podido. Al salir, me ha dado por mirar el móvil, otra vez. Y otra vez: nada. Ni un hola, ni un me gustas, ni un te echo de menos, ni un mísero sticker de aguacate. Silencio. El universo y su cruel sentido del humor. He llamado a mi madre. Felicidades, mamá. Le he dicho que el domingo iré a comer. Me ha preguntado si llevo a alguien, ese clásico. Le he dicho que no. Ni lo
he intentado disfrazar. No estoy para inventarme novios.

He llegado a casa con un nudo en el pecho que no bajaba ni con un trago largo de leche de avena. He mirado el móvil. Nada. Me he duchado. Nada. Me he comido los restos del arroz tres delicias. Nada. Y entonces, lo he hecho.

Le he escrito.

Un WhatsApp seco. Medido. Como un disparo que no mira si ha dado en el blanco:

«Hola.»

Ya está. Nada más. Ni carita. Ni excusas.

Lo ha leído. Silencio.

El mundo se ha detenido media hora, luego una más. Me he empezado a marear, literalmente. Me dolía la tripa. Me dolía el orgullo. No tenía que habérselo mandado.

Qué necesidad. Qué ansia. Qué idiota soy.

Y justo cuando estaba a punto de silenciar el móvil y meterlo en el congelador junto a mi dignidad… llegó su respuesta:

«¿Quedamos en la azotea?»

Solo eso.

Pero me ha bastado para volver a respirar.

Continuará…

@Emecé Condado.


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