sábado, mayo 30 2026

El titiritero por Ricardo Mazzaccone

Vittorio no tenía apellido. Nadie lo sabía y él decía que lo había perdido durante una tormenta en el
mar.

Llegó a Buenos Aires a bordo de un viejo barco desde su Togliano natal en Italia, siendo un niño. Creció en el barrio de Barracas. Con el tiempo se convirtió en chofer de colectivos de la línea
treinta y tres. Se casó dos veces y se separó. Tuvo un hijo que vivía con su madre, su segunda
esposa, al que no veía nunca.

Vivía en una modesta pieza en el barrio de San Telmo. Su sueño siempre fue ser titiritero. Su abuelo le había enseñado el oficio y su padre le transmitió el arte.

Vittorio tenía el espíritu teatral y la voluntad necesarias para darle vida a esos trozos de madera
tallados y pintados que, con mucho esfuerzo y magia se transformaban en bellos personajes sin
dejar de ser muñecos que pendían de un hilo.

Durante años se dedicó a la creación en madera de sus personajes, hombres mujeres, niños,
animales, casas y árboles. Al terminarlas, se puso a trabajar en las historias que quería contar y comenzó a escribir. Luego se dedicaría a ensayar con sus “actores”. Cuando consideró que estaba listo, montó la obra en el patio del conventillo y convocó a todos los que allí vivían.

La emoción que transmitían sus muñecos logró que todos los presentes aplaudieran de pie. Hubo
elogios, recomendaciones, correcciones y felicidad por sobre todas las cosas. Fue entonces que Vittorio decidió mostrar su primera obra en el parque Lezama. A las tres de la tarde del domingo, con el sol calentando tibiamente las almas, se sentó en un banco del parque, abrió su maleta de cuero viejo y comenzó a armar el escenario. Cuando estuvo listo, dejó una gorra en el piso y se puso a jugar con sus muñecos para atraer la atención.

Al ver que la gente comenzaba a acercarse, encendió un viejo grabador a pila, del cual se escuchaba
música alegre. Consideró que diez personas eran suficientes y dio comienzo al show de marionetas.
Sus variados registros de voz les daban credibilidad a los personajes.

Los niños sentados en el piso reían y se asombraban con los hábiles movimientos que Vittorio les
daba a sus muñecos. El aplauso al terminar la primera obra atrajo a más personas. La segunda era una historia de amor no exenta de momentos divertidos. Cuando Vittorio vio la emoción en los ojos de los adultos, supo que había logrado su misión; llegar al corazón de la gente.

Todos aplaudieron y él debió inclinarse varias veces para devolver tanta amabilidad. Su debut no
pudo ser mejor. Y cada domingo, con o sin sol, Vittorio presentaba sus obras. Recorrió casi todos los parques y plazas de Buenos Aires. Siempre con obras nuevas, con títeres nuevos, con el alma llena de amor. Tanto los niños como los jóvenes y los adultos le regalaban un cariño extraordinario.

Y fue en uno de esas presentaciones que conoció a Eugenia. La mujer, una bella italiana nacida en el puerto de Pescara, se acercó a él, una vez terminada la función para invitarlo a tomar un café en San Telmo. Vittorio aceptó con gusto. La noche los encontró conversando de su Italia natal, del arte y de la vida. Aquella mujer de unos cuarenta años, ojos verdes y cabellos oscuros era artista plástica y cada tanto exponía en alguna tienda de Arte. Amanecieron juntos en la pieza del conventillo de Eugenia, lugar donde vivía desde que tuvo uso de razón. Sus padres habían muerto y ella estaba divorciada.

El lugar era espacioso y hasta alcanzaba para montar un atelier. Al poco tiempo se fueron a vivir juntos pues se reconocían como almas gemelas. Pasó el tiempo y dada la popularidad que habían ganado con su arte, decidieron, luego de hablar con los otros seis inquilinos del conventillo, transformar el lugar en un centro artístico y convocar a todos a mostrar su talento. Hubo acuerdo.
Un fileteador en sus ratos libres, creó un bellísimo cartel con el típico fileteado porteño y lo colgó
en la entrada LA CUEVA DE EUGENIA, como había pedido Vittorio.

Aquel viejo conventillo de la Boca, se hizo conocido por concentrar a una gran cantidad de artistas
de todas las ramas. Allí se podían encontrar bailarines, escritores, pintores, actores, músicos.
La actividad era febril en ese lugar, no había descanso, siempre se escuchaba música, charlas,
ensayos, gemidos de placer, mientras los escultores, pintores y escritores gritaban en silencio.

La gente comenzó a frecuentar el lugar y cada vez más artistas de todo tipo se acercaban a regalar
su arte a los visitantes cada domingo a la tarde. Eugenia y Vittorio no podían ser más felices, se amaban con locura y vivían rodeados de arte y sensibilidad.

No existía una poesía para tanto amor pues su amor era naturalmente poesía. Juntos caminaron por la ruta de la vida, descansaron, caminaron, gozaron de la noche, la luna y sus estrellas, el viento los besó y el sol los cobijó. Fueron treinta años de dos personas que supieron ser una.

Hasta que una triste enfermedad se llevó a Eugenia. Fue mucho el tiempo que la lloró. No podía aceptar su desaparición, no poder besarla, escucharla. Pero un día dejó de hacerlo al recordar las palabras de su amada antes de morir.

—¡Vittorio, amor mío! Cuando me vaya, vos tenés que seguir regalando tu arte al mundo. Debés
seguir haciendo felices a los niños. Haciendo eso me harás feliz a mi pues cada vez que estés
brindando un espectáculo yo estaré allí, aplaudiéndote.

Fue así que se levantó, volvió a caminar por la ruta de la vida, solo, pero con el recuerdo de ella.
Al tiempo escribió una nueva obra y un domingo a las tres de la tarde, estaba sentado en el banco
del parque Lezama, montando el escenario y sacando de su caja a los protagonistas de la historia.
Le llamó la atención la cantidad de gente que se había acercado. Muchos lo recordaban.

Fue entonces que encendió el viejo grabador y con la música de fondo dijo las primeras palabras de
una marioneta.

—Donde estás amor de mi vida que no te puedo encontrar.

—Aquí mi amor, a tu lado—se escuchó decir.

Pero él no había dicho esas palabras por lo que levantó la vista y la vio, sonriendo entre la gente.

@Richard/21


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