miércoles, septiembre 2 2026

Indigentes por Ricardo Mazzoccone.- Nuevo autor de Global

Aquella tarde, Adolfo estaba echado sobre el sucio colchón, con la vista perdida en las sombras que albergaban el viejo puente.

Unos días antes, el más frío de los inviernos había caído sobre su alma, quitándole las alas para volar y la fuerza para seguir abriendo los ojos cada mañana.

En un momento, José y Octavio, sus amigos, se le acercaron.

—Adolfo, levántate que tenemos que ir a juntar cartón y ver que tiran las pizzerías.

Capaz que hoy tenemos suerte y conseguimos alguna porción de fainá—Dijo José.
Ante la falta de respuesta, Octavio, le dio una patada suave en la pierna.
Preocupados, se agacharon para saber si respiraba.

—Poquito, che. Vamos a avisarle al poli para que mande la ambulancia.

Fueron hasta la esquina y le comentaron al agente. Este, solícito, pidió un móvil y la asistencia médica, que demoró media hora en llegar.

—Carajo, con lo que tardaron, nuestro amigo se murió—Gritó Octavio.

Cuando lo subieron a la ambulancia, los médicos debieron colocarse una mascarilla por el olor a alcohol y orina. Sus rotosos pantalones estaban húmedos.

—Apenas está vivo. Vamos a llevarlo al Fernández—Dijo uno de ellos.

Octavio se quedó hablando con la policía mientras José buscaba su vino.

—¿Qué le pasó al amigo? — Le preguntó la joven agente.

—¡Y qué sé yo! Estaba con los ojos abiertos, le dijimos que se levante y no se movió.

—¿Y qué hizo hoy a la mañana?

—Fuimos a pedir comida a la estación, volvimos, cazamos unas palomas, las comimos,
y nos dormimos… NO… Pará. Ya sé… Se murió la mujer. Eso. Se murió por ella. Sí, sí.

Siguieron hablando por un buen rato…

Mientras, en la ambulancia, Adolfo abrió los ojos y se asustó mucho al ver que estaba flotando sobre su cuerpo inerte.

Siguió mirando hasta que una delicada somnolencia y un manto de neblina lo cubrió.
Cuando se disipó, se encontró con él a los once años, llorando debajo de la cama. Tenía las marcas del cinturón del padre en todo el cuerpo. Un vidrio roto había sido el causante. Aquellas lágrimas de niño, lo conmovieron, sin la tiranía del tiempo.

De pronto, estaba en su adolescencia, haciendo el amor por primera vez con Silvia. Con cierta nostalgia, presenció aquel momento tan importante. Siguió vagando entre recuerdos y llegó al día en que murió su padre y no pudo llorar.

En un momento, su madre enfurecida, lo insultó durante el entierro. No conforme, al regresar a la casa lo echó. Tenía veinte años.

Elizabeth, su novia de esos momentos, la acogió en su departamento y le consiguió
trabajo de administrativo en la empresa donde trabajaba.

Los siguientes años fueron buenos. Tenía un techo y buena mujer donde apoyarse.
Sin embargo, nada le quitaba el dolor de la soledad. Se sentía vacío en la oscuridad.

Pero algo ocurrió en el sexto año que acabó con la vida tal cual la conocía.
Terminó un trabajo urgente fuera de hora. Aliviado, apagó las luces y salió.
Caminando por el pasillo, escuchó ruidos en una de las oficinas y se asomó.

Allí estaba Elizabeth haciéndole un fellatio al gerente.

Desesperado, comenzó a correr, rompiendo todo a su paso. Salió y caminó sin rumbo.
Cerca de las diez regresó a la casa para tomar sus cosas e irse, pero se encontró con Elizabeth, el gerente y a la policía.

—Pero ¡Qué bien! NO PUDISTE ESPERAR A QUE ME VAYA PARA TRAER A ESTE IMBÉCIL. ¡PUTA! Y LA CANA TAMBIÉN. VÁYANSE AL CARAJO.

Quiso entrar a su cuarto para hacer la valija, pero lo detuvieron.

—Señor, tenemos una denuncia en su contra—Dijo un oficial mientras otro lo esposaba.

Así terminó la relación con aquella mujer.

Estuvo preso un año. Cuando salió libre, lloró pues no sabía hacia donde ir ni que hacer.

Caminó y caminó, invadido por putrefactos fantasmas del pasado y oscuros recuerdos. Sin casa, sin trabajo y con antecedentes policiales, su futuro era negro. Pero encontró algo de fuerza y fue a buscar trabajo, sin éxito. Su carácter amable había sucumbido al rigor de la nueva vida.

Comenzó a limpiar vidrios de autos en las calles, vendió chocolates de dudosa
procedencia en los colectivos, cuidó coches en los días de partidos de fútbol. La violencia, el alcohol, las drogas, el robo pasaban por delante de él. Solo era cuestión de estirar la mano. Pero se abstuvo.

Sus viejas ropas se convirtieron en harapos. Su higiene era peor. Comenzó a dormir en las estaciones de tren, tirado en un rincón, invisible para la sociedad. La policía, cuando lo veía lo echaba. Entonces, cruzaba la calle y dormía en la plaza.

Pasaban los años y todo empeoraba. Su aspecto andrajoso y su mirada, asustaban.
Pero un día, entre muchas nubes negras, estando sentado en el banco de la plaza, ella se detuvo ante él. Era una mujer, indigente, de indefinidos años, desgreñada y sucia. Sus ojos insensatos eran azules como los océanos.

Se sentó a su lado y estuvo un buen rato mascullando incoherencias, entre ellas, que estaba buscando su camisón para dormir. Cuando se calló, lo tomó de la mano y lo llevó a su mundo, debajo del puente.

Allí había más como ellos. Tenían colchones harapientos y estaban rodeados de basuras, cartones, escombros. Había una fogata encendida, con una renegrida olla sobre ella.

—Son palomas… ¿Las comiste alguna vez? — Le preguntó uno. Adolfo no dijo nada.
—No importa. Con el tiempo te van a gustar.

Al rato, se sentaron en unos cajones vacíos de frutas y comieron a la luz de la fogata. Fue entonces que el cielo comenzó a iluminarse y un viento gélido traspasó las ropas.

—Bueno, va a llover así que hoy no vamos a cartonear y recorrer restaurantes. ¡A
dormir! — Dijo otro del grupo y le dio un cartón de vino a cada uno.

Adolfo se quedó de pie sin saber que hacer hasta que aquella mujer lo acostó en su colchón. Estaba meado, pero no le importó. Ella lo abrazó y se durmió. Y el milagro ocurrió. Por primera vez en su vida no se sintió solo. Se despertó con la claridad del amanecer. Escuchó cantar a las aves y no a gritar sus dolores. Un murmullo invernal lo abrigó como una canción de amor y miró a aquella mujer, una desconocida que le quitó la soledad del alma. Lloró como un niño.

—¿Sabes quien es? ¿Cómo se llama? —Le preguntó a Octavio.

—No hermano, nadie lo sabe. Tampoco de donde viene o que fue ella en el pasado.

Está algo loca, pero tiene una bondad que emociona. Siempre está ayudando. Y cuando te mira, tira abajo las paredes que te aprisionan.

Desde ese día, Adolfo no se alejó más de la mujer. Se abrazaban y ella apoyaba la
cabeza en su pecho, quedándose así infinitos minutos, en silencio. Hasta que una mañana no despertó. Tenía los ojos abiertos y una mueca de alegría.

Adolfo se quedó inmóvil viendo como la subían a la ambulancia.

El hombre sintió que la vida se había terminado. Sin ella estaba otra vez vacío…
Terminó de vagar entre sus recuerdos y llegó a un lugar donde la luz lo cegaba.
Cuando pudo ver se encontró con ella, con la “mujer”, blanca, radiante, bella.

—Hola, Adolfo, me llamó Elena.

—Al fin conozco tu nombre… Elena… Es hermoso.

Felices, se tomaron de la mano y caminaron por la playa infinita hasta llegar a la orilla del mar eterno, conversando animadamente, bajo el celoso ojo de la luna y las estrellas.

Las horas tristes partieron para no volver y los sueños de algodón y plata llegaron para quedarse…

—Nada que hacer. Está muerto—Dijo el médico en la ambulancia.

@Ricardo Mazzoccone cuento

Ricardo Mazzoccone nació en Buenos Aires, un 27 de agosto de 1959.

Vivió desde los dos años en la ciudad de Mar de Plata hasta los 19 años, momento en que se radicó en Buenos Aires, lugar donde vive en la actualidad.

Su sueño siempre fue escribir, algo que comenzó a hacer a los 52 años. Colaboró en Falsaria, Valencia Escribe y creó su propio blog donde volcó gran parte de su mundo interior. Ahora lo hace en sus libros.

 

Os dejo estas palabras de Richard

«Nunca es tarde.

Según Aristóteles,

la amistad es un alma

que habita

en dos cuerpos,

un corazón

que habita en dos almas.

Del universo sueño

con que seamos miles

las almas con un solo corazón,

donde la honestidad,

el amor, la capacidad de asombro,

la imaginación

y la reflexión sean las metas»

 


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