El mundo global está continuamente reequilibrándose, pues los intereses fluctúan perennemente de un punto a otro. En este sentido, cabe destacar el cambio de ciclo actual que está desarticulando las antiguas certezas asumidas como esenciales en el orden social. El estado de bienestar, indiscutible hasta hace poco, ha sufrido una feroz campaña de desprestigio y derribo desde los últimos años de los setenta y primeros ochenta. Los ajustes, al hilo de los Chicago Boys y la herencia de Milton Friedman, se desarrollaron en sintonía a las premisas de Capitalismo y libertad y bajo la batuta de Margaret Thatcher y Ronald Reagan —en Reino Unido todavía están sufriendo las consecuencias de destrucción del patrimonio público y la privatización de servicios—. Tras una breve pausa, pues los cambios resultaron terribles y fueron seguidos de fortísimas convulsiones económicas que afectaron, como es la costumbre, a las clases medias y bajas, parece que el neoliberalismo vuelve a la carga. Retorna la libertad vacía de contenido como estandarte de cualquier tropelía, la desregularización salvaje que deja el terreno libre para el abuso, la propaganda antiestatal, la promoción del individualismo y la promoción de posturas centrífugas que persiguen la atomización de la comunidad. Nos situamos, pues, frente al segundo —quizás tercero— abordaje de los presupuestos compartidos. Siempre, tras estas incursiones neoliberales, se pierde algo irrecuperable. De manera paulatina, prácticamente imperceptible, vamos perdiendo asideros y orientando nuestro modo de vida al ritmo marcado por las enormes empresas transnacionales: agenda política, hábitos y modas llegan a nosotros con la marca de agua de los despachos comerciales.
Sin embargo, siempre cabe la posibilidad de que aparezca un Cisne negro, un evento inesperado que trunque el orden natural, o más bien premeditado en este caso, de las cosas. La agenda neoliberal, asociada a los populismos de nuevo cuño que ya amasan el poder en Argentina, Hungría, Italia y hasta hace poco Brasil, se ha topado con el inefable Donald Trump. A priori podría parecer un aliado fundamental para bascular los equilibrios hacia la insensibilidad del balance comercial, pero un tipo tan impredecible se mueve provocando a cada paso un pequeño seísmo. Desde luego, la inteligencia y la cautela no entran entre sus presupuestos y prefiere abordar las cuestiones como un elefante en una cacharrería, símil verdaderamente afortunado tratándose del representante actual de los republicanos. Con una verdadera cohorte de aduladores y palmeros, cada cual más excéntrico que el anterior, va ofreciendo su visión del nuevo mundo que pretende alumbrar mediante su mandato. No vamos a meternos de nuevo en los rasgos de su propuesta, pero sí resulta interesante que echemos un vistazo a su proposición comercial dado que está dinamitando parte de las creencias del orden neoliberal.
La consecución de cierta placidez, que siempre es propicia para los mercaderes globales, se ha visto alterada por la irrupción del neoyorkino y su enfrentamiento frontal urbi et orbi. No se respetan ninguno de los pactos previos y no hay enemigos ni enemigos, solamente rivales comerciales a los que hacer claudicar, pues parece claro que desea imponer su visión inmobiliaria a la economía planetaria. De esta forma, y frente a la cacareada libertad propuesta desde todos los rincones de la economía y políticas asociadas, se ha plantado con una serie de limitaciones que persiguen la imposición de una relación abusiva con el resto de actores políticos y comerciales. Frente a la apertura de lo global, ha retornado a un nivel de proteccionismo del que todavía se desconoce el alcance concreto por fluctuar de una semana a otra. Podemos, pues, hablar de manera eufemística para describir un escenario inédito desde hace largas décadas. Lo que a todas luces es una guerra comercial propuesta desde las posiciones más fuertes se ha traducido en un concepto más blando y los medios hablan de tensiones comerciales y diferencias arancelarias. Una pequeña pirueta retórica para no llamar a las cosas por su nombre: se están alterando los equilibrios tácitamente aceptados y convenidos. Por tanto, lo que es una subida arancelaria se está vendiendo como un conjunto de ajustes tarifarios o medidas de protección comercial, pues, como se encarga de recordar en cada una de sus intervenciones el movimiento MAGA, se trata de hacer a América grande de nuevo, aunque el camino deje un terreno baldío y estéril. Para conseguirlo están quemando todos los puentes tendidos entre potencias comerciales.
Por el momento, la convulsión está dejando sin respuesta al resto del mundo. Se asumen con cautela toda una serie de medidas que, de manera evidente, benefician a la potencia norteamericana y perjudican al resto de antiguos socios. Para muestra, la puesta en escena de la derrota europea con el estadounidense recibiendo en uno de sus hoteles en Escocia a Ursula von der Leyen. Nada de protocolos, nada de recepciones, pues la Unión Europea pasa por el aro del mandatario americano y acepta con resignación un trato realmente inmoderado. En lugar de lo que también eufemísticamente se ha venido denominando como una respuesta proporcional ha quedado en agua de borrajas, pues hemos asumido unos aranceles arbitrarios y un pacto para la compra de energía a Estados Unidos con proyección de futuro. Una vez hincada la rodilla en tierra, objetivo deseado por Trump, solo queda esperar las siguientes medidas excesivas que seguirá proponiendo de manera arbitraria e intempestiva cuando lo considere oportuno. Supongo que cuando las encuestas muestren un descenso de su popularidad o se produzca algún traspié debido a su errática postura pagaremos la factura desde la otra orilla del Atlántico. Con este precedente somos carne de cañón para la propaganda de la rediviva fortaleza estadounidense.
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