lunes, agosto 31 2026

Aquella mirada por Carlos Cubeiro

Él la miraba fijamente, no se quería perder ni uno solo de sus posibles movimientos que podían costarle la vida. Ella lo miraba impasible como si lo quisiera hipnotizar.

Los cuatro ojos no se movían ni para matar a las moscas que tenían la osadía de cruzarse entre ellos. La tensión era tal que se podría cortar con el filo de un cuchillo, ni la brisa del atardecer se atrevía a cruzar delante de aquellas miradas. Los ojos de ella se volvían más amenazadores a cada minuto, cada vez estaba más cerca. Ella comenzó a abrazarlo, piel contra piel apretando más y más hasta casi quitarle el aire.

El joven marqués cerró los ojos unos segundos y respiró profundamente. Ella acercó su boca y rozó sus labios. Sin poder moverse dejó que ella hiciera y deshiciera a su antojo. Cuando le vio abrir la boca, el cuerpo del marqués comenzó a temblar dentro de su encierro. Pensaba, no sin razón que podría engullirlo sin problema. Sin embargo vio algo extraño en su comportamiento que lo calmó en cierta medida. Sentía que la presión inicial había disminuido y se podía desenvolver con mayor facilidad.

Sus miradas se encontraron de nuevo, ya no eran de amenaza y miedo. Eran cálidas como las de dos amigos de toda la vida. Los dos se habían hipnotizado entre sí. Los dos se durmieron largas horas. Se fue el sol, llegó la luna, luego el alba con sus tonos llenos de magia. Allí sobre la blanca arena se encontraba el joven marqués con el cuerpo al sol sin ropa.

A su lado una mujer joven y muy hermosa. Sus cabellos era negros como azabache, su piel lucía del rostro a los pies un tono dorado increíble. Sus ojos, ay sus ojos, no eran verdes, ni azules ni castaños, ni negros. Su mirada misteriosa le recordaba a alguien aunque no lo podía saber a quién. Hasta que ella abrió la boca y sacó su lengua bífida para besarlo.

@Carlos B. Cubeiro

@Imagen Pinterest


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