Todas las noches, a las doce en punto, se sentaba en su sillón con orejeras. Su viejo aparato de radio la acompañaba siempre desde la mesita de la lámpara de tela, bordada con motivos orientales. Mientras escucha su programa favorito, calceta un suéter de gruesa lana formando ochos. Era uno de esos programas donde los oyentes piden canciones que les recuerdan algún momento vivido. Todas las noches a las doce en punto, desde su cómodo sillón, tomaba en una mano el auricular y con la otra hacía girar el disco numérico, para ser la primera de la noche en pedir su canción. Así fué, sonó para ella, un velero llamado libertad de José Luis Perales. El segundo tema que pidió no tardó demasiado en salir a las ondas, esta vez un clásico que le gustaba escuchar a toda hora, el bolero de Ravel. ¿ Pero qué hacéis?¿Siempre lo mismo? No os pedí esto, poneros las pilas. Unos pasos se acercaban sin que ella lo advirtiera. El suelo cubierto de moqueta amortiguaba cada pisada mientras escuchaba su música a más volumen del acostumbrado. Su sillón miraba a la gran galería acristalada dando la espalda a la puerta.
El programa parecía dedicado a temas que pedía enganchada al auricular de baquelita color negro.
Mientras aquellos pasos entraban sigilosos en la estancia, del altavoz de la radio salían los últimos acordes de la obertura 1812 de Chaikovsky entre cañonazos. Un sonido seco que no pertenecía a la obra, se escuchó a través de las ondas procedente de la misma emisora y no semejaba una interferencia. Un fino hilo de sangre descendía desde el cuello hacia el pecho, líquida y roja bajaba entre sus dos senos empapando su blusa rosa de encaje. La música sonaba pero sólo el aliento a vino rancio invadía la habitación de la galería. Ni un atisbo de respiración de la mujer, la labor de calceta ensangrentada y una de las agujas del número ocho clavada en el centro del corazón dejándola prácticamente seca, sin líquido alguno. El cúter usado para cortarle la garganta y los guantes de vinilo azul mojaban la mesita de la lámpara y el auricular descolgado y en silencio, el más absoluto.
Micaela Rasta, la locutora del programa, yacía en el suelo dentro de la pecera insonorizada con una bala del calibre nueve milímetros parabellum entre sus dos ojos azules, tapada con una sábana de seda. Su compañero, el técnico de sonido se hallaba, al igual que ella, tendido en la moqueta con un orificio del mismo calibre en la nuca y sobre su cuerpo una sábana de seda del mismo color rosa.
Frente a la galería, Alexa abrió los ojos sobresaltada. Había vivido, cómo si fuera real, una terrible pesadilla en la que resultaba asesinada en su sillón preferido mientras terminaba su calceta y escuchaba la música que ella podía elegir, aunque ésta noche no le ponían ni una sola y el sueño se había apoderado de su cuerpo y mente. Ni rastro de sangre, en la pared dos figuras que conocía bien. Una pesadilla – pensó Alexa, ufff, menos mal-. La puerta de casa estaba misteriosamente abierta de par en par y su automóvil, un Jaguar plateado tenía el motor aún templado, cómo de haberse usado hacía poco tiempo, una reconocible silueta negruzca descansaba justo debajo del asiento del copiloto metida en una bolsa translucida.
En el parking de la emisora, aún permanecían las rodaduras de un coche de gran tamaño, un Rolls Royce, un Mercedes ó un BMW, cualquiera podía ser.. Una sombra, quizás femenina, eran las únicas pistas que tenía la policía acerca de lo ocurrido. Alexa, al hacer su cama no logró encontrar sus sábanas de seda color rosa…
¿ Sonámbula?..
@Carlos Cubeiro
@Imagen Pinterest
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