Ya estaba por llegar la Paca. Cuanto más intensa y acuciante era el hambre, más vergüenza le daba confesarla. Detrás de la casilla crecía un yuyal muy alto. Cuando recién llegaron, el Carmelo había proyectado una quintita y un verano llegó a desbrozar el lugar y remover la tierra, pero luego la bebida y el cirujeo lo habían apartado de todo.
Isabel se internó en el pastizal, llegó a una mata de cardos y arrancó varios tallos verdes y espinosos. Vio sus manos estriadas moverse como animales blancos, delgados, extraños. Al rato sus dedos estaban sangrando, pero sostenía con fuerza el atado de cardos. Debía pelarlos y hervirlos… se detuvo: no podía esperar y allí mismo,con las uñas sucias les quitó la piel espinosa y se llevó la pulpa a la boca. Chupó el jugo verde y amargo y devoró uno de ellos. La dominó el deseo de comer, y a los demás los masticó apenas, tragándolos con sus cubiertas de espinas. La boca, la garganta y el esófago le ardieron.
Cuando llegó a ella estaba la Paca, con su vientre de ocho meses y una sonrisa. Sus dientes estaban cariados.
– Cómo te fue, Isabel.
Isabel se encogió de hombros; se había inmovilizado en la puerta: su cuerpo estaba tenso al sentir el olor que llenaba la casilla. Su boca se llenó de saliva y su corazón latió con fuerza; trató de disimular.
– La plata esa tarde tres meses…
– Si, ¿no te lo había dicho? El gobierno es así: en todo tenés que esperar y por ahí algo ligás. Pasa siempre de una manera: lo que esperás nunca te llega y lo que no esperas te cae desde el cielo como un ángel…
Isabel no la escuchaba: en la única mesa apolillada, detrás de la Paca, había una olla abierta despidiendo un apetitoso aroma a carne hervida. Isabel volvió a sentirse mareada y le pareció que la olla era una prolongación del vientre de la Paca.
– ¿Qué traés ahí?
– Los cardos del terreno – las plantas que acababa de tragar, ardían en los intestinos de Isabel – Los cocino y los pelo. Cuando tengo les hago una salsita y comemos esto.
– No es necesario. Sabía que ibas a llegar cansada y con hambre y te preparé un pucherito.
Isabel se mordió los labios. Quería decirle que no se hubiera molestado, que era demasiado, que lo aprovecharan ellos, pero no pudo más y se sentó. Hacía días que no estaba frente a una comida apetitosa y aquello vencía sus últimos escrúpulos.
– A ver si te pasa como a mi cuñado – dijo la Paca en tono jovial – El trabajaba en la papa y una tormenta los dejó aislados. Estuvieron a punto de morir de hambre antes que vinieran a salvarlos. El me decía: ¿sabés, Paca? el hambre no es tan terrible. Uno al principio sufre dolores, retorcijones, pero de pronto llega a un punto en que está como dormido, con una paz que no se siente en ninguna otra parte
Isabel no hablaba ni escuchaba. Ella y su hijo, comían desordenadamente las papas hervidas y los trozos grasosos de carne que flotaban en el caldo oscuro. La Paca, siempre de pie, los miró comer en silencio.
– ¿Está rico, no? Bueno, Isabel a cambio de esto te quiero pedir un favorcito.
Isabel casi se atraganta con un trozo de carne nervudo que apenas pudo tragar. A su lado su hijo Jonatán bebía el caldo con los ojos cerrados y con expresión de éxtasis.
– Paca… no será lo de la otra vez…
– Algo parecido, Isabel. Mejor dicho, lo mismo
– es que la otra vez no me gustó.
– Y claro, todos hacemos cosas que no nos gustan, pero es como en el trabajo. vos estás limpiando entuna casa, viene el patrón, te toca el culo y te tenés que callar la boca. Acá es algo parecido, yo diría que es algo mejor porque es entre vecinos y todo queda como en familia. Además no sería más que un favorcito hasta que yo tenga mi chico. Ahora no podemos, además el Eulogio dice que no le gusto así, con el bombo… Mirá, basta con que se la chupes no más. No es necesario que te termine en la boca; puede hacerlo afuera. Yo te conté…
– … me contaste lo que le gusta, que se la chupen, que se la manoseen.
– Además yo voy a estar presente para que no se propase. El dice que le gusta que se la chupes vos
Isabel dejó de comer: el cardo crudo se mezclaba en sus tripas con el puchero y le producía retorcijones.
– ¿Ahora tié que ser?
– Ahora te está esperando mientras duerme la siesta.
– ¿Me dejás ir primero a la letrina?
– Andá, Isabel, andá que te voy a estar esperando
Las tripas de Isabel ardían. El hambre había cedido lo indispensable, pero el ardor en su vientre era incontenible. Apenas se levantó la falda sucia, arrojó un líquido maloliente y sintió náuseas. Se limpió con uno de los trozos de papel de diario que colgaban de un alambre y salió. Antes de llegar a la casa, en el terreno que la separaba de la letrina, vomitó varias veces: arrojó el caldo, la carne, las papas y los restos verdes del tallo del cardo. Otra vez el vértigo del vacío llenó su estómago.
Volvió embotada, resignada a la casa. La Paca esperaba.
– Me ves, Isabel, estoy de ocho meses y ya no puede pasar nada conmigo. Quiero tener este chico. Podemos criarlo, no es como en tu caso, que ustedes ya no pueden tener más, ya que apenas pueden alimentar a estos. Entonces lo que me pide es que se la chupes.
– Vos también podrías hacerlo. No tenés nada en la boca.
– Es que vos tenés la boca justa: te faltan los dientes y puede entrar mejor…. – en el tono de la Paca había una nota de resentimiento – además, me lo dijo, tu boca es más grande, más larga, y le entra mucho más. Siempre lo dije: no valorás lo que tenés
LA mujer se acercó con un gesto entre cariñoso y convincente.
– Vamos, Isabel. Cuando termines van a ser las tres, y nos sentamos a mirar la novela y a tomar matecitos con bizcochitos.
– Ta bien. ¿tenés un poco de leche pa la nena? Le di poquito…
Desde ya; la Eulalia les va a dar de comer a los chicos, mientras vos me lo atendés.
Salieron. La Eulalia era una adolescente delgada, con expresión callada, sumamente flaca, que tomó a la niña la que empezó a llorar otra vez.
– Atendela bien, Eulalia – recomendó su madre – mirá que anda un bicho jodido que ya mató a dos bebés en este barrio.
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