Isabel Capítulo 2.- por Gocho Versolari

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Ya estaba por llegar la Paca. Cuanto más intensa y  acuciante era el hambre, más vergüenza le daba confesarla. Detrás de  la casilla crecía un yuyal muy alto.  Cuando recién llegaron,  el Carmelo  había  proyectado una quintita y un  verano  llegó  a desbrozar el lugar y remover la tierra, pero luego la bebida y el cirujeo lo habían apartado de todo.
Isabel se internó en el pastizal,  llegó a una mata de cardos y arrancó varios  tallos verdes  y  espinosos.  Vio sus manos  estriadas  moverse  como animales blancos, delgados, extraños. Al rato sus dedos  estaban  sangrando, pero sostenía con fuerza el atado  de  cardos. Debía  pelarlos y hervirlos… se detuvo: no podía  esperar  y allí mismo,con las uñas sucias les quitó la piel espinosa y se llevó  la  pulpa  a la boca. Chupó el jugo verde  y  amargo  y devoró  uno  de ellos. La dominó el deseo de comer,  y  a  los demás  los  masticó apenas, tragándolos con sus  cubiertas  de espinas. La boca, la garganta y el esófago le ardieron.
 Cuando  llegó a ella estaba la Paca, con su vientre  de  ocho meses y una sonrisa. Sus dientes estaban cariados.
 – Cómo te fue, Isabel.
 Isabel  se  encogió de hombros; se había inmovilizado  en  la puerta:  su cuerpo estaba tenso al sentir el olor que  llenaba la casilla. Su boca se llenó de saliva y su corazón latió  con fuerza; trató de disimular.
 – La plata esa tarde tres meses…
 –  Si,  ¿no te lo había dicho? El gobierno es  así:  en  todo tenés  que esperar y por ahí  algo ligás. Pasa siempre de  una manera: lo  que esperás nunca te llega y lo que no  esperas  te cae desde el cielo como un ángel…
 Isabel  no la escuchaba: en la única mesa apolillada,  detrás de  la Paca, había una olla abierta despidiendo  un  apetitoso aroma  a carne hervida. Isabel volvió a sentirse mareada y  le pareció  que  la olla era una prolongación del vientre  de  la Paca.
 – ¿Qué traés ahí?
 – Los cardos del terreno – las plantas que acababa de tragar, ardían  en los intestinos de Isabel – Los cocino y  los  pelo. Cuando tengo les hago una salsita y comemos esto.
 –  No  es necesario. Sabía que ibas a llegar  cansada  y  con hambre y te preparé un pucherito.
 Isabel se mordió los labios. Quería decirle que no se hubiera molestado, que era demasiado, que lo aprovecharan ellos,  pero no pudo más y se sentó.  Hacía días que no estaba frente a una comida apetitosa y aquello vencía sus últimos escrúpulos.
 –  A ver si te pasa como a mi cuñado – dijo la Paca  en  tono jovial   –  El trabajaba en la papa y una  tormenta  los  dejó aislados.  Estuvieron  a punto de morir de  hambre  antes  que vinieran a salvarlos. El me decía: ¿sabés, Paca? el hambre  no es tan terrible. Uno al principio sufre dolores, retorcijones, pero de pronto llega a un punto en que está como dormido,  con una paz que no se siente en ninguna otra parte
 Isabel  no  hablaba  ni escuchaba. Ella  y  su  hijo,  comían desordenadamente  las papas hervidas y los trozos grasosos  de carne  que  flotaban en el caldo oscuro. La Paca,  siempre  de pie, los miró comer en silencio.
 –  ¿Está rico, no? Bueno, Isabel a cambio de esto  te  quiero pedir un favorcito.
 Isabel  casi se atraganta con un trozo de carne  nervudo  que apenas  pudo tragar. A su lado su hijo Jonatán bebía el  caldo con los ojos cerrados y con expresión de éxtasis.
 – Paca… no será lo de la otra vez…
 – Algo parecido, Isabel. Mejor dicho, lo mismo
 – es que la otra vez no me gustó.
 –  Y  claro, todos hacemos cosas que no nos gustan,  pero  es como en el trabajo. vos estás limpiando entuna casa, viene  el patrón, te toca el culo y te tenés que callar la boca. Acá  es algo  parecido,  yo diría que es algo mejor  porque  es  entre vecinos y todo queda como en familia. Además no sería más  que un  favorcito hasta que yo tenga mi chico. Ahora  no  podemos, además  el Eulogio dice que no le gusto así, con  el  bombo… Mirá,  basta con que se la chupes no más. No es necesario  que te termine en la boca; puede hacerlo afuera. Yo te conté…
 –  … me contaste lo que le gusta, que se la chupen, que  se la manoseen.
 –  Además  yo voy a estar presente para que  no  se  propase. El dice que le gusta que se la chupes vos
 Isabel  dejó  de  comer: el cardo crudo se  mezclaba  en  sus tripas con el puchero  y le producía retorcijones.
 – ¿Ahora tié que ser?
 – Ahora te está esperando mientras duerme la siesta.
 – ¿Me dejás ir primero a la letrina?
 – Andá, Isabel, andá que te voy a estar esperando
 Las tripas de Isabel ardían. El hambre había cedido lo indispensable,  pero   el  ardor en su  vientre  era  incontenible. Apenas se levantó la falda sucia, arrojó un líquido maloliente y sintió náuseas. Se limpió con uno de los trozos de papel  de diario  que colgaban de un alambre y salió. Antes de llegar  a la  casa, en el terreno que la separaba de la letrina,  vomitó varias  veces:  arrojó  el caldo, la carne, las  papas  y  los restos  verdes  del tallo del cardo. Otra vez el  vértigo  del vacío llenó su estómago.
 Volvió embotada, resignada a la casa. La Paca esperaba.
 –  Me  ves, Isabel, estoy de ocho meses y ya no  puede  pasar nada conmigo. Quiero tener este chico. Podemos criarlo, no  es como  en tu caso, que ustedes ya no pueden tener más,  ya  que apenas  pueden alimentar a estos. Entonces lo que me  pide  es que se la chupes.
 – Vos también podrías hacerlo. No tenés nada en la boca.
 –  Es  que vos tenés la boca justa: te faltan los  dientes  y puede entrar mejor…. – en el tono de la Paca había una  nota de resentimiento – además, me lo dijo, tu boca es más  grande, más  larga, y le entra mucho más. Siempre lo dije: no  valorás lo que tenés
 LA mujer se acercó con un gesto entre cariñoso y convincente.
 –  Vamos, Isabel. Cuando termines van a ser las tres,  y  nos sentamos  a mirar la novela y a tomar matecitos con  bizcochitos.
 –  Ta  bien.  ¿tenés  un poco de leche  pa  la  nena?  Le  di poquito…
 Desde  ya;  la Eulalia les va a dar de comer  a  los  chicos, mientras vos me lo atendés.
 Salieron. La Eulalia era una adolescente delgada, con  expresión  callada,  sumamente  flaca, que tomó a la  niña  la  que empezó a llorar otra vez.
 – Atendela bien, Eulalia – recomendó su madre – mirá que anda un bicho jodido que ya mató a dos bebés en este barrio.
@Gocho Versolari
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